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Glass Onion: Gracias Rian Johnson por Benoit Blanc

En Glass Onion hay un planteamiento relativamente claro y seis o siete plot twists que dejan todo sin sentido, terminando en una resolución poco esperada.

Tengo una debilidad por las historias de detectives. Desde cualquier interpretación de Sherlock Holmes (como la serie Sherlock, de la BBC; las versiones más viejas; Mr. Holmes; vaya, hasta Policías y Ratones), las aventuras de Misterio a la Orden en Scooby Doo y hasta las recientes películas de Hercule Poirot, con todo y que las películas son bastante malonas. Me gusta seguir la historia y tratar de estar a la par del detective, para que al terminar la serie de giros de tuerca, termine por tener razón.

Por eso no me sorprendió cuando, en 2019, Knives Out se convirtió instantáneamente en una de mis películas favoritas: forcé a mis mejores amigos a verla durante la pandemia e incluso llegué a ponerla en Netflix para verla en la segunda cita que llegué a tener con mi crush. Todo porque esta película puso una vara muy alta —al menos en mis estándares— para las historias de detectives: dio una estructura nueva a este tipo de narrativas —no en vano le valió una nominación a Mejor Guion original en Los Oscar— y a eso le sumó una brillante Ana de Armas, junto a un Daniel Craig en el mejor papel que le conozco.

Por eso, ahora que Netflix acaba de estrenar una secuela: Glass Onion: A Knives Out Mystery, no he parado de hablar al respecto.

La “vuelta de tuerca” a la sexta potencia

Rian Johnson me parece un guionista excepcional (sí, incluso con The Last Jedi, que aunque no les guste, es la mejor película de la última trilogía de Star Wars). Y me parece que ambas películas de Knives Out, con su detective estrella, Benoit Blanc, son el mejor ejemplo de esto. Mientras que en la primera entrega giró en resolver la muerte de un excéntrico autor de misterios, esta vez el misterio se vuelve un poco más complicado.

Todo inicia cuando un empresario de lo más Elon Musk posible invita a sus amigos más cercanos a un fin de semana de fiesta y juegos en su isla privada, en la que todos competirán entre ellos para resolver su asesinato. Por equis o por ye, Benoit Blanc termina en la isla, para resolver un problema que ninguno de los asistentes hubiera podido planear.

Estoy muy acostumbrado a que las películas de detectives tengan una estructura muy similar: un asesinato/robo/misterio-genérico; un detective de renombre encargado del caso; sospechosos evidentes; sospechosos potenciales; y luego un giro de tuerca sorprendente que desencadenará un monólogo del detective, explicando cómo, en su brillantez, la verdad estuvo siempre a simple vista.

Pero aquí no sucede eso. Aquí hay un planteamiento relativamente claro y seis o siete plot twists que dejan todo sin sentido, terminando en una resolución que poco o nada tiene que ver con el detective (y que, aún así, es enormemente gratificante).

Siempre hay lugar para la crítica

Si ya llevan un rato leyéndome, sabrán que algo que me gusta mucho de las historias que consumo es que se hagan un lugar para criticar las vergüenzas del mundo. Algunas de forma muy evidente, y otras de forma más sutil, dándoles un lugar muy natural y orgánico dentro de historias que, pareciera, no tienen nada qué ver con eso. En esta categoría entran las cintas de Knives Out.

En la primera entrega, por ejemplo, en medio de todo el enjambre de cosas, podemos ver claramente al esposo xenófobo: “es que vienen por nuestros trabajos”; a la influencer insoportable, y la forma tan peculiar que tienen los gringos ricos de reaccionar violentamente cuando dejan de poder ver a la gente con condescendencia.

Esta vez tampoco se queda corta: nos presenta a un empresario con un discurso de “cambiar al mundo” y “ser disruptivo”, embolsándose un montón de dinero sucio con un combustible sustentable altamente cuestionable. Junto a él, celebran un grupo de amigos tan criticables como él: una senadora que ha apoyado todos sus proyectos con tal de que él financie sus campañas; una influencer hipster ecológica que, resulta, tiene una marca empresa explotando niños en Bangladesh; un científico de carrera explosiva que ha adaptado sus papers para justificar los productos del empresario; un comunicador machista y pro-armas, entre otras cosas.

Me gusta este tipo de críticas porque, aunque no lo parezcan, terminan siendo lo que le da textura a la historia. Me gusta, además, porque creo que son necesarias; creo que cada lugar que tengamos para decir que algo está mal, debe ser aprovechado.

Por eso, por todo, me parece que este par de cintas se están ganando un lugar en lo más alto del género y que, ya sea que les guste o no decir que todo está mal, deberían ver, nomás por el gusto de disfrutar.

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