Colombia: la herida que no cura


Ana María Islas

80 kilos de explosivos, un coche, un hombre y un recuerdo: el de más de medio siglo de violencia y guerrilla.

Lo sucedido este jueves en la Escuela de Cadetes General Santander en Bogotá, la más importante del país y a donde, por cierto, van a estudiar jóvenes de toda la región, rompió con más de una década sin ataques a instalaciones militares o policiales en Colombia. Antes de ésta, en 2006, una explosión en la universidad militar dejó 23 heridos, año en el que, dicho sea de paso, el ahora expresidente Juan Manuel Santos era ministro de Defensa.

También puso los ojos sobre el Ejército de Liberación Nacional (ELN) la única guerrilla que continúa activa en el país tras el proceso de paz que se firmó en noviembre de 2016 entre las ahora desintegradas y convertidas en partido político, Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el gobierno de Juan Manuel Santos. Y pone extra presión sobre los hombros del joven presidente Iván Duque que durante la campaña criticó el proceso de paz, de la mano de su mentor político, Álvaro Uribe.

Desde que empezó su gobierno en agosto del año pasado, Duque ha mostrado mano dura ante elante el ELN, condicionado el diálogo a la liberación de todos los secuestrados y el cese de actividades criminales. En el caso de los exguerrilleros que reincidan, aplicó el “no habrá tolerancia”.

Y es que el ELN no cede, básicamente después de casi dos años desde que iniciaron los diálogos de paz con esa guerrilla, más complicada que las exFARC por su difusa cadena de mando, el proceso se ha estancado y no se ve para cuándo avance, menos después de que apenas el 11 de enero los guerrilleros derribaron un helicóptero y secuestraron a sus tripulantes, con los que suman 17 personas en su poder.

Del atacante de este jueves se sabe su identidad: José Aldemar Rojas de 56 años y nacido en Puerto Boyacá. Del auto que llenó de explosivos, de esos con la capacidad de formar una onda explosiva de más de un kilómetro, se sabe que lo adquirió hace dos años en Arauca, zona fronteriza con Venezuela y con presencia histórica del ELN.  

La anhelada paz en Colombia, por la que políticos de izquierda y derecha se han dado hasta con el sombrero y que ha dividido profundamente a la población, está topándose con la pared de la complejidad de volver a la normalidad a un país que ha enfrentado amplios periodos de inestabilidad social y violencia.

Por ejemplo, el vivido del 1948 al 1958 que inició con el “Bogotazo” y la muerta Jorge Eliécer Gaitán, de ahí al surgimiento de la guerrilla en 1964 que durante 52 años puso en jaque al Estado y su estrategia militar y bueno, no se diga la guerra contra el narcotráfico que en dos décadas dejó más de 20 mil víctimas y un estigma hacia los colombianos que los persigue sin deberla ni temerla.

La herida que dejó la violencia en Colombia es difícil de curar, se abre una y otra vez con la discordia entre políticos, con el tambaleante diálogo con la guerrilla, con el cáncer del narcotráfico que no termina de extirparse y con los cientos de activistas y líderes indígenas asesinados, irónicamente tras el proceso de paz. La herida es difícil de curar y lo de este jueves la volvió a abrir.


Sobre la autora:

Ana María Islas es mexicana, feminista y aguacate lover. Lleva 14 años trabajando en medios de comunicación y cinco años engañándose con tocino vegano. A favor de: derechos humanos, justicia y libertad de elección. En contra de: el patriarcado y la cerveza light.




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