El juego del equilibrista


Sebastián Erdmenger

Sebastián Erdmenger G.

@erdmengerMX

 

En los pasillos políticos del oficialismo mexicano corre, más fuerte que nunca, el dicho coloquial “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”. A año y medio de la llegada de Andrés Manuel López Obrador a Palacio Nacional, pareciera que se empieza a configurar entre varios miembros de su círculo cercano una estrategia de equilibrista digna del Ringling Brothers and Barnum & Bailey.

Para muchos, es evidente el golpe que la pandemia le ha suscitado al presidente. Según Consulta Mitosfsky, la desaprobación de su mandato alcanzaba un 52% en abril del 2020, un incremento de más del 23% frente a la cifra con la que acariciaba el éxito político a tres meses de su gestión, en febrero de 2019. Al interior del gobierno se clarifica cada día que las cosas no van “requeté bien”, y las sutiles configuraciones de forma y fondo en el actuar de varios miembros de Morena, dejan entrever que las diferencias crecen, y en los ojos de muchos ya está tatuado el 2024.

Si hay dos personas que tienen por demás claro la complicada realidad del gobierno lopezobradorista son los presidenciables de siempre: Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard. La jefa de gobierno y el secretario de exteriores han brillado, más que por luz propia, por la oscuridad emanada de Palacio. Ambos han aprovechado los lerdos pasos que la administración federal ha dado en los últimos días, para pavimentar un camino que transita por las responsabilidades de su encargo actual, pero que tiene el 2024 como su Ítaca. 

Mucho se ha hablado de la figura metaconstitucional de vicepresidente que representa Marcelo Ebrard. Me parece una concepción limitada, puesto que un vicepresidente usualmente funciona como una mera figura de adorno. Como dijo Roger Sherman, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, si el vicepresidente estadounidense no fuera presidente del Senado, simplemente estaría desempleado. Marcelo ha adoptado más bien la figura vacante de jefe de Estado. Por muchos momentos se ha vislumbrado como el máximo responsable de la política exterior de México, el que negocia con Washington, el que va a las cumbres mundiales, el que recibió a Evo. 

Pero su mimetismo como jefe de Estado se da en toda la extensión de la palabra, él ha asumido decisiones de política y seguridad nacional. Solo por mencionar algunos ejemplos basta recordar su papel coordinando a la Guardia Nacional en el despliegue (violatorio a derechos humanos) contra los migrantes en la frontera sur; o su papel en la otra frontera atendiendo la matanza contra la familia LeBarón.  Quizá me equivoco y el secretario de Relaciones Exteriores sí sea un vicepresidente, pero uno en sintonía con lo dicho por el primer vicepresidente estadounidense, John Adams: “soy nada, pero puedo ser todo”.

Claudia Sheinbaum, quien para la opinión pública,  era la primera en la fila de la sucesión presidencial desde el primero de diciembre de 2018, empieza a entender las aguas políticas sobre las que navega. La pandemia parece desenmascarar una distancia política de la jefa de gobierno con las decisiones epidemiológicas que ha tomado el subsecretario López-Gatell. Discrepancia sobre datos, sobre el uso del cubrebocas, sobre las formas de reapertura, sobre los picos de contagios.  Era de esperarse que Sheinbaum haya negado esta distancia, pero en las sutilezas se ven diferencias importantes. Probablemente a diferencia de Ebrard, Claudia Sheinbaum no ha buscado per se que los vientos políticos le jueguen a su favor. Pero ha tenido la suerte de que le han llegado y estoy cierto que sabrá cómo manejarlos. 

El terremoto del pasado martes le otorgó a la jefa de gobierno una nueva salida al tercio para recibir las palmas de un público que, a la vez, rechiflaba la actuación comunicativa del presidente, quien solo atinó a subir videos hablando por teléfono. Sheinbaum mostró una comunicación clara, eficaz, profesional y atingente de la crisis generada por el sismo, comunicándose con la población (el electorado) desde el búnker de seguridad donde controla los gadgets con los que cuenta el Estado mexicano para atender emergencias como aquella. 

Como el cerillo inflamándose que permite dimensionar, por un instante, la oscuridad de una habitación; una reacción coordinada hace unos días nos permitió ver los destellos de una ruptura política. La investigación periodística donde se pone en duda la ética con la que se ha forjado el patrimonio de la secretaria de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval y su esposo, John Ackerman desencadenó una reacción en cadena de importantes miembros del equipo de López Obrador. Disciplinados, las figuras del partido, los simpatizantes del régimen, funcionarios del gobierno y miembros del gabinete se solidarizaron con Sandoval y Ackerman. Sin embargo, la ausencia del apoyo y solidaridad de Marcelo Ebrard y Claudia Sheinbaum tomó la forma de una luz que alumbra la oscuridad del distanciamiento político.  

Claudia y Marcelo enfrentaran una disyuntiva en sus aspiraciones presidenciales. Si el gobierno de López Obrador no recompone el camino y vuelve a emocionar los ojos esperanzados del electorado, ambos tendrán que hacer más claras sus diferencias con Andrés Manuel para que la población los vea como una alternativa de cambio real frente a un desperdiciado sexenio. Este panorama inserta a ambos políticos en una paradoja que se presenta por la idiosincrasia política propia del presidente. 

Los pediatras no se cansan de recordar que la primera infancia, esa que va de los cero a los cinco años, es la etapa más importante para el desarrollo de las personas. Lo que se aprenda o se deje de aprender en esos años, generará repercusiones de por vida. La infancia política de López Obrador se da en el priismo tabasqueño de los setentas, un priismo estatista, centralizado, corrupto, corporativista y petrolero. Si hay un priismo que estereotipe a los rancios dinosaurios de la clase política mexicana, es el PRI tabasqueño de los setentas. Y en ese, vivió su primera infancia política el presidente. 

En ese priismo se gestaron las consignas más icónicas de la jerga política mexicana. El clásico “el que se mueve no sale en la foto” ha sido rebautizado para el 2020 por López Obrador con el “o conmigo o contra mí” proclamado hace algunos días. Pero quizá el concepto ganador de la jerga priista es “el dedazo”. Ese presidencialismo exacerbado que hoy representa AMLO traerá consigo, indudablemente, el dedazo para la sucesión. No en el sentido de partido único, pero sí en la forma del padre que escoge a uno de sus hijos para heredar todo el legado conseguido en vida. 

Ahí el dilema para Sheinbaum y Ebrard. Jugar al equilibrista para desmarcarse lo suficiente de los errores del presidente, a la vez que mantienen una disciplina partidista que los deje en el radar lopezobradorista, con el cual se escogerá al gran heredero o heredera del enorme capital político que el presidente ha forjado por años. 

 


Sobre el autor:

Sebastián Erdmenger es estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana. Conductor de los programas internacionales “Tengo Otros Datos” y “La Ley de Herodes” que se transmiten semanalmente por Ibero 90.9 FM. Actualmente es embajador de paz por Humanitarian Affairs Asia y se desempeña como redactor en Telokwento. Los artículos de opinión reflejan su punto de vista, más no el de Telokwento. 




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