El discurso de Greta


Ricardo M. Salas

@segunricardo

“Me han robado mis sueños y de mi niñez con sus palabras vacías… 

¡¿Cómo se atreven?!”

—Greta Thunberg, ambientalista sueca.

“¿Cómo se atreven?” La adolescente Greta Thunberg dando un discurso en las Naciones Unidas. ABC NEWS.

¿Por qué es una adolescente sueca la nueva portavoz del movimiento juvenil en contra del cambio climático? ¿Es por su edad o por el hecho de que Thunberg tenga autismo? ¿Es porque su discurso es políticamente correcto? Hay mucho que decir al respecto, sin embargo, aquí hay dos verdades que son indiscutibles: una es que el discurso de la joven es sumamente valiente y provocador (además de que parece representar los miedos de toda una nueva generación). Y en segundo plano, que el calentamiento global es un hecho científico incontrovertible y que está sucediendo mientras redacto esta columna.

En muchas formas Greta tiene razón, su esfuerzo es admirable y su valentía incuestionable. No solamente eso, congruente en su discurso, la joven emprendió un viaje de dos semanas para cruzar el atlántico en vela el mes pasado, para evitar tomar un avión hasta Nueva York, lugar donde dio su famoso discurso el pasado lunes. Las motivaciones de la joven son legítimas y sin duda resuena con una generación acostumbrada a ver la degradación del planeta a través del teléfono celular. 

Después de semanas de cobertura de los incendios del amazonas, la creciente deforestación de los bosques, el blanqueo de los arrecifes de coral, y el constante número de notas sobre el aumento de la temperatura promedio sobre la faz de la tierra, y la extinción masiva de especies, es imposible negar que el planeta está sufriendo un cambio drástico por la actividad humana (aunque tipos como Trump y Bolsonaro se rehúsan a creerlo –públicamente por lo menos). 

Pero hay algo equivocado, e incluso involuntariamente hipócrita, en el discurso de Greta. Es fácil pronunciarse en contra del cambio climático cuando se proviene de uno de los países más desarrollados, con una población relativamente pequeña (9.9 millones) y una de las ciudadanías con mayor educación en el mundo. Greta acusó en su discurso a las generaciones pasadas por no haber actuado en contra del cambio climático cuando hay, por lo menos 30 años, de evidencia científica que comprueban los efectos negativos que tienen las emisiones de gases el dióxido de carbono, el ozono y el metano. En respuesta, el periodista Carlos Mota escribió lo siguiente en su columna en El Heraldo, algo en defensa de los Baby Boomers:

“Ningún padre de familia que hoy tenga 50 o 60 años, con hijos adolescentes o jóvenes, diseñó un plan macabro para traicionarles y heredarles un planeta enfermo. Por el contrario, los padres lo único que han hecho es sobrevivir complejas condiciones de adaptación.”

–Carlos Mota, periodista de economía y finanzas mexicano. 

Aquí el asunto es que ambas posturas tienen razón. Aunque es políticamente correcto, es un tanto ingenuo dejarse llevar por el discurso de Thunberg y satanizar a la generación de nuestros padres (y a la generación x, una generación intermedia entre éstos, los Millennials y la “Generación Z”). Si consideramos que la mayoría de los padres de quienes están leyendo esta columna crecieron en un mundo en donde productos de consumo diario como la gasolina y la pintura contenían un alto contenido de plomo (hay hasta una teoría que vincula la reducción de crímenes con el contenido de plomo en la sangre de los jóvenes) y uno con un crecimiento económico sin precedentes, no es de sorprender que este tipo de discusiones estén dominando las planas hasta nuestros días. 

Es algo injusto culpar a generaciones pasadas por su falta de acción cuando sigue habiendo tanta desinformación (y escepticismo) sobre el calentamiento global. Aunado a eso, no fue hasta esta última década que los efectos del calentamiento global comenzaron a ser lo suficientemente notorios y alarmantes como para posicionarse en las primeras páginas alrededor del mundo desarrollado.

No trato de ser complaciente, es fácil criticar a Thunberg por venir de uno de los países con mejor calidad de vida en el mundo. También podríamos decir que la activista está gritando cómodamente por atender un ‘problema de primer mundo’ cuando millones de niños no solamente no tienen acceso a la educación, sino que son obligados a trabajar (UNICEF calcula que uno de cada cuatro niños lo hace involuntariamente), o son explotados sexualmente (algunos números hablan, conservadoramente, de 2 millones de niños en esta condición).

Sin embargo, también hay una defensa válida para Thunberg: si no lo hace ella, ¿entonces quién? El cambio climático está ocurriendo, y el hecho de que haya muchos jóvenes con mayores problemas en el mundo, o que los países más pobres serán los primeros en sufrir los efectos adversos del calentamiento global, no lo hace mucho menos inminente. El que haya toda una nueva generación para la cual es cambio climático sea el reto a vencer durante su tiempo de vida ya es algo positivo. El movimiento Fridays For Future, que impulsa a chicos y grandes a faltar a la escuela en protesta contra las emisiones de efecto invernadero parece un gran paso hacia una sociedad más consciente. Pero el problema está en los incentivos, mientras sigamos leyendo estos textos en un teléfono inteligente y tomando una vacación al año, no estamos más que haciendo el problema más severo.

Tráfico en India: Mientras millones se suman a la clase media, el tráfico en las grandes ciudades ha empeorado de forma considerable. Fuente: Medium

En su columna Carlos Mota comenta que la industria privada está haciendo mucho por reducir su huella de carbón y cumplir con su responsabilidad social. Pone el ejemplo de la banca digital como un esfuerzo para reducir la impresión de papel las sucursales y procesos bancarios (aunque yo no compro el argumento, creo que el principal incentivo detrás de la digitalización de procesos ha sido una mayor eficiencia operativa, mayor practicidad, y la reducir de costos en general).

El problema del cambio climático es que es muy complejo, y la respuesta –contrario a lo que buscaba Thunberg al dejar de volar en avión– no es hacer cambios radicales en nuestro estilo de vida, sino que colectivamente encontremos la manera de hacer que la actividad humana no siga produciendo gases de efecto invernadero. Francamente, es muy inocente esperar que porque un grupo de personas, o incluso una sociedad, deje de volar en avión (en Suecia hay un movimiento entero en contra llamado Flygskam), el resto del mundo lo hará a la par. Conforme más gente empiece a sumarse a la clase media en países como Brazil, China, Indonesia, Nigeria y México, más gente querrá darse el mismo estilo de vida aspiracional que ha visto por décadas como un modelo a seguir.

Esos millones de personas querrán volar en avión, ir a la playa, tener un teléfono inteligente, cuenta de banco, comprar en línea y mandar a sus hijos a la universidad… Y honestamente, ¿quién es el mundo desarrollado para impedírselos cuando millones de personas se han beneficiado de este modelo de vida por décadas? Claro, hasta ahora está siendo evidente que ese modelo de vida occidental y que procura el crecimiento económico es el principal responsable detrás del calentamiento global, pero el criticar el uso del auto particular (conste que no lo estoy defendiendo) en Nueva Delhi o Ciudad de México desde la eficiencia del transporte público Londinense o de Estocolmo resulta, pues… bastante problemático. 

 

It’s the economy, stupid!

El problema del calentamiento global es precisamente su complejidad, y contrario a lo que uno quisiera creer, los problemas complejos no tienen soluciones sencillas y nunca es posible quedar bien con todos los involucrados. Los economistas dirían que el daño que hemos provocado en el planeta se debe a que nuestra especie no está acostumbrada a pagar el precio verdadero que supone la actividad humana. En términos económicos esto es conocido como una externalidad.

Una “externalidad” es, en verdad, un precio que no estamos pagando al realizar una transacción o una actividad y que termina por pasarse a otra persona o ente. En el caso de los autos o de la industria, se contamina porque es barato y porque el costo de emitir gases contaminantes se pasa a la atmósfera (o a las generaciones futuras). Si la gasolina que usamos o el carbón que provee de energía a nuestros hogares incluyera internalizara o incluyera esos precios que no vemos, probablemente nuestros hábitos de consumo serían muy diferentes.

Bjørn Lomborg: El abogado del diablo del cambio climático. Fuente: Ted

Algunos ambientalistas como Bjørn Lomborg, argumentan que es imposible detener el aumento de dos grados centígrados en la atmósfera que busca el acuerdo de París. Lo cierto es que gases como el metano y el dióxido de carbono tardan décadas –e incluso siglos– en degradarse–, por lo que incluso si toda la actividad humana parara en este mismo instante, la atmósfera seguiría calentándose paulatinamente en los años por siguientes.

El problema del calentamiento global tan complejo que se considera un “Boiling Frog Problem”, en otras palabras, algo que ocurre tan lentamente cuya inminencia es difícil de notar y por lo tanto se actúa poco al respecto –como una rana que se acaba cocinando  al interior de una olla en donde el agua se va calentando poco a poco.

Como lo mencionaba arriba, no hay soluciones sencillas para detener y revertir el calentamiento global. Sin embargo creo, con cierto optimismo, que la humanidad será capaz de encontrar formas de que la actividad humana internalice el costo de la contaminación que emiten nuestras acciones, esquemas los impuestos al carbono, el Carbon Emission Trading, la emisión de bonos verdes y la inversión en desarrollo e investigación para abaratar las tecnologías sustentables parecen la mejor opción que tenemos. El problema es enorme, y demasiado para resolver en un último párrafo. No obstante, la mejor forma de abogar por acciones contra el calentamiento climático es entendiendo su complejidad y su naturaleza, así como las acciones y políticas públicas que prometan un mayor impacto.

 


Sobre el autor:

Ricardo M. Salas es comunicador especializado en política pública. Conduce un programa sobre emprendimiento en México y América Latina, y escribe sobre diversos temas de interés colectivo: salud pública, desarrollo sostenible, ciencia y tecnología, política y cultura popular. Fungió como analista político desde Alemania y ha entrevistado a algunos de los actores más influyentes de la agenda internacional. Es audiófilo por accidente y melómano de tiempo completo. Está a favor de: el estado de derecho. En contra de: la prepotencia, el nacionalismo y los extremos de la política de identidad. Puedes saber más sobre él en www.segunricardo.com

Mercedes Migoya61 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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