Elecciones en Bielorrusia: ¿El inicio de un reacomodo geopolítico?


Sebastián Erdmenger

Por Sebastián Erdmenger G.

@erdmengerMX

 

El último dictador de Europa ha roto el pacto social con los bielorrusos. Alexander Lukashenko ha enfrentado, en los últimos meses, los momentos más aciagos de su Presidencia, iniciada en 1994. Aquellos momentos de bonanza en los primeros años del presente milenio; en los que Bielorrusia tenía las tasas de desempleo más bajas de Europa del este, los menores niveles de pobreza en toda la región, una nula deuda externa y un crecimiento de su economía que, de 2003 a 2008, se disparó en un 60%; se han acabado. Ese pacto social que sacrificaba libertades a cambio de estabilidad económica se ha venido resquebrajando desde 2010 y ha encontrado en las elecciones de este fin de semana su último latido de vida. 

Ese pacto que construyó el gran líder de la era post-soviética se ancló en la dependencia económica que Minsk ha mantenido con Rusia. La planeación central de la economía que Lukashenko impulsó desde inicios de su gobierno fue apuntalada por la intervención rusa que permitió concesiones, subsidios y préstamos bautizados bajo una política conocida como “petróleo y gas a cambio de besos”. Mediante esta colaboración, Bielorrusia era capaz de comprar petróleo ruso, procesarlo en sus propias refinerías y venderlo a países europeos, conservando las ganancias de la transacción. 

Para los últimos años de la década pasada, esta situación empezó a incomodar a voces dentro del Kremlin, que aseguraban recibir muy poco a cambio de las grandes concesiones otorgadas. Conflictos conocidos como las “guerras del petróleo, gas y lácteos” empezaron a ser constantes en las relaciones bielorrusas-rusas. Las reticencias a mantener estas políticas por parte del Kremlin se vieron alimentadas por las cada vez mayores exigencias de Lukashenko para recibir préstamos y subsidios rusos.

La estocada final para la economía bielorrusa vino en 2010, cuando Moscú suspendió todos sus subsidios a Minsk, dinamitando una sostenida estanflación que se ha convertido en los últimos años en una importante recesión económica. Como el pacto social que garantizaba la permanencia de Lukashenko en el poder implicaba la prosperidad económica, cuando ésta se esfumó, la legitimidad y popularidad del líder cayeron a niveles nunca vistos. 

Ante ese contexto, se encararon las elecciones del pasado fin de semana con las cuales Lukashenko buscaba asegurar su sexto término al frente del gobierno. Sin embargo, el descontento fraguó en la población y capitalizó, por primera vez en la historia del país, en sus contrincantes políticos una verdadera opción de cambio democrático. Aún controlando la Comisión Central Electoral, las tradicionales manipulaciones electorales se antojaban menos eficaces frente a una plataforma política de oposición estructurada y con apoyo popular, sobre todo de obreros del interior del país, quienes han experimentado en primera persona los fracasos de las políticas económicas de los últimos diez años. 

Una manipulación postelectoral podría no ser suficiente para asegurar la reelección, por lo que el gobierno impulsó una maquinaria política para neutralizar a las voces opositoras. Los señalamientos de larga data que organizaciones no gubernamentales como UN Watch y Amnistía Internacional han impulsado en altos foros internacionales, alertando sobre violaciones a derechos humanos y coartación de libertades políticas y de expresión, se potenciaron en los meses previos a las elecciones de este fin de semana. 

La estrategia directa contra sus principales adversarios en la boleta fue evidente y eficaz. Viktor Babarico, uno de los hombres más ricos del país y dueño del principal banco privado bielorruso, fue detenido junto con toda su familia, argumentando un supuesto fraude fiscal. Babarico encabezaba las encuestas independientes, antes de que el gobierno las prohibiera. Otro opositor, Valery Tsepkalo, quien fuera embajador ante Estados Unidos y que rompiera con Lukashenko en 2016, tuvo que salir del país después de recibir información sobre su inminente arresto. 

Pero el caso más importante fue el de Sergei Tikhanovski, un importante bloguero político que se postuló a la presidencia pero cuya candidatura no fue aceptada. Tiempo después, fue arrestado y condenado a seis años de prisión. Esta detención impulsó a Svetlana Tikhanovskaya a retomar la candidatura de su esposo preso y levantó los ánimos populares que buscan una serie de reformas estructurales a favor de la pluralidad democrática y la apertura económica del país. 

Con un sistema electoral cooptado, los resultados presentados ayer, dándole la victoria a Alexander Lukashenko por cerca del 80% de los votos, no son sorprendentes. Sin embargo, sí ha quedado desmantelada la legitimidad con la que el viejo lobo de mar enfrentará los complicados vientos políticos de los próximos cinco años. 

La compleja relación con Rusia, por momentos tensa y por momentos cooperante, además de una reticencia a soltar cotos de poder, han llevado a Bielorrusia y al propio Lukashenko a un círculo vicioso que presenta una desfavorable y dudosa salida. Por un lado, la respuesta más sencilla para superar la crisis económica radica en solventar las ríspidas relaciones con el Kremlin para poder retornar a un sistema que le otorgue a Minsk los tan necesarios préstamos y subsidios. 

La postura de Moscú ha sido clara. Si Bielorrusia quiere recuperar sus concesiones, deberá armonizar sus políticas con Rusia, retomando el empolvado Union Treaty de 1999. Este acuerdo, firmado por Lukashenko y Boris Yeltsin, buscaba armonizar el cobro de impuestos, el comercio, la banca y las regulaciones energéticas entre ambos países, todo con miras a formar un posible Estado unificado. El acuerdo nunca se cumplió y pasó a la congeladora jurídica, sin embargo retomarlo hoy en día implicaría una cesión de soberanía más allá de los mínimos tolerables por Minsk. 

Jeffrey Mankoff se cuestiona en Foreign Affairs si Lukashenko sería capaz de intercambiar su supervivencia política por una mayor integración con Rusia. Suponer que el líder bielorruso es un títere manipulable por los hilos del Kremlin sería errar en el análisis. Si bien la relación ha implicado una considerable cercanía, Lukashenko no es un líder proMoscú y no ha dudado en manifestar su distancia política con Rusia. Basta recordar cuando rechazó un fondo de rescate ruso de 500 millones de dólares por considerarlo una estrategia de Putin para incrementar la dependencia rusa de su país, ya que el préstamo se otorgaría en rublos rusos. 

En el círculo vicioso en que se ha insertado la realidad política bielorrusa, un posible rescate europeo se antoja complicado ya que la Unión pone como prerrequisito una reforma democrática que no se vislumbra pueda ser aceptada por Lukashenko, que demostró en esta elección su deseo de aferrarse al poder. Para mala suerte de Minsk, Pekín no ha mostrado un gran interés en el país. La extraña visita de Mike Pompeo en febrero de este año, puso el espejismo de un milagroso regalo, ya que Washington ofreció suplir con energéticos estadounidenses el déficit de petroquímicos rusos. Sin embargo, los costos de transporte hacen imposible mantener el lucrativo negocio de refinación que tenía Minsk comprando energéticos rusos subsidiados. 

El escenario de incertidumbre política por el que Lukashenko navegará los próximos cinco años, pareciera arrojar, con gran plausibilidad, un acercamiento con Moscú. Ante los acontecimientos post electorales que desde hoy se han visto en las principales ciudades del país, cobran más valía los cuestionamientos de Mankoff. Una posible unificación no se ve, al menos en el mediano plazo, posible. Pero un acercamiento importante sí podría abrir una importante escalada de tensiones entre Moscú y Occidente.

A la fecha, Rusia solo mantiene dos bases militares en Bielorrusia. Una en Gantsévichi, que contiene un radar de alerta temprana y otra cerca de Vileyka, que sirve como centro de transmisiones de baja frecuencia para comunicarse con submarinos. Ninguna tiene tropas rusas desplegadas, sin embargo la reformulación de una alianza Moscú-Minsk, que implique el despliegue de tropas, sin duda aumentará las tensiones con Europa, que ha visto descuidado su flanco este gracias al reciente anuncio de Donald Trump de retirar tropas estadounidenses de Alemania, así como su salida del acuerdo de Cielos Abiertos

Los siguientes días serán clave para entender el futuro de Bielorrusia. La sociedad civil ha dado una contundente demostración de poder, inclusive cuando se enfrenta a grandes poderes decimonónicos como es el caso de Lukashenko. Y en un contexto actual donde los tradicionales poderes están siendo constantemente retados por nuevos actores, los ciudadanos, al igual que los países con un limitado poder de decisión, son cada vez más capaces de dar un golpe de timón a un sistema mucho más grande y complejo.


Sobre el autor:

Sebastián Erdmenger es estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana. Conductor de los programas internacionales «Tengo Otros Datos» y «La Ley de Herodes» que se transmiten semanalmente por Ibero 90.9 FM. Actualmente es embajador de paz por Humanitarian Affairs Asia y se desempeña como redactor en Telokwento. Los artículos de opinión reflejan su punto de vista, más no el de Telokwento. 




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