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Cinco lecciones que nos dejan las elecciones intermedias de Estados Unidos

Los últimos ejercicios electorales han dejado muy claro que el pueblo estadounidense quiere un cambio real.

Por fin llegó el muy pronosticado, fatídico día en el que los demócratas iban a perder el control del Congreso, de las legislaturas estatales, de las gubernaturas y de cualquier elección en la que se atrevieran a competir. La tradición marca, generalmente, que el partido en el poder pierde las elecciones intermedias. Este fue el caso en el 2006, 2010, 2014 y 2018. Venía la temida “marea roja”, la misma que le iba a contar los minutos a la presidencia de Biden. Pero no llegó.

El famosísimo agregado de encuestas, FiveThrityEight, le daba al Partido Republicano una probabilidad del 60% de recuperar el Senado. También indicaba que, en el 84% de los escenarios posibles, el partido rojo tomaría la Cámara de Representantes —escenario que hoy parece más probable—. Esto dejaba a la oposición con un 60% de probabilidad de controlar ambas cámaras del Congreso. Esto indicaban los números.

El martes, millones de ciudadanos americanos salieron a las urnas y los resultados nos presentan una serie de lecciones, para ambos partidos, sobre las que vale la pena reflexionar.

Pennsylvania mantiene viva la esperanza

Una de las contiendas más llamativas era la del asiento en el Senado que quedaba libre en Pennsylvania para estas elecciones. El Vicegobernador John Fetterman, del Partido Demócrata, se enfrentaba al republicano Mehmet Oz, un médico celebridad sin ningún tipo de experiencia política, que además nunca había vivido en el estado al que buscaba representar antes de comenzar la campaña. Fue un ciclo electoral convulso. Meses y meses de desplantes del Dr. Oz —como cuando en un anuncio se quejó del precio de los espárragos para el crudité que quería cocinar, en una tremenda demostración de los problemas que aquejan al hombre blanco— parecían indicar que Fetterman iba a tener un camino relativamente sencillo a la victoria.

Esto fue hasta que el demócrata sufrió un infarto cerebral poco antes de las elecciones. La complicación médica impidió que el candidato pudiera dar entrevistas sin apoyos auditivos y visuales. Gracias al infortunio de su contrincante, Oz cerró como el favorito de las encuestas. Su victoria pudo haber significado control del Senado para el Partido Republicano, pero esta nunca llegó.

John Fetterman ganó la elección con el 50.4% de los votos. De aquí viene la primera reflexión. ¿Qué hubiera significado para la democracia estadounidense que un millonario, sin ningún tipo de lazos al estado por el que compite, hubiera ganado fácilmente una elección? No lo sabremos. Lo que queda claro, sin embargo, es que la fórmula de Trump —la de ganar una elección a billetazos sin ningún tipo de experiencia— no siempre es replicable. Hoy, gracias a la derrota de esta idea, es que parece que los demócratas mantendrán el control del Senado.

Trump no unge reyes

Durante todo el ciclo electoral, Trump pasó su tiempo apoyando a distintos candidatos a diestra y siniestra. La estrategia electoral de varios contendientes republicanos fue la de acercarse peligrosamente a las ideas trumpistas más nocivas. El fraude electoral en 2020, el negacionismo del cambio climático y muchas teorías conspirativas más fueron utilizadas como puntos de campaña por candidatos en los famosos estados “columpio”, esperando que esta estrategia les consiguiera el voto de confianza del exmandatario.

Este fue el caso en las elecciones para las gubernaturas de Wisconsin y Arizona, el Senado en Pennsylvania y cuatro distintos escaños para la Cámara de Representantes a través del país. Todas esas contiendas fueron ganadas por el Partido Demócrata.

El único gallo de Trump que consiguió una victoria fue J.D. Vance, próximo Senador por el estado de Ohio. Reportes de CNN indican que el expresidente despertó enojado, gritándole a todo su equipo de trabajo. Parece que el electorado de lugares competitivos está harto de las palabras vacías y peligrosas que presenta el trumpismo más álgido. Esto es un buen presagio.

El voto joven importa

Si bien las encuestas daban por muerta cualquier tipo de esperanza para el Partido Demócrata, la juventud estadounidense mantuvo las oportunidades del partido en el poder a flote. Los votantes de 18 a 29 años prefirieron a los demócratas en un 63% de los casos; la gente de 30 a 45 años votó en casi igual proporción por ambos partidos, pues el voto se dividió en 51% a 47% en favor del partido azul; por su parte, la gente mayor a 45 años prefirió a los republicanos.

Muchos de los temas en juego en esta elección, tales como la protección al derecho a decidir, el aumento del salario mínimo o la regulación ambiental, involucran directamente a las generaciones más jóvenes. La estrategia demócrata para elecciones futuras debe ser afianzar el apoyo de estos grupos, sobre todo a las juventudes racializadas. El 89% de la juventud negra y el 68% de la juventud latina apoyó al partido en el poder.

Quizá es hora de que las casas encuestadoras consideren cambiar su metodología a la hora de hacer sondeos a este grupo, parece que siempre les descomponen sus modelos. Llamar por teléfono a una generación que nunca le contesta a números desconocidos no parece ser la mejor estrategia.

El voto latino no existe

Mucho se ha dicho del voto latino en Estados Unidos. Generalmente se ha vinculado a este grupo gigantesco con el Partido Demócrata. Ayer, una vez más, se demostró que este no es el caso. En Florida, con comunidades cubanas y caribeñas bastante importantes, el republicano Ron DeSantis ganó un nuevo término para su gubernatura de forma apabullante, consiguiendo el 60% de los votos. El gobernador salió airoso, incluso, en el condado de Miami-Dade, de tradición demócrata bastante considerable.

Este resultado lo repitió el senador Marco Rubio, logrando la reelección con un porcentaje similar.

Según datos de las encuestas de salida de CNN, los hombres latinos solo favorecieron al Partido Demócrata con un margen de ocho puntos porcentuales, mientras en 2018 lo hacían con uno de 29 puntos. Ambos partidos deben de dejar de ver a la hispanidad estadounidense como un solo grupo con una sola serie de intereses. Según datos del censo de 2020, hay más de 60 millones de latinos viviendo en Estados Unidos. Ellos se encuentran regados por el país. Algunos llevan poco tiempo ahí, otros todas sus vidas. Sus raíces pueden ser mexicanas, guatemaltecas, hondureñas, cubanas, puertorriqueñas y un enorme etcétera. Percibir a este grupo como un muégano es una ingenuidad política que, de no cambiar, seguirá arruinándole elecciones a ambos partidos.

Ningún estado está perdido

Quizá la lección más importante que nos deja esta elección es que se debe luchar y hacer campaña en todos los estados. Una y otra vez hemos oído historias de candidatos solo haciendo campañas en puntos clave. Se argumenta que ponerle atención a territorios ya “afianzados” es una perdida de tiempo y recursos. Hoy, es evidente que esto no es verdad. Las tendencias cambian, los temas de interés también.

En Missouri, se votó por legalizar la marihuana; Montana y Kentucky votaron en contra de restringir el acceso al aborto y Kansas reeligió a su gobernadora demócrata. Todos estos son estados tradicionalmente republicanos. En las elecciones, son personas las que votan, no la historia. Estas personas necesitan legislación relevante en temas que el trumpismo decide ignorar o estigmatizar. Los demócratas deben aprovechar este momento convulso de polarización para conseguir apoyo en estos territorios que, de entrada, se consideran perdidos.

Estamos todavía a dos años de las elecciones de 2024. Biden tendrá más retos de los que ya existían. Si le era difícil pasar legislación con la Cámara de Representantes y el Senado en manos de su partido, peor será cuando una de estas dos sea entregada a los republicanos. Sin embargo, la del martes fue una noche optimista para los demócratas. Aún así, deben ser cuidadosos y atender a lo que el electorado les confesó a través de las urnas. Los últimos ejercicios electorales han dejado muy claro que el pueblo estadounidense quiere un cambio real. Quiere legislación relevante. La segunda mitad de la actual administración debe asegurarse de realizar acciones de impacto.

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