Haceres humanos


Ricardo M. Salas

@segunricardo

“Nos premian por lo que hacemos, no por lo que somos… eso es curioso, porque al final de cuentas somos seres y no haceres humanos.”

–Andreas Östberg

 

Vivimos en la sociedad más acelerada e interconectada que conocemos hasta la fecha. Esto es tan obvio como cierto. Cualquier época anterior a la nuestra se ha considerado el pináculo de la creación debido a que la tecnología siempre está al borde de las posibilidades humanas, especialmente desde la época de la ilustración, en donde la ciencia se colocó como el motor del progreso y el crecimiento global, y trazó el camino para que tanto la gente que lee este artículo, como yo, podamos disfrutar de nuestro estilo de vida.

La vida humana pasa, sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos en comparación a muchos otros fenómenos que ocurren en el universo: la formación de planetas, el nacimiento de las estrellas y de otros cuerpos celestes. ¿Por qué entonces nuestra cultura digital está tan obsesionada con vernos producir más que nunca a pesar de nuestra corta estancia en el cosmos?

La verdad es que no tenemos forma de predecir el futuro con certeza, y quizás es por esto que el ser humano tiende a creer que nuestros acontecimientos diarios y todo lo que podamos lograr en el trabajo es de máxima importancia: agendar más citas, llenar el calendario, llenar la cuenta de banco, saturar nuestras cuentas de Instagram y presumir nuestra última sesión de spinning. Ok, pero “¿a qué va todo esto?”, se estarán preguntando. No estoy entrando en una fase hippie ni mucho menos (aunque John Mayer lo hizo con gran estilo entre la grabación de los álbumes Born and Raised y Paradise Valley. Pero bueno, nadie como él). El punto que quiero hacer es que la sociedad del siglo XXI está marcada por una obsesión con producir, y sobre todo con demostrar que somos exitosos al maximizar nuestra competitividad, perfeccionar nuestro físico y aumentar nuestro poder adquisitivo, efectos que quizás han sido exacerbados por la inmediatez de nuestras redes sociales y por su capacidad para validar nuestros éxitos a través de likes.

Nuestro culto a la productividad está justificado en cierta forma, el mercado laboral se está volviendo cada vez más dinámico y las empresas buscan, cada vez más, a jóvenes que ya tengan experiencia para puestos que (en teoría) deberían darles los primeros aprendizajes profesionales. Aplicaciones como Asana y Trello, mismas que estoy aprendiendo a usar, están diseñadas para volvernos más eficientes y tomar el control absoluto de nuestras actividades diarias, monitorear nuestro progreso y el de nuestros colegas o empleados. Todo esto es maravilloso, y se siente bien exprimir el día realizando todas los pendientes y tareas que se van acumulando durante la semana, pero hay que tener cuidado con la obsesión por la productividad.

Esta semana leí un reporte fascinante en el medio británico The Guardian que justamente hablaba sobre cómo hace unos años un gurú de la eficiencia laboral llamado Merlin Mann había sido contratado para dar una plática en Google sobre una metodología llamada “Inbox Zero”, que proponía maximizar la productividad de los empleados de cualquier compañía convenciéndolos de tener su inbox siempre en ceros, respondiendo inmediatamente a cualquier correo o mensaje que llegara a su bandeja de entrada. Lo paradójico es que al poco tiempo el gurú de la eficiencia vio crecer tanto su doctrina que se encontró a sí mismo teniendo que escribir libros sobre Inbox Zero, dando conferencias y seminarios de todo tipo, dejándolo sin tiempo para él o su familia.

“La verdad es que lo más frecuente es que las técnicas que están diseñadas para potencializar la productividad de una persona parecen exacerbar esa misma ansiedad que pretenden aliviar inicialmente”.    

    —Oliver Burkeman

Esto no es un llamado a trabajar tres días a la semana o vivir bajo una palmera y tomando piñas coladas (aunque hay quienes aspiran a ello, y supongo que también se vale). Pero, así como lo dice el educador y músico sueco-mexicano Andreas Östberg, debemos de reflexionar sobre si estamos diseñando nuestro entorno de tal forma de que nuestro trabajo y esfuerzos diarios tengan un propósito más allá de ser solo máquinas de producción en línea, de lo contrario, nos convertimos en seres como el personaje de Sísifo en la mitología griega, cuyo castigo impuesto por los dioses era el de empujar una piedra hasta la cima de una gran montaña, solo para verla rodar hasta abajo cada vez que éste llegaba a la cima, y así por el resto de sus días.

Sísifo: El personaje de la mitología griega que estaba condenado a trabajar inútilmente por el resto de sus días.

En palabras de Östberg: “Somos seres y no haceres humanos”. En ese sentido, quizás es tiempo de cuestionar si nuestra nueva ética laboral nos enseña a glorificar el sentimiento de estar en friega solo porque nos hace sentir productivos, o si en verdad ese rush de preocupación y adrenalina nos está haciendo lograr más tareas por minuto. Quizás debamos, también, pasar más tiempo organizando nuestra energía, trabajo y vida de tal forma de que lograr un balance entre todas esas áreas que consideramos importantes y que nos hacen ultimadamente más felices (herramientas como la famosa “Rueda de vida” pretenden mostrarnos justamente si estamos logrando eso equilibrada).

Escribir este artículo me dejó varias lecciones que espero sean valiosas para este público: trabajar duro es un valor admirable, así como amar una profesión o trabajo en particular, siempre y cuando seamos inteligentes para que ese esfuerzo diario sea un medio y no el fin de la vida misma.


Sobre el autor:

Ricardo M. Salas es comunicador especializado en política pública. Conduce un programa sobre emprendimiento en México y América Latina, y escribe sobre diversos temas de interés colectivo: salud pública, desarrollo sostenible, ciencia y tecnología, política y cultura popular. Fungió como analista político desde Alemania y ha entrevistado a algunos de los actores más influyentes de la agenda internacional. Es audiófilo por accidente y melómano de tiempo completo. Está a favor de: el estado de derecho. En contra de: la prepotencia, el nacionalismo y los extremos de la política de identidad. Puedes saber más sobre él en www.segunricardo.com




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