Incomodidad necesaria


Fernanda Zamora

@Fer_ZamoraR

 

¿Cómo empezar a hablar de un tema tan importante y complejo sin caer en lugares comunes, frases genéricas o pensamientos compartidos en millones y millones de posts de Instagram? Es difícil pero me parece que aunque este texto se desarrolle en un momento del movimiento en donde estamos continuamente hablando del tema, aún quedan cosas por decir. 

El asesinato de George Floyd es un hecho terrible y su impacto va mucho más allá que el de la indignación inicial o la búsqueda de castigo de los responsables. El enojo detonado no es solamente por la tragedia, sino por todo el sistema opresor que representa. El movimiento se ha convertido en un catalizador de protestas sociales a nivel mundial, un estandarte, un suceso que nos ha movido y nos ha hecho despertar de una apatía grotesca. Representa la resistencia contra todo un sistema de inequidad, opresión y racismo que sigue existiendo en la sociedad. 

Antes que nada, creo que es importante entender la profundidad del racismo en general. Se podría decir que está basado en una reacción de otredad vs. pertenencia por parte de un grupo. De acuerdo con Wacquant, se trata de prejuicios individuales y colectivos, representaciones, imágenes y discursos, patrones de conducta, dinámicas de interacción, estructuras de poder, división geográfica, ideologías de grupo, políticas estatales e incluso sistemas completos de inequidad etno racial. 

En fin, el tema es que normalmente pensamos en racismo como una acción consciente, palabras de odio, rechazo o violencia. Sin embargo, es mucho más complejo porque es un sistema social y político enraizado en la consciencia colectiva por años y la violencia es solo una de las manifestaciones. El racismo contra un grupo sistemáticamente oprimido también se manifiesta como privilegio, acceso, discriminación (directa e indirecta), estereotipos y hasta en el humor. 

Pero el problema del racismo, la brutalidad policiaca y el sistema de privilegios es un fenómeno que traspasa la frontera. Si bien en México no se expresa de la misma forma que en EEUU, esto no significa que no sea un problema que nos lacera como sociedad. No pretendo desviar la atención del movimiento anti-racista #blacklivesmatter, sino complementar y añadir a la conversación cómo es que este problema se manifiesta también en México.

Y es que en realidad la visibilidad al caso de Oliver o de Giovanni se ha dado principalmente por el marco en el que pasaron los hechos. Suena realmente terrible pero con el nivel de normalización de la violencia en México, la desconfianza implícita en la policía como institución y la situación en general, ¿realmente hubiéramos volteado a ver estos casos? 

Cuando las noticias cuentan los cadáveres como si no fueran personas y cuando la policía se percibe como un perpetrador de la violencia, estas notas ya no nos sorprenden. Nos hemos desensibilizado. Es por eso que es tan relevante el momentum generado por el movimiento. 

Como mexicanos creo que es muy importante apoyar la causa y es también vital que sirva como espejo para voltear a ver nuestras propias expresiones de racismo y clasismo tan enraizados en la sociedad. Y es que si bien a nadie le gusta hablar de racismo, en el caso de México el tema nos duele tanto porque atenta contra nuestra propia identidad. Tendemos a hablar de clasismo, como si esto fuera una especie de justificación, cuando en realidad hay un racismo prevalente que tiene un origen colonial. Estoy segura que esto no es nuevo para nadie, todos lo vemos día con día, sabemos la historia. Pero me parece que es algo que no se habla lo suficiente por miedo a cuestionar, por no incomodarnos como sociedad. 

Los métodos de control racial impuestos en la época de la colonia han dejado su huella hasta el día de hoy en la preferencia por rasgos caucásicos y el desdén por la herencia indígena. Pero aquí es donde nace la confusión porque la identidad mexicana viene muy anclada al concepto del mestizaje, que fue la reconciliación ideológica con nuestra historia. Personajes como Vasconcelos, Paz y Fuentes, ayudaron a la cimentación del ideal que logró que el día de hoy la gran mayoría de la población mexicana se auto-defina como mestiza. 

El tema es que bajo esta idea del mestizaje, en teoría, todos somos parte del mismo grupo. Pero el problema es que en la práctica, hay una estratificación social basada en el color de la piel y en los rasgos físicos que se remonta a la herencia colonial y sigue, básicamente, siendo un sistema de castas. 

Es justo esta contradicción lo que hace del racismo en México un tema tan tabú y tan doloroso, ya que no hay un sentido de otredad en el receptor de la discriminación. Es un racismo dirigido a los miembros del mismo grupo, basado en un gradiente de color donde las delimitaciones no son claras. Todos los pertenecientes al grupo pueden ser víctimas de racismo, dependiendo de la blancura o estatus del emisor. 

Y es que no nos engañemos, aún cuando hay un innegable clasismo prevalente en la sociedad, este está íntimamente ligado al color de la piel. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Discriminación 2017, el 33% de las personas con tez oscura solo cuenta con educación básica incompleta, contrastando con el 18% de población de tez clara en la misma situación (grupo del cual el 30% cuenta con educación superior). Solo el 2.8 % de las personas con piel oscura ocupan puestos de funcionarios, directores o jefes. Estas mediciones se hicieron utilizando la escala PERLA (Proyecto de Etnicidad y Raza en América Latina), con cada encuestado haciendo un reconocimiento de su tonalidad de piel en la paleta presentada por los encuestadores. De la población encuestada, el 59.2% se declaró con tonalidad de intermedia (F, G); 29.4% con un tono de piel más claro (H-K); y el 11.4% la tonalidad obscura (A-E).

En promedio, los mexicanos con tonos de piel más claros completan 11 años de escolaridad, contra 5.3 años completados por las personas de piel más oscura. La brecha de color de piel se refleja también en aspectos como la riqueza, con las tonalidades más claras en los percentiles más altos y las tonalidades más oscuras ganando un promedio de 41.7% menos que su contraparte. O el acceso a servicios básicos, el 2.5% de las personas de piel clara no tienen agua corriente en casa, comparado con el 11% de las personas con piel oscura. Y es que el tema es que en México en gradiente de color refleja no solo una discriminación explícita, sino una verdadera inequidad en todos aspectos. 

Es un tema que incomoda y que duele porque pega contra lo más profundo de nuestra identidad. Pero no voltearlo a ver y no hablar de él no solo lo mantiene vigente, sino que nos hace cómplices. Es por eso que tenemos que hacer más, que reconocer que es un sistema que no sirve y que es esencial buscar la justicia social. Es necesario hacer un chequeo constante de nuestro privilegio. Este proceso es doloroso e incómodo pero absolutamente necesario. 

Si bien esto es un tema de política social, la única manera de crear una verdadera diferencia es asimilándolo en todos los niveles. Tenemos que voltear a ver el contenido que tenemos en medios de comunicación, en publicidad y hasta lo que se hace tendencia en TikTok, porque es desde el plano cultural en el que se empieza a gestar un verdadero progreso social. 

Aunque poco a poco se va rompiendo la normalización del racismo y sus expresiones directas son vistas cada vez más como algo negativo, la retórica racista sigue muy presente en la sociedad. El nivel de asimilación en la cultura es tan profundo que es casi imperceptible, escondido detrás de dichos o chistes. Sé que se puede llegar a caer en lugares comunes en los que se dice que “ya no podemos reírnos de nada” pero esta visión me parece una de un privilegio extremo. Porque cuando la comedia es a costa de la humillación y el ridículo de un grupo sistemáticamente oprimido, simplemente no es chistoso. 

Pero volviendo al tema, me parece que el movimiento de #blacklivesmatter ha sido un catalizador global para salir de la ignorancia y la apatía. Creo que solo se logra una diferencia real cuando las personas que no están directamente afectadas por el problema, lo hacen suyo, cuando entendemos que es un tema de humanidad.

Y es que como latinos, no nos creamos la falacia de que hay un número limitado de sillas en la mesa y que debemos competir contra otros grupos vulnerables. Pese a los enfrentamientos en La Villita, la bandera de México en las protestas y el canto “mi lucha es tu lucha”, representa la unidad. Es importante darnos cuenta de que la opresión de un grupo vulnerable no ayuda a nadie, ni mejora las condiciones del otro. No hay una suma cero en la opresión. 

Es por eso que me parece importante apoyar e internalizar la causa. La idea de que tenemos un número limitado de causas a apoyar o que la empatía es un recurso limitado que tenemos que usar estratégicamente es errónea. Que nos importen ciertas causas no quiere decir que estemos olvidando otras. 

Habiendo dicho esto, aquí va también una opinión un tanto impopular. Las redes sociales son una gran herramienta para dar visibilidad al problema y es gracias a estas que el movimiento ha logrado el impacto global que ha tenido. Peeeeero, al final siguen siendo un espacio de curaduría personal, o en palabras de Jia Tolentino en Trick Mirror, es por los hashtags, retweets y los perfiles que la solidaridad en internet está inextricablemente ligada con la visibilidad, identidad y auto-promoción. Dice mucho que las expresiones más comunes de solidaridad sean mera representación, como posts virales, filtros relacionados a una causa, mientras que los mecanismos reales de solidaridad política solo existen en el margen.

Y es que al final claro que sirve apoyar las causas en redes sociales pero si solo se queda en eso, si no se traduce a la vida cotidiana, si como sociedad no analizamos nuestro propio racismo, si seguimos usando el audio de “Esperancita” o la palabra “naco”, lo que posteemos no sirve de nada. Sin una congruencia fuera de la esfera virtual, realmente no estamos haciendo nada. Honestamente, creo que podemos hacer mucho más. 

 


Sobre la autora:

Fernanda Zamora es comunicóloga, maestra en política pública. Ha trabajado haciendo investigación en temas de políticas de innovación, política social y justicia restaurativa, entre otros. Como consultora de comunicación ha participado en el diseño e implementación de estrategias de comunicación para ONGs, sector público e iniciativa privada. Apasionada por los temas de equidad de género, innovación social y desarrollo. Lectora voraz, bailarina frustrada y adicta a los podcasts.
Está a favor de: Feminismo, empoderamiento e innovación. En contra de: Injusticia, intolerancia.

Mercedes Migoya61 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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