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No todos los hombres son, pero...

No todos los hombres son, pero... como mujeres tenemos que cambiarnos de lugar mientras caminamos por la calle o llevar un gas lacrimógeno a la mano.

Porque no todos los hombres son, pero hay un padre que le dice a su hija: “cuídate de los hombres porque son unos cabrones”. Y no todos los hombres son, pero tienes un novio que te reclama acerca de tus amistades porque: “son vatos y siempre buscan algo más contigo”. Y no todos los hombres son, pero tienes que cambiarte de lugar mientras caminas por la calle, tienes que llevar un gas lacrimógeno en el llavero de tu coche, tienes que compartir tu ubicación en tiempo real en caso de salir solx y, por último, tienes que ponerte un pantalón para evitar “levantar miradas”.

La represión ha cambiado, pero nunca ha desaparecido, se vuelven evidentes las pruebas que necesitamos para explicar cómo nos han sembrado miedo, de esos miedos que no se van, que se quedan, inclusive existen hasta en nuestros sueños, en donde no debería de haber más espacio que para descansar. Es indigno, me causa mucha rabia. Se sigue justificando su violencia, las violaciones y esta represión por una visión cultural que, además de ser injusta, interpretan como les da su gana, en donde nos tenemos que esconder, o poner en cierto lugar de la acera cuando caminamos, o tenemos que fijarnos en cómo nos vestimos, etcétera.

Lo que más indigna es que se creen con el derecho de decirnos desde fuera cómo tenemos que comportarnos para ser una mujer “digna”. Qué cruda e injusta realidad. Nadie debería de estar condenadx a vivir de esta manera, por la construcción de roles que los hombres crearon, mediante los cuales se ejerce un poder normalizado sobre lxs mujeres.

Lo más importante es que no, no tiene que ser una competencia activa en tanto qué tienen los hombres y qué tienen las mujeres. Sino más bien se trata, para mí, de lo siguiente: la libertad, la libertad de poder caminar por la calle, libertad de poder ser y hacer lo que queramos sin temor a ser juzgadas porque no “damos el ancho”, libertad de poder ser libres. Y ahí nace el verdadero problema, porque, por más libres que nos digan que somos, estamos otra vez entrando en un concepto erróneo de la libertad que la sociedad heteropatriarcal creó para nosotras.

Sentirme ligera. Eso es lo que quiero, vivir con ligereza. Ligeramente yo, ligeramente mía. Vivir la vida que yo escoja para mí. Para poder así tener la certeza de que, en mis sueños ya no cabe el miedo, miedo de caminar sola, miedo de no saber decidir entre la falda o el pantalón, miedo del qué dirán sobre mi cuerpo, y al fin ya no tener temor a no “agradar” por ser “demasiado”. Libertad y punto.

Querido hombre, si me estás leyendo y esto te enoja porque crees que no todos los hombres son iguales, cordialmente te invito a entender que no significa que todos los hombres cometen delitos en contra las mujeres, sino que, en esta sociedad patriarcal, los hombres no son lo suficientemente responsables, mientras que las mujeres siempre son discriminadas y culpadas por cómo nos vestimos, hablamos y comportamos.

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