“Nadie nos hizo caso”


Raquel López-Portillo Maltos

@rak_lpm

 

Hoy escribo desde el dolor, el desasosiego y la impotencia que ha inundado al país. Se ha ido de lo terrible a lo atroz; de lo atroz a lo desgarrador; de lo desgarrador a lo impensable; de lo impensable a lo abominable. El rostro de Fátima Cecilia Aldriguett Antón es el rostro de la inocencia aprovechada, de la niñez arrebatada, de la alegría interrumpida. Una niña cuyo cuerpo debió haber sido abrazado, no torturado y abusado. Cuya presencia pertenecía a su escuela y hogar, no a una bolsa de basura tirada en un camino de terracería. Cuya única preocupación debió haber sido ser feliz, no intentar escapar de las manos depravadas de sus atacantes. 

Fátima se ha convertido en el último caso de la trágica realidad de violencia contra las mujeres y niñas que atraviesa México. Una más entre las miles de voces que han sido calladas, de cuerpos que han sido degradados, de vidas que han sido terminadas. Entre el horror diario que presenciamos día con día, la muerte de Fátima es el fondo más trágico y demoledor que podemos alcanzar como sociedad. Uno además que termina con la usual deslegitimación de las víctimas: Fátima no consumió alcohol, no estaba en una relación de pareja violenta, no vestía de forma provocativa, no salió a altas horas de la madrugada. Era tan solo una niña de 7 años que, sin deberla ni temerla, fue víctima de esta ola de violencia feminicida desmesurada que asesina a 10 mujeres al día. Si con esto no nos indignamos hasta los huesos, si no sentimos ese dolor entremezclado con rabia, si no nos produce una urgencia de hacer todo lo que esté en nuestras manos para cambiar la realidad, ¿entonces qué tiene que pasar?

En lo personal, considero que lejos del debate politizado, amarillista y apático que se ha suscitado en las últimos días, la conversación debe volver a centrarse en lo verdaderamente importante: las víctimas. Sobre todo, en términos de responsabilidades y de sensibilidad. 

El acceso a la verdad y a la justicia es fundamental en los procesos de atención y reparación integral. No hay mayor tortura para un familiar o ser querido de una víctima que no ser escuchado, que no haya castigo para los culpables y que la vida siga como si nada hubiera pasado. La competencia de realizar las acciones que sean necesarias para que esto no ocurra pertenece única e indiscutiblemente al Estado. Es por ello que asombra presenciar a un aparato gubernamental que ha delegado esta labor a los familiares, que ha utilizado sus instituciones para responsabilizar a los padres o a las propias víctimas de lo ocurrido, que cuenta con un poder judicial tan podrido e inservible que deja pasar tiempo literalmente vital hasta que son encontradas sin vida. Un gobierno que se escuda en los errores de administraciones pasadas, en una moral corroída, en sistemas económicos, en corrientes de pensamiento e incluso en la felicidad. Que quede claro que estos factores no son causas. Los responsables son los perpetradores, a quienes se debe identificar y castigar en todos y cada uno de los casos, y también lo es un Estado ausente en la protección de la ciudadanía, y que es partícipe con cada declaración y omisión. De nada sirve aumentar las penas si no se da con los culpables. De nada sirve activar alertas de violencia de género si la estrategia de seguridad continúa cobrando más y  más vidas. De nada sirve un decálogo si las acciones hablan por sí mismas. 

Por su parte, resultan inconcebibles las acciones que se tomaron desde distintos sectores que carecen de toda sensibilidad y que atentan directamente contra la dignidad humana de las víctimas. Desde las autoridades, el “ahorita no” de la jefa de gobierno al ser cuestionada; la entrega de la propuesta para eliminar el delito de feminicidio un día después de que el asesinato de Ingrid Escamilla se diera a conocer; la priorización de la rifa de un avión por encima de la vida de las mujeres, entre tantas otras. Por parte de los medios de comunicación, la irresponsable publicación de fotografías y datos personales que generan una revictimización y fomentan el morbo ante la desgracia; la cobertura sesgada de las protestas; y las notas periodísticas que parecieran hacer una apología del delito, responsabilizando a las víctimas de su propio destino. Y por parte de ciertos grupos de la sociedad, el consumo y difusión de estos contenidos, las burlas, la intolerancia y el sensacionalismo ante la violencia machista. Urge una dosis de sensibilidad y empatía en esta trama. Por respeto a las y los afectados. Por solidaridad al dolor. Por humanidad. 

“Hoy fue mi hija, mañana puede ser la de cada uno de ustedes”, advirtió la madre de Fátima. “Nadie nos hizo caso”, condenó su tía. Ante todo un aparato que les ha dado la espalda, abracémoslas. Ante la indiferencia, indignémonos. Ante la apuesta por el olvido, recordemos. Ante el silencio, gritemos. Seamos quienes hicimos caso. Por las que ya no están, por las que estamos y por las que vendrán. 

 


Sobre la autora:

Raquel López-Portillo Maltos es licenciada en Derechos Humanos y Gestión de Paz por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Fue Coordinadora General de la campaña HeForShe de ONU Mujeres en su universidad y actualmente es Asociada del Programa de Jóvenes del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Se ha desarrollado en los sectores público, privado y de la sociedad civil en temas de seguridad, igualdad de género y educación.  Apasionada del flamenco, la fotografía y la literatura. A favor de: el derecho a elegir, el debate, las opiniones sustentadas y la igualdad de oportunidades. En contra de: la violencia, la ignorancia, la mediocridad y las mentes cerradas.

Mercedes Migoya61 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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