Conversaciones incómodas


Fernanda Zamora

@Fer_ZamoraR

 

Una fiesta en la que el alcohol y las bromas pesadas se salen de control, en la que entre risas y música desaparecen las inhibiciones y se desdibujan los límites de lo socialmente aceptable. Después aparecen los chismes, rumores y anécdotas contadas a voces, en las que se va tejiendo una historia cargada de juicios y doble moral. Es la misma fórmula que hemos vivido y escuchado una y otra vez, en la que cambian los protagonistas y detalles pero se mantiene la misma narrativa: conductas violentas normalizadas y el alcohol como lubricante social por excelencia.

Pese a ser una narrativa común, la historia toma más visibilidad cuando se trata de un juez de la Suprema Corte de EUA. La polémica alrededor de Brett Kavanaugh no es nueva, aquí va un breve recuento: En julio de 2018, cuando fue nominado por la Casa Blanca para ocupar el lugar que dejaba el juez Anthony Kennedy y en espera de la ratificación del Senado, la Dra. Christine Blasey Ford publicó una acusación de acoso sexual en su contra en el Washington Post. Después de una breve investigación del FBI, una serie de comparecencias ante el Comité Judicial del Senado, varios comentarios desafortunados por parte del presidente, y otras acusaciones que no fueron corroboradas, Brett Kavanaugh fue ratificado por el Senado por un margen de dos votos.

Si bien el caso parecía haber llegado a un resignado letargo, este semana volvió a la agenda pública con un reportaje publicado por el New York Times acerca del libro “The Education of Brett Kavanaugh: An Investigation”, escrito por Robin Pogrebin y Kate Kelly. El libro presenta la investigación acerca de las acusaciones hechas por Dra. Blasey Ford y por Deborah Ramirez, quien fue compañera de Kavanaugh en Yale. La salida a la luz de esta información ha detonado una serie de opiniones encontradas, entre los que ponen en tela de juicio su integridad, pidiendo empezar un proceso de destitución y los que cuestionan la veracidad de las acusaciones, alegando que se trata de un truco electoral.

Pero el tema va más allá de la politización del caso de Brett Kavanaugh. La historia y los testimonios reflejan un trasfondo mucho más grave enraizado en la sociedad: la normalización de la violencia. Los argumentos que minimizan el incidente diciendo que se trataba de una broma, que no pasó a mayores o que estaba bajo los efectos del alcohol (que de alguna forma es un atenuante de responsabilidad al agresor, pero un agravante para la víctima), contribuyen a la estandarización de conductas violentas y vienen de un lugar de privilegio, porque el privilegio es pensar que algo no es un problema porque no te afecta.

Estamos acostumbrados a tal grado de violencia de género que la asumimos como parte de la vida, como un tema cultural y en el peor de los casos, ni siquiera la notamos. Las vejaciones contra las mujeres que se viven día a día son tan fuertes que las micro-agresiones pasan a un segundo plano, hechos cotidianos por los que no vale la pena quejarse. Así, replicamos un sistema que sin darnos cuenta es justo dónde se empieza a gestar la violencia.

Las agresiones sexuales que son catalogadas como normales, como “cosas de hombres”, están tan implantadas en la cultura que nos cuesta trabajo identificarlas como acoso. Las tendencias como #Metoo y #Miprimeracoso han traído estos temas a la conversación, invitando a la reflexión y análisis de nuestra realidad. Según datos presentados por la organización Equis Justicia para las Mujeres en colaboración con ONU Mujeres, en los últimos dos años solo se han registrado dos denuncias por acoso sexual en la CDMX. Esto se atribuye principalmente a que el juicio para abuso sexual se hace basado en conceptos morales (conductas obscenas, lascivas, inmorales), no en los riesgos de salud o seguridad. Esto sumado a un sistema de justicia en el que la víctima es sometida a más escrutinio que el victimario, y la autoridad y el agresor son a veces la misma figura.

Es crucial darnos cuenta de que estas historias son los síntomas de un problema mucho más profundo, de actitudes, estereotipos sociales y culturales que forman parte del inconsciente colectivo. En México, la idea de romance y “ligue” sigue estando muy ligada al amor pasional, a la “cacería”. Dinámicas en las que hablar de consentimiento “arruina el momento”, o si dice que no “se está haciendo la difícil”. El hombre fuerte, decidido y rudo sigue siendo en muchos casos el arquetipo de masculinidad, lo cual resulta muy dañino para ambas partes.

De la misma forma existe una expectativa social en las mujeres de cargar con la culpa, tener todo bajo control, ser responsables del entorno, ser capaces de aguantar la incomodidad. Ese es uno de los problemas que plantea Chimamanda Ngozi Adichie, en el libro “Querido Ijeawele”, las mujeres nos hemos acostumbrado a ser las que aguantan, las resilientes, mientras que los hombres controlan y ejercen poder. 

Esta es una conversación que aunque se ha hablado innumerables veces en múltiples plataformas, debemos seguir teniendo. Generar un cambio en los paradigmas sociales y culturales requiere de un movimiento en todos los frentes. Y aunque la evolución sea progresiva, aunque tarde en materializarse en la sociedad, aunque lo único que tengamos sean historias, tenemos que seguir hablando mientras tengamos voz. Debemos seguir incomodando, resignificando nuestra historia, como Jodi Kantor y Megan Twohey con el libro “She said” que cuenta los detalles detrás del caso de Harvey Weinstein, o como Chanel Miller, quien permaneció en el anonimato durante el famoso caso de la violación en Stanford, y ahora ha decidido contar su historia a través de su libro “Know my Name” y reclamar su narrativa. Tenemos que seguir teniendo conversaciones incómodas, cuestionando las estructuras, porque la normalización nos hace cómplices.

Detonador de conversación – ¿Qué preferirías: nunca olvidar nada o que todo el mundo te recuerde? 

 


Sobre la autora:
Fernanda Zamora es comunicóloga, maestra en política pública. Ha trabajado haciendo investigación en temas de políticas de innovación, política social y justicia restaurativa, entre otros. Como consultora de comunicación ha participado en el diseño e implementación de estrategias de comunicación para ONGs, sector público e iniciativa privada. Apasionada por los temas de equidad de género, innovación social y desarrollo. Lectora voraz, bailarina frustrada y adicta a los podcasts.
Está a favor de: Feminismo, empoderamiento e innovación. En contra de: Injusticia, intolerancia.

Mercedes Migoya61 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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