El callejón del capricho


Sebastián Erdmenger

Sebastián Erdmenger G.

@erdmengerMX

 

Hoy, Andrés Manuel López Obrador viaja a verse con Donald Trump. Hoy, me sigo adentrando en el íntimo relato de Valeria Luiselli sobre esos niños que se pierden en un Desierto Sonoro bajo el que descansan los grandes indios apaches. Hoy, entiendo que detrás de cualquier concilio entre los presidentes de México y de Estados Unidos, hay dichos que modifican las vidas de niños perdidos, de niños con pies lastimados, de “caras al rayo de la luna” que duermen montadas sobre los lomos metálicos de un tren.

La confirmación, hace unas semanas, de que el presidente mexicano realizaría su primer viaje oficial fuera del país generó opiniones encontradas. ¿De qué otra forma podrían ser las opiniones en estos tiempos? Hay quienes sostienen que la visita solo ayudará a Donald Trump a reelegirse. Por otro lado, están las voces que afirman que la cita era ya impostergable. Quizá ambos tengan razón, pero los matices de la diplomacia, esa que se estrena para López Obrador en este viaje, nos pueden arrojar más luz al respecto. 

Durante este año y medio de gobierno, he sido muy crítico señalando mis preocupaciones sobre la incapacidad del presidente de gestionar una activa política exterior desde su papel como jefe de Estado. Se ha ausentado de foros multilaterales, ha recibido a muy pocas comitivas oficiales extranjeras y, hasta hoy, no había realizado ningún viaje al exterior. Mi crítica ha versado, no por la necesidad de ver al presidente de México codeándose con los grandes líderes mundiales en viajes por todo el globo, sino por el peligroso camino que implica no hacerlo. 

Hoy, esa ausencia internacional ha resonado en Palacio obligando al presidente a hacer un viaje internacional que no quería realizar. Ese mantra de campaña sobre que la mejor política exterior es la política interior, ha golpeado en seco con una inexorable realidad: México y su presidente no pueden aislarse de la realidad global.

La justificación del viaje se enraíza en dos sitios: por un lado, la celebración de la entrada en vigor del T-MEC y por otro, el agradecimiento por el apoyo estadounidense surtiéndonos equipo médico. Sobre el caso comercial, es un viaje innecesario porque el Tratado se firmó desde 2018 en Buenos Aires y los tratados, cuando entran en vigor, lo hacen sin ninguna ceremoniosa reunión obligada. Cuando el ya muerto Nafta entró en vigor, el 1 de enero de 1994, ni Bush ni Salinas ni Mulroney se reunieron para celebrarlo. Por otro lado, si el viaje se da como agradecimiento por los favores durante la pandemia, tendríamos que esperar una próxima visita a Pekín. 

El contexto de la visita oficial (que no es una visita de Estado), se presenta en el escenario más complejo de la historia política de Donald Trump. Por si fueran pocas las más de 130,000 muertes y una cifra de contagios que roza los 3 millones, Estados Unidos enfrenta un repunte después de la apertura que suma casi 50,000 nuevos casos todos los días. La pandemia ha dejado una herida económica de la que ya se duelen más de 40 millones de personas que han perdido su empleo en los últimos meses, llevando a un pronóstico de decrecimiento económico no visto en décadas.

Además de los costos que está dejando la pandemia, al capital político de Donald Trump habría que debitarle los que él mismo ha ocasionado. Tras la muerte de George Floyd, las calles de Estados Unidos se han colmado de personas exigiendo el fin de la brutalidad policiaca y el racismo estructural, que en los últimos años ha encontrado en el presidente estadounidense su máximo vocero. Y si todo este panorama no fuera suficiente, el libro de John Bolton resuena como un gancho al hígado en la Oficina Oval. 

Lo decía Napoleón, “si tu enemigo se está equivocando, no lo interrumpas”. Es imposible comprobar que la visita de Andrés Manuel le dé una ventaja electoral al presidente estadounidense. Del mismo modo que no se puede comprobar que la invitación que Enrique Peña Nieto le hizo al entonces candidato republicano haya marcado el rumbo electoral que los estadounidenses tomarían en 2016. Sin embargo, el primer viaje de AMLO fuera del país sí pone al alcance de Trump un salvavidas con el que pueda cambiar la agenda comunicativa de su país de cara a noviembre. Y esa no es una puerta que el presidente mexicano deba abrir. 

No es una puerta a abrir porque la reelección de Donald Trump sí implica una afrenta para la vida de millones de mexicanos que viven en aquel país. Por cálculos políticos, el presidente estadounidense no ha presionado al límite de sus posibilidades la eliminación inmediata del Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), con el que se protege la permanencia de millones de jóvenes dreamers. Su reelección en noviembre le daría carta abierta para cancelar dicha orden ejecutiva. 

Coincido plenamente con dos argumentos que esgrimen los defensores de la visita que inicia hoy. Por un lado, estoy de acuerdo que un presidente mexicano tiene que verse con su contraparte estadounidense en todo momento. Es fundamental en la relación bilateral que existan cumbres y encuentros entre ambos mandatarios. La señal de una amistad a través de la diplomacia pública puede ayudar a destrabar temas complejos y espinosos por los que transitan ambas Cancillerías diariamente. Sin embargo, la diplomacia pública (como cualquier otro tipo de diplomacia), debe seguir una estrategia, un objetivo, estar sustentada en razones de peso y no ser ejecutada como un arrebato por alguna de las partes. Hoy, da la casualidad que López Obrador no solo visita al presidente de Estados Unidos, pero también se entrevistará con uno de los candidatos a la Presidencia que más ha mostrado su desdén por México y los mexicanos.

También coincido en que esta visita era impostergable y que el presidente López Obrador no se podía negar a la invitación. He ahí un grave error del gobierno en cuanto a política exterior. Frente a tu asimétrico vecino y socio, no te puedes quedar sin cartas de negociación. El callejón sin salida que llevó al gobierno mexicano a enfrentarse a un panorama donde “no le podía decir que no” a Trump, fue pavimentado por el capricho presidencial de subestimar la necesidad de participar activamente en política exterior. Triste paralelismo que también usó Peña Nieto después del suceso de Ayotzinapa cuando viajó a Asia en 2014 porque “a China no le puedes decir que no”.

Si Andrés Manuel López Obrador hubiera realizado una visita a Estados Unidos el año pasado, cuando Trump era presidente y no también candidato; la exigencia de Washington de mantener una reunión hoy, hubiera sido fácilmente burlada. Una reunión bilateral en el marco del G-20 el año pasado en Japón hubiera dado un margen de maniobra hoy. Con todo y el buen canciller que es, Marcelo Ebrard falló al transmitirle esta posibilidad al presidente durante un año y medio. Sin duda la pandemia tomó por sorpresa a todo mundo, pero el papel de México en la campaña presidencial estadounidense debió de haber sido estudiado de mejor manera. 

Ese callejón que hoy lleva al presidente mexicano a dormir con disgusto en Washington también se pavimentó con el capricho petrolero del presidente. Si el bodrio de Rocío Nahle en las negociaciones de la OPEP+ no hubiera obligado a Estados Unidos a compensar esos barriles que México no quiso dejar de producir, hoy tendríamos más poder en la mesa de negociación. 

Los dados están jugados y hoy López Obrador verá a Donald Trump por primera vez. Espero que la visita tenga los resultados que se visualizaron en los mejores sueños de la comitiva oficial mexicana. Espero que Donald Trump no logre capitalizar el evento para sus beneficios electorales. Espero que, como lo dijo AMLO, la dignidad mexicana se mantenga. Y espero que, si el gobierno sale airoso de este galimatías en el que ellos mismos se han metido, entienda a partir de ahora que el papel del presidente de México en el escenario internacional no es un capricho pomposo del otrora poder neoliberal. 

 


Sobre el autor:

Sebastián Erdmenger es estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana. Conductor de los programas internacionales «Tengo Otros Datos» y «La Ley de Herodes» que se transmiten semanalmente por Ibero 90.9 FM. Actualmente es embajador de paz por Humanitarian Affairs Asia y se desempeña como redactor en Telokwento. Los artículos de opinión reflejan su punto de vista, más no el de Telokwento. 




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