Un México sangriento


Ricardo M. Salas

@segunricardo

El estado es la única institución que tiene el monopolio legítimo de la violencia.

-Paráfrasis de Max Weber.

En México estamos tan acostumbrados a la violencia que no llama la atención cuando la prensa relata otro un asesinato, otro secuestro, otro asalto, o algún otro crimen que involucre el homicidio doloso de una persona común, un desconocido, una persona ajena a nuestra vida diaria. Cualquier persona que haya vivido en este país y que tenga uso de memoria ha sido testigo, de forma directa o indirecta, de una violencia que sería simplemente inexplicable en países en donde reina el Estado de derecho. Es cierto que estamos acostumbrados a este tipo de escenas, nos hemos vuelto inmunes a ellas con el tiempo como defensa personal, es comprensible. Pero hasta la costumbre y la atención pública tienen sus límites.

Esta semana el subsecretario de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación, Alejandro Encinas, informó sobre la localización de más de 337 cuerpos en 222 fosas clandestinas desde el inicio de la administración de Andrés Manuel López Obrador y hasta la fecha de escritura de esta columna (mayo 2019). Te invito a que pares un segundo y reflexiones sobre estos números…. 337 personas. Hablamos de 337 personas cuyo paradero era desconocido hasta hace poco y que muy probablemente murieron como consecuencia de la violencia que imperan en el país. México es un cementerio, y éstas son tan solo algunas de las víctimas de las cuales tenemos conocimiento.

No soy experto en seguridad ni pretendo serlo, especialistas en estos temas como el periodista Héctor de Mauleón o el analista Alejandro Hope son mucho mejores referencias en este rubro, pero la noticia que reveló Encinas me pareció tan aterradora que se me hiela la sangre mientras redacto estas palabras, y me parece que es importante sensibilizarnos cuando se dan a conocer este tipo de notas.

¿Cuándo nos acostumbramos a vivir en un país tan violento? ¿Hasta qué nivel se puede normalizar tal grado de anarquía? El sociólogo alemán Max Weber relataba en su ensayo “La política como vocación” que el Estado debería ser el único agente con el monopolio de la violencia (o la fuerza pública) dentro de un territorio delimitado a modo de proteger a sus ciudadanos. Nadie debe, entonces, tomar la justicia por sus propias manos. Bajo estas líneas, México es un Estado fallido, y lejos de ejercer aquél derecho a ser el único agente empleando la fuerza pública (policías y demás fuerzas de seguridad), el Estado Mexicano —no solo este gobierno, el Estado mexicano— le ha delegado este derecho a cientos de grupos criminales que no han dudado en hacer valer su propia ley y ejercer la violencia a gusto personal para enriquecer sus arcas e intimidar a la población civil.

¿Qué esperar de un país en donde cerca del 99% de los delitos no se castigan? ¿Qué esperar de uno de los países más peligrosos para periodistas y que menor interés muestran en proteger a quienes exponen su vida por ejercer su profesión como informantes? ¿Cómo es posible que haya 40,000 personas desaparecidas ante el Registro Nacional? Y lo peor de todo: ¿cuándo nos acostumbramos a que todo esto era “normal”?

México es un país en donde los principales diarios lucran con la muerte de miles de personas, personas cuyas fotografías son expuestas de forma vulgar e irresponsable en quioscos públicos, frecuentemente con encabezados alarmantes y acompañados de alguna mujer con poca ropa y algún chisme barato, ganchos que garantizan grandes ventas entre los sectores con menor educación en el país. No hace falta nombrar a estos medios, ellos saben quiénes son.

En México hay estados completos en donde no reina la autoridad y los gobiernos están al servicio del crimen organizado o de intereses partidistas, que están demasiado ocupados luchando por el poder, sacudiéndose con grupos delictivos, o pensando en saltar al siguiente cargo de elección popular. La sangre de la gente más desprotegida sencillamente no le interesa al gobierno, y en muchas ocasiones, tampoco a la sociedad civil.

¿Cómo explicar esta neutralidad ante la violencia? En su último libro, el historiador israelí Yuval Noah Harari —sé que lo cito mucho, pero el me parece de lectura fundamental para toda persona que viva en nuestros tiempos— explica que los países con poca violencia son como un jarrón de cristal vacío. Cuando una moneda se sacude al interior del jarrón, éste hace un ruidero que es imposible ignorar, pues es algo extraordinario. Los países violentos, por el contrario, son como estos mismos jarrones, pero llenos de monedas, por lo que cuando éstas se sacuden, el ruido de cada una de ellas se pierde entre una multitud de impulsos y se vuelve indistinguible.

Con el dedo en la llaga: El periodista Jorge Ramos cuestionando los niveles de violencia durante los primeros meses de gobierno. La administración reaccionó ocultando los datos sobre crímenes y víctimas del delito por varias horas. Imagen: Marco T. González para Emequis.

Harari hace esta analogía con el pánico que causan los ataques terroristas en países desarrollados, sin embargo, me parece que es una descripción muy atinada de lo que nos ocurre en México cuando leemos sobre un hecho violento y pensamos “otro más”.

Hace tan solo unas semanas realicé un traslado con un conductor de Uber, quien me platicó que hace ocho años su hermano había perdido la vida a manos del crimen organizado en el estado de Guerrero, todo esto por organizar a un grupo de vendedores y exigir a las autoridades que interviniera ante las constantes extorsiones que el hombre y su comunidad recibían por distintos grupos delictivos. Yo mismo he pasado una serie de eventos violentos, viví una experiencia de la que tuve suerte de salir vivo y cuyos detalles no publicaré por respeto las otras personas cuyas vidas fueron marcadas de forma irreversible por el mismo incidente. Esto no debería ser normal, y no lo es. Una cosa es leer sobre un hecho violento en la prensa, otra cuando se habla de lo ocurrido al amigo del amigo, y otra es vivir el horror de la violencia en carne propia.

Vale también la pena recordar que el caso de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa puso a México bajo la lupa y que este hecho desató la ira de cientos de miles de mexicanos e internacionales reclamando justicia. No hay que olvidar tampoco, que ese mismo año hubo otros cinco mil desapariciones forzadas. Para mí, el caso Ayotzinapa es sólo una muestra de una realidad mucho más aterradora, la punta de un iceberg y prueba de la falta de gobernabilidad en el país. Lo repito: esto no es normal.

Tengo miedo. Me da miedo cuando leo estas cifras, me da miedo cuando escucho historias como la de aquél conductor, y me da miedo cuando pienso en las miles de familias que están buscando alguna persona extraviada. Por lo mismo, no puedo juzgar la falta de acción por parte de la sociedad civil, y entiendo el miedo colectivo de exigir al gobierno que actúe inmediatamente para revertir la pesadilla que viven millones de personas a lo largo de la república.

Entiendo el miedo que siente la persona que no denuncia un delito por miedo a sufrir represalias, y entiendo que éste no es un problema que se resolverá de la noche a la mañana. Lo que no entiendo, es que este tipo de violencia nos parezca normal. Sencillamente no lo es. Es cierto que no se puede culpar a la administración en turno por la violencia del pasado, pero la luna de miel (como dicen algunos analistas) se está acabando, y el problema de la violencia en México ya está en la cancha de este nuevo gobierno, ojalá actúe rápido.


Sobre el autor:

Ricardo M. Salas es comunicador especializado en política pública. Conduce un programa sobre emprendimiento en México y América Latina, y escribe sobre diversos temas de interés colectivo: salud pública, desarrollo sostenible, ciencia y tecnología, política y cultura popular. Fungió como analista político desde Alemania y ha entrevistado a algunos de los actores más influyentes de la agenda internacional. Es audiófilo por accidente y melómano de tiempo completo. Está a favor de: el estado de derecho. En contra de: la prepotencia, el nacionalismo y los extremos de la política de identidad. Puedes saber más sobre él en www.segunricardo.com




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