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Resistencia femenina contra mineras

Las minas engrandecen los trabajos masculinizados históricamente, aumentan la violencia hacia las mujeres y recalcan desigualdades.

¿Tu país lleva un modelo de desarrollo? ¿hay extractivismo en tu tierra? Tal vez no sabes que así se llaman algunas de las acciones económicas que traen las empresas transnacionales del norte global —B2Gold, Barrik, Continental Gold, Iam Gold, Anglogold Ashanti (AGA), etc.—; acciones que se venden como actividades esenciales para el crecimiento económico de países en desarrollo, cuyas leyes ambientales están en pañales.

Las minas son vistas por el Estado latinoamericano como una herramienta extranjera que brindará trabajos, derrama y diversificación económica. Pero esto es una minúscula fracción de las consecuencias que traen las minas: engrandecen los trabajos masculinizados históricamente relacionados con la minería, aumentan la violencia contra las mujeres y recalcan las desigualdades económicas, sociales y laborales, sin dejar de mencionar las afectaciones al medio ambiente. La entrada de minas empieza con pactos secretos gobierno-empresa, y la comunidad, por ser catalogada como improductiva e ignorante, si se niega a vender sus tierras es violentada de múltiples formas, entre estas, por grupos armados estatales o criminales.

El proceso de extracción se puede estudiar desde lo local hasta lo internacional, por ejemplo, la corrupción de las administraciones locales, los tratos preferenciales a empresas mineras de congresos nacionales o recomendaciones de instituciones internacionales como el BM (2018): “el modelo de explotación de recursos no renovables o la concentración de grandes extensiones de tierra por parte de capitales dominantes son cualidades que permiten el desarrollo”. ¿Deberíamos entender como desarrollo al despojo de tierras de campesinas, indígenas y afrodescendientes? La naturaleza y las personas, sobre todo las mujeres, son vistas como territorio de conquista de la producción global ignorando la realidad de la complejidad ecológica y dando más fuerza al término “capital natural”. Es aquí donde hablamos del papel de las mujeres frente al extractivismo minero, las cuales son instantáneamente separadas e invisibilizadas por el hombre; con quien se negocia, trabaja la mana y es dueño de ella.

Cuando una minera llega a la comunidad, hay cambios en la vida de las mujeres a raíz de estas violencias e injusticias, muchas empiezan a levantar la voz, a pedir el apoyo de otras mujeres y, por ende, a crear grupos femeninos para el bienestar de su tierra y su cuerpo, ya que comprenden que estos dos son uno solo; si se afecta el agua de su río se afecta su cuerpo, si se contamina su tierra se reduce su alimento, si se domina un monte, río o bosque se están dominando y matando lazos ancestrales.

Demandan el reconocimiento de sus derechos y exigen justicia por las afectaciones a sus tierras, como la contaminación de los ríos o sembradios y el daño a las infraestructuras de sus casas y escuelas. Las mujeres tenemos diversas formas de luchar contra el extractivismo: muchas participan en los enfrentamientos físicos y violentos de defensa de su territorio, otras participan en la organización de las asambleas, otras pelean por ser escuchadas y tomadas en cuenta y, así, exigen participar en los procesos de negociación y toma de decisiones. Otras terminan muriendo, o buscando a familiares desaparecidos, llenas de impotencia y buscando justicia a través de rituales ancestrales que piden la protección de la comunidad y su territorio. Otras recurren a instituciones y organizaciones internacionales para llamar la atención regional e internacional. No pretendo decir que las mujeres y nuestras formas de pelear están clasificadas y por ende separadas, muchas mujeres toman estos y más papeles en contra de la violencia de las empresas transnacionales.

Las mujeres rurales, campesinas, indígenas y afrodescendientes, que son las más afectadas por el extractivismo, participan en conflictos políticos y sociales violentos, abandonan sus casas para ir a campamentos de vigilancia y forman nuevos lazos con su comunidad para defender su territorio. Al término del conflicto se enfrentan a la realidad de regresar a sus viejos roles en la comunidad. Pero muchas veces la impunidad de las empresas perdura y empiezan operaciones con el respaldo del Estado, la mayoría de las comunidades son destruidas y familias enteras son desplazadas y obligadas a vender sus tierras con precios denigrantes.

¿Qué sigue para estas mujeres? Muchas de ellas continúan en la lucha, ahora por la reparación de daños y justicia, mientras ven tristemente cómo sus tierras y aguas han desaparecido quedando solo grietas grises, caminos trazados por las maquinarias pesadas, pequeños charcos y grandes montañas hechas de piedras contaminadas. ¿Por qué decidimos ignorar un problema tan visible? ¿Por qué seguimos dándole la razón a retóricas internacionales hipócritas?

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