¿Cómo se hacía una fila?


Eduardo Navarrete

@elnavarrete

Para leer con: “Down the Line”, de Beach Fossils

 

La cuarentena ha reinventado la soledad.

Dentro de unas pandemias más, cuando los cerebros no necesiten vivir dentro de un cráneo y nos estudien con el asombro con el que ahora descubrimos el Calmécac, quedarán desconcertados con la teoría y la práctica de hacer una fila.

Cuando aún se podía salir a la calle, este instrumento de organización y argumento espontáneo de socialización hacía lo que la tienda, institución o negocio no: administraban un caos potencial.

Pero como la lucha libre, cualquier fila es un espectáculo que no ha sido del todo comprendido ni agradecido.

Una ida al banco no tenía sabor si no te formabas. Lo sabían bien los cajeros, por eso cerraban 5 de las 6 cajas disponibles. El concepto de un concierto era precisamente ir a hacer filas: para comprar los boletos, recogerlos, llegar al lugar, estacionarte, para que te revisaran que no trajeras mejores estupefacientes que los de los policías que te revisaban, para ingresar al lugar, comprar un jocho o una cerveza, para ir al baño (esta era la más trágica), entrar al foro (de hecho el evento por sí mismo es una fila puesta en pausa), y para salir del lugar. Las experiencias más adrenalínicas guardan filas en sus entrañas. Nos gustan las filas aunque nos empeñemos en negarlo.

La histriónica y mexicana capacidad para dejar todo al final da especial sazón al método para tomar turno y formarse, uno detrás de otro, como medida temporal de la restitución del orden y el progreso. Hacemos fila para entender el propósito personal: sea nacer, morir o lo que yace en medio.

Si vas a misa, harás fila para comulgar, lo que sugiere que seguramente para entrar al paraíso tendrás igualmente que formarte. Haces fila para ingresar a una escuela, entrar al salón, recoger tu diploma, apostillarlo, para tramitar tu cédula, para la entrevista de trabajo, comprarte ropa formal (otra fila trágica), firmar el contrato, para entrar al bar donde festejarás, hacer la fila del cine, no se diga la del antro o bar, para conseguir un crédito, comprar el anillo, pagar el parto, para entrar al parque de diversiones, comprar los útiles y hacer que entre a una escuela. ¡Hasta para tomar terapia, uno debe hacer fila en el consultorio!

Te podrán dar una cálida bienvenida y hasta harán reverencias en la entrada, pero antes o después de ello, tendrás que formarte. Hasta cuando concluye una vida. Por eso es útil saber cómo hacer una buena fila.

Observar la cara de los que se forman es un secreto milenario para sembrar paciencia durante tu fila. Especialmente la de los recién llegados: primero dudan si se quedan, se asoman reiteradamente hacia el inicio de esta, como si con eso se fueran a apurar los ahí involucrados. Verlos voltear a su reloj a falta de un ansiolítico solo es superado por querer encontrar en el celular la fuente que satisface todas sus desesperaciones.

También es bueno saber que hay tics para todo trámite, pero hacer temblar la pierna o el pie es un franco encuentro con el más primitivo deseo por salir de ahí.

Lo que en Estados Unidos se concibe llanamente como “línea”, aquí es coloridamente asumido como “cola”. Todos saben que lo último que tiene una cola es orden y estatismo.

Todo esto me llevó a convertirme en espía de filas. Y no tengo más informe que extrañarlas. Sé que no regresarán por haber sido ingratos con ellas. O al menos no volverán como nos disgustaban y eso es lo más extraño, porque sé que también las echarás de menos.

Desde que salimos del vientre nos juntaron para formamos de una u otra forma, de un lugar a otro. Los seres del mundo confluimos en un lugar para entender el espacio administrado: una fila.

Cuando alguien no se encuentra físicamente haciendo una fila, es porque no tiene clara la distinción entre causa y efecto.

Cuando hacías una fila era irremediable cuestionar si tu lugar en el mundo era estar ahí. Las filas fueron la marca de un estar. La nueva era reflejará, más que nuevas filas, una oportunidad para pensar en el objetivo de hacer otra fila.

Ahora la falta de filas aprieta más fuerte.

 


Sobre el autor:

Eduardo Navarrete es un periodista, fotógrafo y administrador público que se apasiona por los contenidos. Condujo equipos en Grupo Reforma, Grupo Medios, Televisa y Cultura Colectiva. Participa en una iniciativa de acompañamiento a empresas para formar equipos de alto desempeño desde la atención plena y recién fundó una empresa de generación y curaduría de contenidos transmedia.

Mercedes Migoya60 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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