“Los de abajo”: La desigualdad de la pandemia


Raquel López-Portillo Maltos

@rak_lpm

 

*Advertencia: contiene spoilers de la película El Hoyo

 

“Hay tres tipos de personas: los de arriba, los de abajo y los que caen”. Simple pero desgarradora frase de la película El Hoyo, del director Galder Gaztelu-Urrutia. En resumen, la trama se desarrolla en una torre rectangular, con un agujero en medio e incontables pisos, con dos prisioneros en cada uno. El nivel al que son designados, así como la pareja con la cual lo compartirán, se elige aleatoriamente y cambian cada mes mes. Pasado este tiempo, aparecerán en otro, sin certeza sobre si será en un nivel más alto o más bajo. Una vez al día, y con un límite de tiempo, una enorme mesa con comida delicadamente preparada para en cada piso de forma descendiente. En teoría, si cada persona tomara una ración proporcional, sería suficiente para abastecer a todos. Sin embargo, resulta ser un sistema desigual en donde, mientras que los niveles superiores pueden comer más de lo que necesitan, en los inferiores alcanzan poco o nada de las sobras de los de arriba. 

 

El filme es inteligente y polémico en sí mismo, pero cobra especial relevancia en la situación que estamos viviendo. El encierro, la escasez, el acaparamiento, el individualismo y la desgracia parecieran una desafortunada aunque fiel analogía al comportamiento social derivado de la pandemia del COVID-19. En diversas publicaciones, declaraciones y artículos de opinión se ha afirmado que este virus no respeta clases sociales, situación económica, sexo, edad, religión o nacionalidad. Que se debe velar por quienes serán afectados de manera desproporcionada. Que aquellos que tenemos la fortuna de guardar las precauciones adecuadas hay que estar agradecidos por este privilegio. A la par, así como en el experimento de la película, las compras de pánico han causado desabastecimiento. Las brechas socioeconómicas marcan quién podrá atenderse en hospitales de primera y quiénes morirán al no tener acceso a los servicios más básicos de salud. Mientras que algunos “disfrutan” la cuarentena, habrá quienes a su ya permanente lucha por la supervivencia se le sumarán los estragos de esta crisis. Estas acciones que revelan los peores vicios de la humanidad dejan entrever que, en este mundo de profundas desigualdades, continúa una ceguera hacia lo que les ocurre a “los de abajo”. 

 

En este sentido, me parece que hay dos reflexiones a destacar. La primera tiene que ver con “La Administración”. Si bien en ningún momento se aclara si ésta es el sistema, el gobierno o una empresa, es la organización que está a cargo de la gestión del hoyo, desde el proceso de reclutamiento hasta la preparación de los alimentos. Pese a ello, una vez dentro no existe contacto alguno entre los prisioneros y la Administración. Tampoco se muestra interés en el sufrimiento que están atravesando. “Usted es de los que creen que todo lo que hace la Administración está mal”, le dice su primer compañero de celda a Goren, el protagonista. Como suele pasar en la realidad, todos los problemas son achacados al gobierno en turno. Y, en más ocasiones de las deseadas, “la Administración” se comporta precisamente así ante la desgracia: provee, pero no se involucra; observa, pero no intercede; interviene, pero no resuelve. Por ello no se puede recaer exclusivamente en ella para salir del problema. 

 

Sobre esa premisa recae el segundo punto en cuestión: la solidaridad espontánea. Este concepto es mencionado por primera vez por Imoguiri, la segunda compañera de celda de Goren, quien antes de ingresar al hoyo trabajaba para la Administración. Ella afirma que este experimento, llamado Centro Vertical de Autogestión por sus creadores, busca que las condiciones hagan florecer una solidaridad espontánea. Es ella también la primera en intentar cambiar la situación, pidiendo de una manera amable a los prisioneros de los pisos inferiores que rompan con la dinámica de los de arriba únicamente comiendo una porción adecuada, y a su vez, preparen una ración igual para los que siguen. Su petición no es escuchada. Posteriormente, Goren hace lo mismo, aunque ahora a gritos y amenazas, sin éxito alguno. Finalmente, con Baharat, su tercer y último compañero de nivel, toman una iniciativa más radical, amenazando y matando de ser necesario a quienes no sigan la regla. Pareciera que el mensaje es que el surgimiento espontáneo de la solidaridad humana no es viable; se necesitan condiciones extremas y, aún en éstas, se necesita utilizar la coerción por encima del convencimiento para lograrlo. 

 

¿Cómo cambiar el mundo, entonces? ¿Cómo replantear nuestro sistema, patrones de consumo y reglas básicas de convivencia? ¿Cómo superar crisis como la que estamos viviendo en este momento tan distópico como la ciencia ficción? El mensaje final no es tan gris y mórbido como parece. Recae en “el mensaje” que se debe hacer llegar a la Administración para probar un punto y terminar con este juego. En un inicio, Goren y Baharat piensan que dicho mensaje se reduce a una panacotta; si logran que la plataforma regrese con este postre intacto, dará una misiva implacable a sus receptores. Sin embargo, al bajar hasta el último nivel, encuentran a una pequeña niña, quien hace que el mensaje cobre sentido. Es ella, el símbolo de la inocencia, de la humanidad impoluta, del futuro, quien puede salvarlos a todos. 

 

El final queda abierto a muchas interpretaciones, pero sin duda genera una enorme reflexión sobre nuestro quehacer actual. Si bien los cambios y la solidaridad no se producen de forma espontánea y la Administración dista de ser el mecanismo más efectivo de orden social, está en nosotras y nosotros tomar los retos globales a los que nos enfrentamos y utilizarlos a nuestro favor. Si los mensajes que nos ha dado el planeta, la hambruna, la pobreza y las catástrofes no nos han hecho escuchar, que esta experiencia nos sirva como una oportunidad de replantearnos la manera en que vivimos, en que nos organizamos, en que distribuimos nuestros recursos y la manera en que nos cuidamos, para así recrear un mundo en donde los lazos que nos unen sean más fuertes que las brechas que nos colocan arriba o abajo.

 

 


Sobre la autora:

Raquel López-Portillo Maltos es licenciada en Derechos Humanos y Gestión de Paz por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Fue Coordinadora General de la campaña HeForShe de ONU Mujeres en su universidad y actualmente es Asociada del Programa de Jóvenes del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Se ha desarrollado en los sectores público, privado y de la sociedad civil en temas de seguridad, igualdad de género y educación.  Apasionada del flamenco, la fotografía y la literatura. A favor de: el derecho a elegir, el debate, las opiniones sustentadas y la igualdad de oportunidades. En contra de: la violencia, la ignorancia, la mediocridad y las mentes cerradas.

Mercedes Migoya61 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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