Instrucciones para ver el reloj


Eduardo Navarrete

@elnavarrete

Para ser leídas con “One Hundred Years”, de The Cure

 

Paso 1. Deténgase

Alguna vez, una manecilla le dijo a la otra: «apúrate, que ahí vienen los unos y los ceros». Si tan sólo la manecilla hubiera entendido la idea de lo que pasa dentro y fuera de la carátula, del mecanismo en su conjunto, del cronógrafo, de la correa, del portador del mismo, de todos los elementos perceptibles en ese lugar, del espacio donde se encuentra dicho reloj, de las calles, avenidas, banquetas y camellones, de la ciudad, tanto del conjunto de habitantes, costumbres, como de vehículos, casas y personas de un país, de las diferencias climáticas que se dan en el norte, en comparación del sur, hasta la forma de hablar en diversas regiones, de un continente, de las contrastantes tradiciones, hasta la diferencia en los husos horarios, del planeta y sus avistamientos de hoyos negros, de la inverosímil distribución de la riqueza, de las diferentes formas de percibir la realidad de sus habitantes dependiendo de la cultura, educación y religión, de un sistema solar y sus diferencias planetarias, tanto en color, constitución y formas de vida, de galaxias y sus inquietantes posibilidades que muestran como alternativa lo que suponemos imposible, de nebulosas y cuerpos a los que ni siquiera tenemos acceso conceptual y las paradojas acerca de lo que hay después del límite mental designado como «espacio».

Paso 2. Baje su mirada

Si sólo la manecilla se hubiera permitido ver todo esto, probablemente hubiera visto que hay una constante en todo este juego de mesa. Suele nombrarse “impermanencia”. Todo transcurre. No hay algo que sea absolutamente estático. Ni squiera estas letras que lees. Si uno somete estos caracteres a un microscopio de barrido, percibirá moléculas en movimiento: protones, neutrones y electrones en constante movimiento. Aunque sean percibidas como estáticas y permanentes.

Paso 3. Observe

¿Qué nos distingue entonces de la manecilla temerosa? ¿La incapacidad de observar que todo –TODO- está en constante movimiento? Probablemente la respuesta sea: “Por supuesto, lo veo”. Las implicaciones de este reconocimiento llevan -de principio-, soltar una idea de realidad con la que tenemos varios años de adherencia y por lo mismo comprender y practicar otro estilo de vida basado en el desapego y en el entendimiento de que no hay absolutos. Cuando uno queda libre del aferramiento a cualquier cosa entenderá que dejó de verla como incambiable. En una idea: aligera su vida y la de quienes lo rodean. Pero en el fondo, ¿qué nos distingue de la manecilla temerosa?


Sobre el autor:

Eduardo Navarrete es un periodista, fotógrafo y administrador público que se apasiona por los contenidos. Condujo equipos en Grupo Reforma, Grupo Medios, Televisa y Cultura Colectiva. Participa en una iniciativa de acompañamiento a empresas para formar equipos de alto desempeño desde la atención plena y recién fundó una empresa de generación y curaduría de contenidos transmedia.




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