El día que hice las paces con el frío


Eduardo Navarrete

@elnavarrete

Para leerse con “Steppes Wind”, de Alexandre Ponomarenko

 

Nada quema como el frío. Eso lo sabe todo mundo, pero es la ironía más tibia y menos cuestionada. La sabe el leñador del Ajusco quien sale a las cuatro de la mañana a recibir el día como quien llega a la oficina a comentar la jornada deportiva de ayer.

El día que entendí para qué hace frío me dejó de atosigar. Fue precisamente en el Ajusco. Llevaba tres días acampando como puntual doctrina de no tener que hacer otra cosa.

En esa felicidad de estar rodeado por extraños objetos entendidos como árboles y raramente ser cobijado por un cielo azul, llega el momento de tener que quejarse por algo para ventilar tal epifanía.

Lo primero que había a la mano: el frío decembrino en un valle a varios kilómetros internado de la carretera federal y con la tranquilidad y el miedo de saber que no hay más humanos en un buen perímetro a la redonda, más que los que conformábamos el grupo de modernos renunciantes ahí enclaustrados.

No ventilaré aquí el objetivo de tal viaje. Sólo su constante característica: el indecible frío que hacía. Cuando más calor hacía, uno tiritaba. El sol era un invento foráneo, sólo para darse cuenta que uno debía salir de la tienda de campaña.

Ahí fue donde me quedó claro que algo frío es un indicio para prestar atención. Sólo al moverte ventilas el momento y extrañas el instante previo en el que yacías inmóvil, con un poco menos de frío.

Pero hay de fríos a fríos. En unos te pones una gorda e inútil chamarra del espacio, te enredas la bufanda como si fueras a la horca y corres por un café de temporada para mostrar al mundo lo in que estás.

Hay otros fríos en los que no paras de temblar y no sabes si proteger la nariz o las orejas. Ambas amenazan con hacer un plantón en el suelo. El dolor de frío es algo que no se le desea ni a los políticos. Bueno, no a todos.

El frío y el calor son hojas de un mismo libro. No sólo no existen como aparecen a la percepción, sino que la Tierra en realidad está más cerca del Sol durante la temporada invernal.

Cuando inicia el Invierno en el hemisferio norte, nuestro planeta alcanza el punto en su órbita en el que está más cerca del Sol que en todo el año. Por ello, y en contra de creencias populares, el frío no se debe a la lejanía o cercanía con el Sol.

Por el contrario, tiene que ver con la dirección e inclinación del eje terrestre, razón por la cual ambos hemisferios experimentan Invierno en dos épocas diferentes del año. Tenemos un mundo esquizofrénico.

Sin que esto sirva como consuelo, instalado en esa tienda de acampar y sin importar a cuántos grados bajo cero uno pueda estar, sobrevino la lección de la jornada.

A primera hora de la mañana y frente a mi vista se apareció un leñador portando una playera del Cruz Azul y un delgado poncho encima. Entendió la sorpresa de la mirada puesta sobre él y sin mueca alguna se acercó. No saludó y en su lugar se limitó a hacer una pregunta.

– ¿Quieren aprender a quitarse el frío?

En espera de alguna lección o enseñanza de hombre de campo, nos acercamos expectantes. El leñador pidió un garrafón de agua, de esos que dejábamos afuera de la tienda para beber y cocinar.

– Préstenme uno de esos y quítense hasta la camisa, dijo enfático.

Seguro le hubiéramos firmado pagarés en blanco. Sin pensar, retiramos chamarras, suéteres y camisetas térmicas esperando lo que ahora se aprecia como obvio.

Uno a uno, nos tocó un violento, pero aleccionador baño de agua semicongelada. Conforme iban pasando los iniciados en entropía térmica, el viejo dibujaba una sonrisa escueta. Lo disfrutaba y nomás de imaginarme en su lugar, igual hubiera hecho yo.

Lo que en el momento parecen ser navajas en la espalda, termina por entregar un dulce en la presentación de tu elección. Agradecimos extrañados la contribución al desapego (o a una posible neumonía) y entre los matorrales desapareció caminando con soltura.

Desconozco si elevando a un extremo se controla cualquier aparente desazón, pero lo que me dejó dicho encuentro fue tajante.

¿Cómo experimenta la temperatura una mosca? ¿Cómo lo hace alguien que ha perdido la sensibilidad en la piel? ¿Cómo decir entonces que “hace frío” y no en su lugar “siento frío”?

El frío es narrarse a sí mismo. Es tomar un chocolate caliente para luego sentir más frío y entonces intentarlo con una limonada helada. Es darse cuenta que la piel está con vida, que el entorno comunica y que, como ese leñador del Ajusco, uno se va adaptando y va dejando las sorpresas de la vida para otro que tenga un contexto diferente. Es saber que uno proyecta identidades. Y que al hacerlo consciente, descansa en ello con una sonrisa bruja.

El frío ofrece la incertidumbre en la que se es capaz de dudar de sí mismo, desde el hecho de salir de la cama hasta salir a la calle. Uno es capaz de cuestionar el salir, para refugiarse en la calidez de lo esperado o entender que el frío sí existe: pero no como lo designa.

Ahí está el secreto para hacer las paces con él.

 


Sobre el autor:

Eduardo Navarrete es un periodista, fotógrafo y administrador público que se apasiona por los contenidos. Condujo equipos en Grupo Reforma, Grupo Medios, Televisa y Cultura Colectiva. Participa en una iniciativa de acompañamiento a empresas para formar equipos de alto desempeño desde la atención plena y recién fundó una empresa de generación y curaduría de contenidos transmedia.

Mercedes Migoya61 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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