Cuando todo esto acabe


Axel Cabrera

Twitter: @AxelCabreraR

Instagram: @axelcabrera.r

 

Todos hacemos planes para cuando todo esto acabe, ese nuevo lugar común que ha colmado nuestras conversaciones, que nos mantiene con la esperanza de regresar a la normalidad rutinaria de la que renegamos constantemente. En algún momento de ansiedad hemos llegado a sentir nostalgia por el tráfico, las reuniones, las juntas, e incluso por vestir ropa formal. Nos dimos cuenta que, parafraseando a Guillermo Arriaga*, nos quejábamos de la grisura de la cotidianeidad, pero con frecuencia era nuestra tabla de salvación.

 

De manera abrupta, miles de jóvenes mexicanos nos encontramos con giros inesperados en nuestras vidas y planes. En tan solo unos meses se desdibujó la frontera entre el corto y el mediano plazo, y atravesamos el umbral hacia la adultez. Hoy, como nunca antes, nos inquieta encontrar estabilidad, o al menos una pizca de certidumbre sobre nuestro futuro.

 

Aunque somos el grupo poblacional más representativo –la edad mediana es de 27 años– y vivimos en la época con mayores niveles de educación superior ­–26% de los jóvenes en México obtendrán algún título de educación en su vida según la OCDE–, los efectos de la pandemia, tanto en términos económicos como emocionales, han sido agudos y demoledores para los nacidos después de los noventa.

 

Desde que inició mi confinamiento, hace seis meses, no ha habido semana donde no me entere, de manera directa o indirecta, el caso de algún amigo o colega que ha perdido su trabajo o ha visto reducido su salario. A nivel nacional, cerca del 70% de los despidos durante la emergencia sanitaria han sido de personas menores de 30 años. Entre marzo y abril –cuando nuestra ingenuidad nos hacía pensar que sería cuestión de un par de meses regresar a esa grisura acostumbrada y continuar con nuestros planes y proyectos– más de 65,000 jóvenes se quedaron sin sustento. Hoy en día un tercio de la población milenial ha dejado de pagar su alquiler. Hola desempleo, adiós independencia.

 

En el país donde el concepto de muerte es ambivalente –lo mismo se celebra y honra en una tradición milenaria que se interioriza como un efecto más de la violencia sistémica y la falta de Estado de derecho–, hoy adquiere más fuerza su significado. En esta ocasión son nuestros seres queridos, amigos y conocidos quienes han engrosado la cifra maldita, la del “escenario catastrófico” de más de 60,000 muertos al que era poco probable que llegáramos, según quienes llevan la estrategia (es un decir) para enfrentar la pandemia.

 

Al igual que el aislamiento y los planes truncados, las malas noticias ahora forman parte de lo cotidiano, un coctél que ha afectado la salud mental de los jóvenes mexicanos; decía Carlos Monsivaís que si nadie te garantiza el mañana, el hoy se vuelve inmenso.

 

De acuerdo con la ONU, la depresión afecta a 264 millones de personas en el mundo y el suicidio es la segunda causa de muerte en jóvenes de 15 a 29 años. En México, más de dos millones de jóvenes sufren algún trastorno de ansiedad o depresión. La terapia se volvió canasta básica, no obstante, está al alcance sólo de aquellos que pueden costearla.

 

El encierro nos ha obligado a transitar en tiempo récord a una realidad que oscila entre una mala adaptación de Los Supersónicos y la vida adulta. Los autos no vuelan, pero vivimos encapsulados entre cuatro paredes, detrás de un cubrebocas o una careta, y frente a nuestros miedos y fantasmas. No nos vemos a los ojos, pero el contorno de nuestros rostros se refleja permanentemente frente a una pantalla. Los robots no nos quitaron el trabajo, fue un virus microscópico.

 

La impotencia de ir perdiendo la batalla frente a un ente invisible al ojo humano, tiene ensimismados a miles de jóvenes en México y el mundo. Hace poco más de un mes, en un conversatorio con alumnos de Georgetown, el Dr. Anthony Fauci –uno de los rostros más visibles en la estrategia estadounidense– dio una respuesta extraordinaria ante la afección de una estudiante de no poseer los conocimientos y habilidades que ayuden a que todo esto acabe: “Al quedarte en casa previenes más contagios. Aunque tú no lo veas, al estar encerrada estás ayudando a tu comunidad, a tu país y al mundo”.

 

Desde esa óptica es que deberíamos de buscar superar las tres crisis –la sanitaria, la económica y la emocional– por las que atravesamos los jóvenes. En primer lugar, es necesario entender que durante al menos dos años viviremos a la distancia, solitarios, encapsulados. Serán tiempos de gel antibacterial que más bien huele a licor de agave, de ciclovías emergentes, y de horas interminables frente a una pantalla. Crearemos nuevos hábitos para poder seguir vivos.

 

Asimismo, hay que exigir al gobierno dejar de lado la ideología, la división y soltar, de una vez por todas, el pasado. Ante la ausencia de un Estado innovador –o al menos efectivo­– como ciudadanos organizados es nuestra obligación proponer políticas y programas integrales que atiendan de manera estructural los efectos de la pandemia en las distintas esferas de la vida pública y privada de México. La pobreza y el hambre no esperan, los jóvenes somos el presente y el futuro es este país y debemos asumir esa responsabilidad.

 

Además, debemos asimilar que los problemas que enfrentamos son globales y que los cambios en nuestra convivencia social serán permanentes. En esta época de ensimismamiento siempre hay alguien dispuesto a escuchar a un alma contrariada, sólo hay que pedir ayuda. La pandemia de 2020 es también una oportunidad extraordinaria para modificar y replantear nuestras vidas.

 

Cuando todo esto acabe, seremos personas muy distintas a las que en marzo entraron al encierro.

 

*Salvar el fuego, Alfaguara, 2020


Sobre el autor:

Axel Cabrera es internacionalista por elección. Trabaja activamente en la discusión, reflexión y generación de ideas en el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI) desde donde ha coordinado documentos sobre políticas públicas, foros de alto nivel e iniciativas de cooperación internacional. También es parte de la Mesa Directiva del Programa de Jóvenes de COMEXI (PJCOMEXI) como coordinador vinculación. Su región favorita del mundo inicia en Alaska y termina en La Patagonia.

 

Está a favor de: el libre comercio, la migración ordenada y la diversidad de pensamiento. Está en contra de: los populismos, las mentes obtusas y los conflictos.

 

Puedes saber más de él en: www.twitter.com/AxelCabreraR. 




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