Leer es peligroso


Ricardo M. Salas

@segunricardo

“Entonces, ¿por qué quieres saber? Porque aprender no solo consiste en conocer lo que podemos y no podemos hacer, pero también conocer lo que podríamos hacer aunque quizás no debiera hacerse”. 

—Humberto Eco, El nombre de la Rosa.

 

Comienzo este texto con una de las grandes frases que menciona el fraile Guillermo de Baskerville en la famosa obra de Umberto Eco El nombre de la Rosa. Este personaje (interpretado magistralmente por Sir Sean Connery en su versión cinematográfica) le recuerda a su aprendiz, Adso, que lo que se lee no debe ser creído ciegamente, sino que cuestionado y reflexionado a profundidad, esa es, bajo la visión de su mentor, la verdadera esencia de la ciencia. 

Las lecciones de esta película se entienden mejor si consideramos que se dan en el contexto de la Edad Media, un periodo en donde la máxima autoridad ante la sociedad era la iglesia católica, y buena parte de su poder dependía de una doctrina incuestionable, que garantizaba el orden político y social bajo una serie de creencias y normas dictadas por la misma institución religiosa. Poner en duda a la religión o cuestionar algún precepto bíblico era suficiente para ser condenado a la hoguera. 

Lo paradójico, es que en medio de la era de la información, las advertencias del fraile de Baskerville parece más acertadas que nunca. Cuando me levanto por las mañanas y leo las noticias, así como las miles de reacciones en Twitter –quizás la red social más política por naturaleza—, pienso en la gran paradoja que existe en nuestros tiempos: ¿Cómo puede ser que tengamos la mayor información disponible en la historia, que vivamos en una democracia occidental y que aún haya tanto fanatismo en internet?

La visión romántica de los creadores de Facebook, Twitter, el iPhone –entre muchos otros productos– era que la gente disfrutaría de una nueva para la comunicación interpersonal, y que todos intercambiaríamos nuestros puntos de vista y opiniones, aportando al conocimiento universal y fomentando la empatía entre personas que no necesariamente piensan como nosotros. Si bien el internet y la era digital mejoraron la condición y el conocimiento humano (Wikipedia es un ejemplo indiscutible), cada día me sorprendo más de ver a la gente atrincherándose en burbujas de pensamiento y  defendiendo posturas que cada vez se asemejan más a sectas y credos, y no una auténtica voluntad de conocer la verdad a través del diálogo, la lectura (no solo de textos, me refiero a todo tipo de contenidos) y la argumentación. 

“Los libros no se han hecho para que creamos lo que dicen, sino para que los analicemos. Cuando cogemos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué quiere decir.” Fuente: 20th Century Fox.

Los economistas saben que la productividad humana pasa por ciclos de bonanza y otros de crisis. Sin embargo, me resulta increíble pensar que lo mismo pasa con la tolerancia y el entendimiento. Tal parece que así como hay tiempos de apertura, hay otros de dogmatismo y cerrazón. Basta con echarle un vistazo a Twitter, una red que en palabras de la periodista Ana Francisca Vega,“… hace mucho que dejó de ser un espacio disfrutable y está a punto de dejar de ser un espacio útil”. 

Yo no sé si Twitter haya dejado de ser un espacio útil, tengo mis dudas al respecto, pero concuerdo en que tiene mucho tiempo de no ser un espacio disfrutable. Personalmente, trato de aplicar los consejos de Ian Bremmer, quien asegura en su cuenta que “Si no estás siguiendo a la gente que te cae gorda, lo estás haciendo mal”. No lo hago porque me guste torturarme o porque me guste enojarme ante comentarios que no me parecen constructivos, sino, porque esto me permite tener un termómetro más certero de lo que está sucediendo (y lo que se discute) en nuestra sociedad actual. 

Recomiendo este ejercicio para su timeline, porque paradójicamente, aunque vivimos en la era con la mayor cantidad de información disponible y en la palma de la mano, la gente cada vez más parece estar encerrada en su propia “Cámara de eco”, un espacio en donde la gente personaliza sus redes y contactos, de tal forma, que solamente recibe comentarios o contenido de gente que piensa como ellos mismos (o “ellas mismas”, pero no entremos en esa discusión). 

Lo que me resulta aún más sorprendente es que en nuestros días haya cada vez más gente que condena ciertos tipos de contenidos que no apoyen una ideología conveniente. Parece que estamos entrando en una época de tanta polarización (piensen en las discusiones entre seguidores de Trump y adversarios en EEUU, los seguidores del presidente Andrés Manuel López Obrador y los de la débil oposición en México, o los que están en pro y en contra del Brexit en el Reino Unido). Ante tal panorama, no puedo evitar empaparme de aquellos contenidos que se están popularizando alrededor del mundo, incluso cuando éstos son considerados como algo prohibido por lo que plantean o simbolizan. 

Puedo pensar en autores como Jordan Peterson (considerado un pseudointelectual de ultraderecha por muchos), en comunicadores como Joe Rogan (quien convenció Elon Musk de fumarse un churro de marihuana durante la grabación de su podcast), las coberturas sobre el renacimiento de la psicodelia de The Economist y Vsauce o incluso la música y letras del cuarteto angelino Tool han retado mi mente y mi entendimiento como pocas lecturas o contenidos lo han hecho hasta ahora. Lo que quiero decir, es que me gusta salir –voluntariamente– de mi zona de confort y exponerme a contenidos o autores que quizás me hagan sentir incómodo (siempre y cuando tengan cierto grado de influencia entre otros, de otra forma esto es tiempo perdido). Mantengo este ejercicio por retar mis propias creencias y validar la calidad de mis argumentos, y sobre todo, para corroborar que si realmente creo en lo que creo que creo. 

“La vida empieza afuera de la zona de confort”, fue lo que escribió el novelista estadounidense Neale Donald Walsch. Si bien, creo que hay que tener un cierto sentido común para no hacer tonterías, creo que no hay nada mejor que leer cosas que nos reten y que nos hagan salir de nuestra zona de confort para entender un mundo que  se está volviendo cada vez más complejo. Basta con echarle un vistazo a las protestas en Chile, la salida del poder del presidente boliviano Evo Morales, las crecientes tensiones en Venezuela o las nuevas tendencias xenófobas en el continente europeo para entender que estamos viviendo una nueva época de crisis social. Ante esto, no hay mejor ejercicio que procurar entender al mundo con todas estas complejidades, y no hay mejor manera de crecer este entendimiento, que poniendo a prueba nuestras creencias más arraigadas. Ése es el verdadero espíritu de la ciencia, el buscar la verdad, sin importar dónde se encuentre. 

Me resulta increíble creer que en pleno siglo XXI siga habiendo contenidos de tan libre acceso, pero que uno sólo podría disfrutar o leer en privado por miedo a la crítica. Y no solo pasa a nivel popular, también ocurre en la investigación científica y en las universidades, muchas en donde las investigaciones más radicales o menos “tradicionales” son reprimidas o sus fondos retirados. Parecería increíble que en la era de la información haya tanta censura y autocensura. Es tiempo de ponernos a cuestionar nuestras propias ideas, por un compromiso con la verdad y con nosotros mismos. Leer es peligroso, porque puede hacerte cambiar de opinión y puede poner tus creencias en tela de duda.


Sobre el autor:

Ricardo M. Salas es comunicador especializado en política pública. Conduce un programa sobre emprendimiento en México y América Latina, y escribe sobre diversos temas de interés colectivo: salud pública, desarrollo sostenible, ciencia y tecnología, política y cultura popular. Fungió como analista político desde Alemania y ha entrevistado a algunos de los actores más influyentes de la agenda internacional. Es audiófilo por accidente y melómano de tiempo completo. Está a favor de: el estado de derecho. En contra de: la prepotencia, el nacionalismo y los extremos de la política de identidad. Puedes saber más sobre él en www.segunricardo.com

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