El racista que llevamos dentro


Raquel López-Portillo Maltos

@rak_lpm

 

En medio del caos, el mundo continúa cimbrándose con otro tipo de tragedias. El asesinato de George Floyd reabrió la añeja herida del racismo, la xenofobia y los abusos policiales. La vileza del suceso causó que muchas personas se sumaran al llamado de justicia haciendo suya esta causa, incluso sin ser de raza negra o estadounidenses. En los últimos días, además de las protestas multitudinarias que han tenido lugar en Estados Unidos, las redes sociales se han inundado de imágenes, videos y pensamientos que aluden al movimiento de #BlackLivesMatter. En México, a la par, se ha abierto la discusión sobre la importancia de reconocer el racismo inmerso en nuestra dinámica social, generando opiniones polarizadas y disonantes. 

Hablar de racismo implica necesariamente hablar de desigualdades y de estructuras. En un escenario ideal, la universalidad debe ser el principio básico que rige la actuación de los Estados respecto a los derechos humanos de las personas. Así mismo, la no discriminación constituye un pilar tan fundamental que, aun cuando algunos los Estados tienen la facultad de limitar determinados derechos en situaciones excepcionales, se exige que dichas limitantes no entrañen discriminación alguna fundada motivos de raza, color, sexo, idioma, religión u origen social.No obstante, la realidad muestra que pocas veces es así. 

Esto se debe en gran medida a dos cuestiones. La primera tiene que ver con los prejuicios y estereotipos asignados a ciertos grupos sociales. Estas etiquetas que catalogan a las personas de alguna forma bajo cierta intención, una vez colocadas, son muy difíciles de remover. Éstos se vuelven problemáticos cuando pasan de ser un simple juicio a la acción, ya sea mediante la negación de un derecho o a través de la marginación o vulneración de un sector de la población. Desafortunadamente, en prácticamente todos los casos, los estereotipos han sido impuestos con este fin para privilegiar a un grupo hegemónico mientras que se deslegitima a otros. 

La segunda cuestión recae en que precisamente nos regimos por una estructura social construida a partir de una idea única e inamovible de ser humano. Es decir, históricamente, nuestros sistemas e instituciones nacieron para responder a las necesidades de un “sujeto único universal”, por lo que todas las personas que no cumplan con las características de dicho sujeto (al que generalmente se le atribuyen las características de hombre, blanco, heterosexual y occidental) son excluidas. Es importante destacar que esta estructura permea en todo: en las instituciones políticas, económicas, educativas, de salud, entre muchas otras.

Por años, México se ha negado a admitir que el racismo es parte de su realidad. “Es clasismo, no racismo”, muchos responden. Sin embargo, ambos conceptos son dos caras de una misma moneda. Retomado lo planteado, el racismo en México parte de cómo se han construido la historia mexicana y los estereotipos que han sido asignados a una gran parte de la población, impactando directamente en su calidad de vida. 

En México, se piensa lo indígena como una cuestión del pasado, como aquellas raíces que se valoran y se respetan pero que han quedado atrás. En el imaginario colectivo hay una idea del pasado glorioso de Tenochtitlán, de las grandes pirámides y de los códices y otros vestigios expuestos en museos. Sin embargo, esto es sólo una cara del mundo indígena mesoamericano. En su libro México profundo, Guillermo Bonfil plantea que fue la conquista española la que propició que todas las formas de convivencia fueran marcadas por un proyecto civilizatorio excluyente y negador, que hizo a un lado a todo lo que tuviera que ver con el pasado indígena. No sería hasta el México post-revolucionario cuando se retornaría a ese momento histórico, aunque no de forma inclusiva, sino como parte de un pasado glorioso, pero muerto y ajeno, originando una completa pérdida de identidad colectiva que permea hasta hoy. 

Por otro lado, los estereotipos asignados de acuerdo a la apariencia física y el color de piel juegan un papel importante en las dinámicas sociales actuales. De acuerdo a la Encuesta Nacional sobre Discriminación 2017, 40.3% de la población indígena declaró haber sido discriminada por esta condición; el 75% se considera poco valorado por la mayoría de la gente; y al 42.6% se le negó o no se le explicó la información sobre algún trámite, servicio o programa de gobierno. Por su parte, de la población que se declaró con tonalidad de piel más obscura, únicamente el 16% cuenta con nivel de educación superior, mientras que en las personas con tonalidad más clara es del 30.4%. Adicionalmente, apenas el 2.8% de la población con tonalidad más obscura reporta ser funcionario(a), director(a) o jefe(a), mientras que para tonalidades más claras este porcentaje es del 6.1%. Los datos confirman que las diferencias importan enormemente en el acceso a derechos y oportunidades. 

Teniendo esto en cuenta, no debe de dejarse de lado que los estereotipos viven porque se alimentan de cómo los reproducimos. Con cada insulto, con cada prejuicio, con cada burla se abre más la brecha entre un “ellos” y un “nosotros”. No obstante, como plantea la sabiduría popular mexicana, “quien esté libre de pecado, que lance la primera piedra”. Todas y todos llevamos a un racista dentro; de distintos tamaños y niveles de elocuencia, pero está ahí, pues nuestra psique no está exenta de la estructura. De ahí que el verdadero debate no radica en si es válido asumir un movimiento “ajeno” o no, si somos clasistas o racistas, o si nuestros argumentos pierden validez al no ser totalmente congruentes con nuestras acciones. La tarea está en mantener un cuestionamiento constante respecto a nuestros privilegios y nuestras concepciones de la otredad como antídoto para el racismo interiorizado. Y, al exterior, continuar exigiendo al Estado medidas transformativas que reviertan las exclusiones económicas, sociales y culturales que tanto daño han hecho.

 


Sobre la autora:

Raquel López-Portillo Maltos es licenciada en Derechos Humanos y Gestión de Paz por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Fue Coordinadora General de la campaña HeForShe de ONU Mujeres en su universidad y actualmente es Asociada del Programa de Jóvenes del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Se ha desarrollado en los sectores público, privado y de la sociedad civil en temas de seguridad, igualdad de género y educación.  Apasionada del flamenco, la fotografía y la literatura. A favor de: el derecho a elegir, el debate, las opiniones sustentadas y la igualdad de oportunidades. En contra de: la violencia, la ignorancia, la mediocridad y las mentes cerradas.

Mercedes Migoya61 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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