Apuntes sobre el caminar por la calle


Eduardo Navarrete

@elnavarrete

Para ser leída con: “Street Fighting Man”, de The Rolling Stones

 

¿Quién camina a quién? Las imágenes, retratos mentales, olores y conclusiones a las que uno llega no serían las mismas de no ser que uno se encuentra caminando.

Algo tan simple y silvestre como caminar se ha convertido a veces en un lujo en el que cada centímetro avanzado se mide por cuántas ideas han ido y venido y nada impide que así siga. La silueta negra que se dibuja adherida a los zapatos burla el juego de rol y se dedica a la respuesta en silencio del dilema de saber qué es la calle: ¿causa o efecto?

Es en la calle donde suceden los encuentros más interesantes. Confluyen con lo que llamamos “afuera” y no deja de llamar la atención el mero hecho de voltear a verlos. A esa altura del camino, lo mejor que puedo ver en un automóvil es que no salga de su cochera y con ello el cuestionamiento al origen de lo que entendemos por evolución. ¿Cuántas veces hace falta fantasear con encontrar la calle sólo para uno y su paso, digno de ser visto por absolutamente nadie?

Los automóviles y sus larvas parecen no disfrutar de los placeres más sutiles como el de saberse con dirección a un sitio y tener la autonomía de mover su propia biomasa. Se restriegan sobre el asfalto proyectándose uno a otro. El vómito es burdo y la falacia vial hace que hasta el peatón más agudo, pierda fibras de realidad (atención, que son finitas)

Cebras y gusanos blancos y amarillos se encargan de remozar el ágora donde cualquier derecho de quien osa caminar, es doblado, hecho moño y regresado de donde vino. La urbe no es más, un lugar para caminar. Y aún así, hay placer en encontrar espacio donde no lo hay.

En pocos minutos el horizonte se transforma en el resultado del mal metabolismo de hojalata con problemas digestivos. Líneas colindantes por cualquier resquicio, todos intentando llegar a su destino y asumiendo que tienen el derecho de hacerlo antes que el otro.

La inspiración del apocalipsis inducido a diario puede ser estudiado desde otro punto de vista: la acera. Cuando no haya baches ni recursos de este mismo caos que atenten contra el proceso de observación, caminar será entonces una excusa para celebrar que no estás preso en el proceso de vivir por vivir. En automático y esperando tu hora.

El golpeteo del zapato es importante: date espacio para escucharlo. Necesariamente tiene que ser rítmico ya que adereza el andar y habla de ese vicio de querer poner atención en todo (y pcon ello pretender vivir). Supongo que ahí se esconde otra aplicación del dicho “zapatero a tus zapatos”, pero no todos encuentran en el pendular de las piernas el ejercicio de reconocer la postura erguida y permitir que el fragmento de realidad entre por toda ventana abierta.

El ejército de abrirte a cualquier estímulo sensorial tiene que ser domesticado como a la fiera misma del discurso interno. Por eso a veces resulta tan placentero caminar a solas, entendido como un gimnasio para aguantarse a sí mismo.

Caminar es, por encima de todo, un viaje interno. Es sentir el mundo sobre los zapatos y el espacio vivo a tu alrededor. Es saber mojarse cuando llueve y secarse con un trapo de humildad. Es saber ver sin enjuiciar al mundo y entender que no hay mejor testimonio de él, que observar la impermanencia.

Caminar por la calle es descubrir que nunca te habías permitido hacerlo como lo puedes hacer y reconciliarte con el oficio de obsevrar un poco.

 


Sobre el autor:

Eduardo Navarrete es un periodista, fotógrafo y administrador público que se apasiona por los contenidos. Condujo equipos en Grupo Reforma, Grupo Medios, Televisa y Cultura Colectiva. Participa en una iniciativa de acompañamiento a empresas para formar equipos de alto desempeño desde la atención plena y recién fundó una empresa de generación y curaduría de contenidos transmedia.




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