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Conflicto armado y medio ambiente: El arma que amenaza toda la vida en la tierra

La relación que existe entre conflictos armados y la agravación del cambio climático es extremadamente compleja, y si no se atiende solo empeorará.

No es una novedad pensar que las guerras y conflictos armados representan una amenaza para la vida humana en todos los sentidos. Sin embargo, a veces nos enfocamos tanto en las pérdidas humanas y materiales que dejamos de lado algo que difícilmente podremos recuperar alguna vez: los recursos naturales.

En la Primera Guerra del Golfo en Kuwait, más de 700 campos petroleros fueron incendiados y se derramaron alrededor de 11 millones de barriles de petróleo crudo en el Golfo Pérsico. La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) habla acerca de que uno de los efectos causados por esta guerra fue la contaminación del suelo y, hoy día —después de 30 años—, más del 90% del suelo contaminado sigue expuesto a la población.

Un ejemplo más reciente sucede con el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania: el bombardeo a la infraestructura industrial y plantas químicas durante la guerra ha provocado fugas de amonio y ácido sulfhídrico, además ha dañado instalaciones de tratamiento de agua. Este evento ha ocasionado que los precios de alimentos como el trigo, del que dependen al menos 30% de las importaciones en algunos países africanos, se haya disparado a mitad de año, aumentando la inseguridad alimentaria mundial.

Los recursos cada vez más escasos en algunas regiones del mundo han agravado también los conflictos armados. En Sudán, por ejemplo, la tierra fértil, bosques y minerales que se encuentran alrededor del Nilo Azul son de gran valor económico para quien los controle. El derecho por explotar estos recursos en una región con menor precipitación y mayor aridez cada año ha empeorado la guerra entre facciones en el país africano. A su vez, otros efectos socioambientales de las guerras son indirectos, como la migración masiva de refugiados por la inhabitabilidad de zonas bombardeadas o repletas de minas dejadas por grupos armados.

El desplazamiento ocasionado por la guerra no va tan lejos de nuestras latitudes. Tan sólo en Centroamérica, miles de personas son desplazadas de sus comunidades por grupos del crimen organizado. Se calcula que las actividades del narcotráfico son directamente responsables del 30% de la pérdida de bosques y hasta del 60% de los mismos en áreas supuestamente protegidas en algunos países. En este sentido, la crisis migratoria de los últimos años en el continente americano tiene una gran conexión con la incapacidad de controlar estos flujos de actividad criminal.

El pasado 6 de noviembre se celebró el Día Internacional para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en la Guerra y los Conflictos Armados. En este contexto y desde 2019, la Comisión de Derecho Internacional ha diseñado una serie de Principios para la Protección del Medio Ambiente en Conflictos Armados. Recientemente, la Asamblea General de las Naciones Unidas debatió sobre los 27 principios planteados por la Comisión y próximamente votará para su adopción.

Estos artículos llaman a los gobiernos y a organizaciones internacionales a cooperar para evaluar y remediar, en la medida de lo posible, los estragos medioambientales de la guerra. Asimismo, buscan establecer medidas de prevención para la conservación del entorno en casos de conflictos. El principio 4, por ejemplo, propone la designación de zonas protegidas, para lo cual “los Estados deberán designar áreas de importancia medioambiental como zonas protegidas en caso de conflictos armados” para su conservación después de conflictos armados. La adopción de estos principios dependerá de la voluntad de los Estados miembros de cooperar o no en la mitigación del impacto de la guerra al medio ambiente.

Alrededor del mundo, cada día más gente tiene que abandonar sus hogares por la desertificación y el aumento del nivel del mar, empeorando las condiciones de vida humana en todas las regiones. De acuerdo con Andrew Harper, consejero especial en Acción Climática para el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, “el cambio climático hará a los más vulnerables aún más vulnerables”. Por lo tanto, las poblaciones en situaciones vulnerables en la actualidad son doblemente afectadas por el efecto del cambio climático y los conflictos armados.

La relación que existe entre conflictos armados y la agravación del cambio climático es extremadamente compleja. Decir que el cambio climático es la principal causa de las guerras y viceversa sería un error, pero definitivamente existe una sombría conexión que sólo se hará más profunda si no sucede la acción necesaria por parte de los Estados y la comunidad internacional. En este tema, Harper comenta que “los estados con una falta de inversión social en elementos clave como educación, salud y estado de derecho, no tienen lo necesario para invertir en la protección del medioambiente”. El caso de Centroamérica es evidencia de la falta de capacidad del Estado para manejar conflictos interseccionales como el narcotráfico, dado que repercute a su vez en flujos migratorios y en la degradación del medio ambiente.

Esta situación no cambiará mucho mientras los esfuerzos internacionales no estén dirigidos a donde más se necesita. El Comité Internacional de la Cruz Roja comenta que tanto los países como su gente en medio de un conflicto armado no sólo son los más vulnerables al cambio climático, sino también son los más ignorados por la acción climática. El financiamiento dirigido a la adaptación a las consecuencias del cambio climático rara vez está dirigido a aquellos lugares que la guerra ha afectado desmesuradamente. Por lo tanto, mientras no haya mecanismos para preparar a las comunidades ante la emergencia climática, las condiciones previas de vulnerabilidad que habilitan la violencia y el conflicto sólo irán en aumento.

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