De amor y política


Fernanda Zamora

@Fer_ZamoraR

 

En una cena con amigas discutíamos una serie de anécdotas románticas; apps, dates, mensajes y demás. Saltando entre temas, salió en la conversación el caso del reciente declive en la popularidad del primer ministro de Canadá Justin Trudeau. Puede sonar un tanto lejano, pero al entrar en el tema surgió la idea de que la política, especialmente en un proceso electoral no es muy diferente del proceso de enamorarse.

Podemos ser personas (o electorados) fuertes, independientes y enfocados en romper esquemas tradicionales, y aun así muchas veces nos dejamos envolver por el romance perdiendo perspectiva de la realidad. Nos dejamos llevar con expectativas irracionales, promesas imposibles, que nublan el juicio, al menos por un tiempo.

¿Será que debajo de un claro pragmatismo seguimos esperando un gran gesto romántico?

El desfile de candidatos se parece más a una serie de perfiles en una app que a una presentación de plataformas políticas. Y así, deslizando a la derecha o a la izquierda, el proceso resulta desgastante. Por eso cuando aparece alguien como Justin Trudeau, nos dejamos llevar, por un momento te olvidas de las críticas que has hecho a los estereotipos de los chick-flicks. Y es que como diría Audre Lorde, hemos estado tan hambrientos de romanticismo que queremos creer que el amor (y en este caso el candidato), una vez que lo hayamos encontrado, será todopoderoso.

Pero un poco de contexto, ¿qué es lo que está pasando con Justin Trudeau? El primer ministro de Canadá está viviendo un momento decisivo en su carrera política ya que quiere ganar la reelección el próximo 24 de octubre. La campaña arrancó oficialmente el 11 de septiembre, pero desde marzo el “Golden Boy” se ha visto envuelto en controversia al haber sido señalado por la- entonces- procuradora general de presionarla para levantar los cargos de corrupción en contra de una de las empresas de infraestructura más grandes de Canadá. Esto se agrava por el hecho de que el líder del Partido Liberal y porque ha hecho de la inclusión de grupos vulnerables y minorías su estandarte político.

Con este antecedente, hace unas semanas, la revista TIME publicó una fotografía en la que aparece Trudeau con la cara pintada a modo de “brownface/blackface”. La foto fue tomada en 2001, durante una fiesta en la que estaba disfrazado de “Aladdin”. Y es que la connotación del blackface, que deshumaniza y caricaturiza a un grupo que ha sido oprimido sistemáticamente, lastima más que un escándalo que podemos considerar tradicionalmente político. Porque no es que el haberse pintado la cara hace 18 años afecte sus habilidades como jefe de Estado, es que este hecho atenta contra el personaje que ha construido y en el que ha basado toda su identidad.

Pero, ¿por qué los escándalos de Trudeau duelen casi como un corazón roto? ¿Por qué se siente como una traición? Porque era el político ideal: feminista, incluyente, ecologista, progresista, el que te llama cuando queda y no te deja plantada.

Nos esperamos estas cosas de personajes como Trump, incluso de Biden pero no de Trudeau y por eso es más difícil perdonarlo. Las constantes fallas nos han hecho insensibles a la gravedad de las acusaciones; otra obstrucción de justicia, otro abuso de poder, otro escándalo de corrupción, otra estafa maestra, otro mensaje “ghosteado”.

Y aunque Trudeau ofreció una disculpa pública que equivaldría a rosas, chocolates y demás clichés, no parece ser suficiente, algo muy esencial de su narrativa como político se rompió. Su comunicado fue magistral, asumió su responsabilidad, reconoció el gran punto ciego derivado de venir de un lugar de privilegio y además de aceptó que no era la única ocasión en la que lo había hecho, pero el corazón roto va a ser difícil de reparar.

Tenemos una tendencia a idealizar a ciertos líderes. El problema de la romantización de líderes políticos es algo que trasciende a la figura de Trudeau. En la investigación No More Heroes’: Critical Perspectives on Leadership Romanticism, Collinson et al., dicen que al dar un carácter de héroe al líder político, se envuelve en una mística especial, percibiéndolo como “el elegido”. Esto resulta también problemático en temas de género y etnicidad porque fortalece dinámicas que promueven el ideal de hombres en puestos de poder.

Y aunque la idea de un nacionalismo casi fanático suena muy siglo XX, podemos ver varios ejemplos, desde Trump, hasta la figura de Xi Jinping en el marco del 70 aniversario del Partido Comunista Chino. Es fácil ver también una similitud con el caso de México, donde la idealización no deja lugar a la crítica, porque “este sí era el bueno”. Pero, el problema de este planteamiento es que realmente nadie tiene por qué ser infalible y omnipotente, al final son solo humanos que al estar en una posición de poder debemos cuestionar y pedir cuentas.

Tenemos tantas ganas de encontrar un líder que nos represente, que luche por las causas que nos mueven y que nos saque adelante, que idealizamos el concepto. Nos dejamos llevar por un romanticismo cegador en el que la figura se vuelve casi mítica, mesiánica y no la juzgamos con la misma lupa. Y es que el romance (tanto de pareja como político) es inevitable e innegablemente agradable. Pero es importante que seamos conscientes de la forma en la que nos dejamos llevar y las dinámicas que lo rodean. Que las dos partes sean responsables del proceso, tomando iniciativa, sin que una de las dos ejerza el poder unilateralmente. Así que, quitémonos de estereotipos y estructuras patriarcales, como pareja y como electorado.

Al final, contrario a las películas, no va a llegar un príncipe (o princesa) a salvarnos, y no es solo porque no exista, sino porque no lo necesitamos. Así como somos mujeres (y hombres) fuertes que pueden salvarse solas, también somos sociedades con todo el potencial de sacarnos adelante. Así que no esperemos en la torre el ansiado rescate, tomemos acción, busquemos ser ciudadanos más participativos, fomentemos la cohesión social, seamos un electorado informado, pidamos cuentas, atrevámonos a mandar ese mensaje, a dar el primer paso. Al final, ¿qué es lo peor que puede pasar?

 

Detonador de conversación – ¿Juan Gabriel o José José? 

 


Sobre la autora:
Fernanda Zamora es comunicóloga, maestra en política pública. Ha trabajado haciendo investigación en temas de políticas de innovación, política social y justicia restaurativa, entre otros. Como consultora de comunicación ha participado en el diseño e implementación de estrategias de comunicación para ONGs, sector público e iniciativa privada. Apasionada por los temas de equidad de género, innovación social y desarrollo. Lectora voraz, bailarina frustrada y adicta a los podcasts.
Está a favor de: Feminismo, empoderamiento e innovación. En contra de: Injusticia, intolerancia.

Mercedes Migoya61 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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