Repensar supuestos ideales: los problemas de la democracia en Estados Unidos


Por: Paulina Riveroll López

@Pau_Riveroll

 

La presidencia de Donald Trump hizo que los liberales estadounidenses cuestionaran un sistema que muchos de ellos consideraban como la panacea de las democracias en el mundo. Sin embargo, Estados Unidos no era una democracia perfecta, ni lo será tampoco ahora simplemente porque Trump haya salido de gobierno. Si bien un nuevo presidente que promete unión y cooperación resulta esperanzador para el futuro de Estados Unidos y el ambiente internacional, las críticas no deben limitarse a la saliente y caótica administración Trump, sino que pueden remontarse a prácticas históricas y a las bases de esta democracia.

Empecemos con la primera de ellas: el Colegio Electoral. Una de las reglas más importantes de una democracia es el sufragio universal, pero, en Estados Unidos, aunque cada persona cuente con un voto, en la práctica no vale lo mismo para todos los ciudadanos. El Colegio es un sistema arcaico pero aun respetado por los estadounidenses para las elecciones presidenciales, con el cual cada estado —y Washington DC, la capital— tiene un cierto número de votos dependiendo del número de distritos electorales que tenga. Los distritos se trazan cada 10 años después del censo poblacional, pero lo mínimo que puede tener cada estado es tres votos —uno por el distrito mínimo básico para la representación federal y otros dos por los dos senadores que representan al estado. Washington DC ni siquiera tiene representación federal en el Congreso, aunque sí cuenta con los tres votos mínimos  en el Colegio. En total, hay 538 votos y se necesitan mínimo 270 para ganar. También cabe mencionar al gerrymandering, es decir, la forma en la que los estados dibujan sus distritos electorales para favorecer a uno u otro partido. Asimismo, hay ciertos estados que están sub o sobre representados, y hay algunos que votan sólidamente por un partido sobre otro, por lo que al final, los votos ciudadanos muchas veces terminan diluidos y los decisivos son los de ciertos estados bisagra. Además, y como uno de los puntos más importantes, ganar el voto popular ni siquiera es una condición para el triunfo electoral. 

Pasando a otra cuestión altamente problemática, puede hablarse de la limitación o privación de derechos civiles tan básicos como el sufragio, la cual afecta mayormente a gente menos privilegiada y/o a grupos minoritarios. En ciertos estados, personas que cometieron crímenes catalogados como graves (felonies) pierden el derecho a votar o se les es condicionado, aunque hayan cumplido su condena. Si una persona ni siquiera puede ejercer lo más básico en una democracia —es decir, su voto— esto limita quiénes pueden participar en ella y desincentiva otros métodos de participación civil, además de que dificulta aún más la reinserción social. Asimismo, la demografía en las cárceles no representa a la población general, pues la población negra y latina se encuentra sobre representada. Esto tiene que ver con mayores tasas de criminalidad, pero principalmente con falta de acceso a recursos y sesgos racistas en el sistema de justicia —por ejemplo, en muchas ocasiones la gente afroamericana y latina es juzgada de forma más punitiva por sus crímenes que la población blanca—, mismo que fomenta trampas de violencia, desigualdad y pobreza. 

En temas más coyunturales, es imposible omitir el daño que hizo Trump durante su mandato. La elección de Donald Trump fue el síntoma de un contexto social complejo, ciertas de cuyas quejas son comprensibles y válidas, pero cuya canalización conservadora resulta racista, nacionalista, sexista, homofóbica y xenófoba. Sin embargo, no hay que dejar de insistir que Trump no solo es un síntoma, sino también un fomentador de todas las pulsiones negativas de este gran grupo de gente enojada con el establishment político-económico. Su narrativa se transformó en acciones excluyentes e incendiarias que, de una forma u otra, colaboraron a instigar los reclamos de seguidores suyos que, sin evidencia, llamaban a las elecciones de noviembre un fraude y acudieron a los disturbios que sucedieron el 6 de enero en Washington. No puede dejar de hacerse un comentario sobre cómo se trataron dichos disturbios frente a cómo ha respondido la policía a las protestas en las que participan minorías, particularmente gente afroamericana protestando contra la brutalidad policial. Los ejemplos de violencia desmedida contra manifestantes no-blancos no faltan, pero cuando seguidores de Trump pretendieron entrar al Capitolio, no encontraron mucha resistencia. 

Además de su poder como instigador, Trump incumplió con reglas no escritas que, si bien no son obligatorias constitucionalmente, sí representan normas que aluden al buen funcionamiento de un sistema democrático. En primer lugar, se rehusó a conceder su pérdida frente a Joe Biden y aceptar los resultados de elecciones libres, a las cuales además acusó de fraudulentas sin evidencia. Asimismo, alentó a sus seguidores a levantarse frente a este falso fraude, pero criticó a quienes no lo apoyaban cuando se manifestaron políticamente por sus derechos. Por último, se negó a atender a la toma de protesta de su sucesor, siendo el siguiente en hacerlo desde Andrew Johnson en 1869. En un ambiente de por sí complicado, el que el expresidente lleve a cabo acciones de este tipo representa y de cierta forma fomenta la compleja polarización sociopolítica, en vez de buscar un espíritu conciliador en aras de algo más grande, como lo puede ser la democracia estadounidense que tanto gustan de presumir.

Como en todo sistema, hay cosas buenas, malas y mejorables. Todos los Estados alrededor del mundo siguen teniendo vicios y sesgos problemáticos sobre quién tiene acceso a los mecanismos democráticos de sus países, incluso aquellos más ricos y con mayores oportunidades. Estados Unidos no es la excepción. Por mucho tiempo, se ha propagado a través de diversos medios —de comunicación, literatura, cine, la academia, la política y más— el supuesto ideal que representa la democracia estadounidense, pero en verdad tiene diversas áreas de oportunidad y otros completos fallos. Es importante que no se considere a Donald Trump únicamente como una aberración en un sistema ideal, sino que se observe a la democracia estadounidense de forma crítica, aprendiendo de sus éxitos, pero también resaltando sus errores. Asimismo, es más que obvio que su influencia en el balance de poder internacional es enorme, por lo cual buenas prácticas —en temas como multilateralismo y cooperación internacional— también pueden tener un efecto positivo.

La democracia no es un sistema perfecto, y tampoco existe tal cosa como una democracia ideal. Es importante recalcar que el que se trate de formas que funcionan de relativamente buena manera en países con mayores niveles de desarrollo tampoco las vuelve perfectas per se. Es cierto que hay condiciones sistémicas que favorecen a las naciones privilegiadas para que sus sistemas funcionen, pero el Sur Global cuenta con iniciativas dignas de análisis propio; no necesitan que se les imponga un supuesto ideal democrático como tanto lo ha intentado hacer Estados Unidos —ya sea directa o indirectamente, o de plano sin consentimiento. Por ello, hay que dejar de idealizar a los “ejemplos del mundo” simplemente porque representan a naciones poderosas, aunque tampoco hay que pecar de ingenuidad y negar la influencia e importancia que tienen. Sin embargo, haríamos bien en repensar las ideas y cuestionar a las voces que hablan con una perspectiva perteneciente al Norte Global que no considera que puede haber otras propuestas provenientes de distintas partes del mundo de las cuales se puede aprender.

 


Paulina Riveroll es recién egresada y tesista de la carrera de Relaciones Internacionales en el ITAM. Trabajó como asistente de investigación en el Departamento de Estudios Internacionales y como creadora de contenido en Foreign Affairs Latinoamérica. Ha colaborado con blogs de la Revista Nexos y como analista invitada en Sin Filtro de ForoTV. Entre sus temas de interés están la política estadounidense, los derechos humanos y la literatura. 



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