Opinión Desde mis ojos | mujer | educación

Sobrevivir, siendo mujer

Las mujeres nunca podremos ser iguales a los hombres, pero sí podríamos tener las mismas oportunidades, los mismos derechos básicos, los mismos tratos humanos.

Es claro que las relaciones tienen ciclos, cambian, se terminan, pero las injusticias en ellas se suelen percibir, a veces, tiempo después. Ya sean relaciones amorosas, laborales o con nuestra educación. Hablemos especialmente de estas dos últimas siendo mujer.

La escuela, como una institución que prepara a los individuos para el mercado laboral y para la esfera familiar y privada, tiene un papel súper importante en la formación de la identidad social, específicamente el rol de género.

En mi caso, crecí en una escuela de puras niñas y sumamente religiosa, en donde mi educación constó de lo siguiente: “la fe a ciegas”. Ahí pretendían darte una clase muy básica sobre qué componía a un hombre y una mujer. Ellos, “más fuertes”, los proveedores del hogar. Ellas, más delgadas y débiles, por supuesto, quienes permanecen en el hogar.

Pero más allá de basarse solo en la fe, esto denota los valores que la sociedad —machista— ha otorgado a las mujeres.

Así, podemos ver el papel que la educación ha tenido en la reproducción de los modelos de desigualdad —tanto en mi caso como en muchos otros—, injusticias y jerarquización entre hombres y mujeres. Y es que la historia de la educación de las mujeres muestra cómo, a lo largo del tiempo, estas han ocupado un lugar secundario y subordinado.

Aunque bien es cierto que algunas niñas interiorizaron, desde temprana edad, que los hombres y las mujeres “pueden ser iguales” —quotes porque realmente deberíamos hablar de equidad—. Así, debían de desarrollar las mismas habilidades: ser fuertes, no llorar, tener un ingreso estable, etcétera. Pero, lo cierto es que para “estar parejos”, no puedes ser “demasiado mujer”.

Imaginémonos, en cualquiera de estos casos: a los 18 eliges una vocación, estudias una carrera —cosa que para las mujeres esto era inimaginable hace algunos ayeres—. A los 25, después de muchos intentos, consigues un trabajo y empiezas a tener un ingreso estable —¡finalmente!—. A los 30, posiblemente ya con pareja, hay crecimiento laboral y cierta independencia, comienzas a construir tu propio hogar.

¡Lo logramos! —Lo logramos, ¿no?—. Cumplimos con todas las expectativas de la sociedad. Pero aquí es donde realmente se complica todo.

Llegas a esta casa que por fin es tuya, después de mucho trabajo, pero, como eres mujer se espera de ti que cuides de ella, que la mantengas limpia, que haya comida en la mesa —resuena un poco a esta fe a ciegas de la que les hablaba—. Llegas al trabajo, pero como eres mujer no te ofrecen ofertas laborales porque se espera de ti que te embaraces, siendo un posible riesgo para la compañía en la que trabajas. Vas de visita a alguna casa pero, como eres mujer, se espera de ti que ayudes mientras los hombres descansan en los sillones —todo el tiempo la fe a ciegas—.

Todo esto pasa, al menos que hagas “sacrificios”: o dejas tu trabajo para poder ser una “buena” madre, o dejas oportunidades para viajar, porque esto puede hacer que pierdas tu trabajo, o dejas simplemente todo, porque esto puede evitar que seas madre después de los treinta, —¿alguien dijo fe a ciegas?—.

En un entorno como este no es de extrañarse que las mujeres ganen menos que los hombres; en la mayoría de los países, las mujeres en promedio ganan sólo entre el 60 y el 75 por ciento del salario de los hombres.

Particularmente en México, al corte de agosto del 2021, se registró en términos absolutos que sólo 388,193 de las mujeres con un trabajo recibían ingresos superiores a los $21,255 pesos mensuales. Esto representa apenas el 2% del total de la población femenina que trabaja, de acuerdo con cifras de la ENOE (Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo) del Inegi.

Discriminadas estrictamente por ser mujeres. Es decir, continúa existiendo esta idea absurda de que debes descartar “tu feminidad” si quieres progresar. Estamos hablando entonces de un “espejismo de igualdad”, porque realmente nunca podremos ser iguales, pero sí podríamos tener las mismas oportunidades, los mismos derechos básicos, los mismos tratos humanos… porque de eso se trata; equidad.

Así que, debemos estar más alertas que nunca. No dejemos qué un techo de “cristal” o una fe a ciegas determine qué tantas oportunidades podemos tener como mujeres, que no determine que tenemos que hacer sacrificios. Pero sobre todo no dejemos que estas injusticias hagan que dejemos lo único que es completamente nuestro: la feminidad.

Suscribite a newsletter

¡Suscríbete a nuestro Newsletter!

Suscríbete y recibe todas las mañanas en tu correo lo más importante sobre México y el mundo.

SUSCRÍBETE

Deja tu comentario