Pensar en lo que no se piensa


Raquel López-Portillo Maltos

@rak_lpm

 

Hace unos días, leí un texto que me atrapó desde su encabezado: “¿Retirar la nieve puede ser sexista?”. A primera vista, sería improbable que una actividad tan común como necesaria en países en donde el invierno es tan fuerte que cubre de blanco todo a su paso fuera sexista. Pensándolo dos veces, podría suponerse que el supuesto sexismo recae en la fuerza física que implica el proceso. Pero en un tercer vistazo, todo cobró sentido. 

 

El texto se basa en un estudio realizado en Karlskoga, Suecia, en donde la oficina de asuntos de género comenzó a investigar los casos de accidentes ocurridos debido a resbalones en la nieve. Sorpresivamente, el 69% de las personas afectadas eran mujeres. Cuando indagaron más al respecto, se dieron cuenta que esto se debía a que el sistema de la localidad priorizaba la limpieza de las calles antes que las banquetas y ciclovías. Posteriormente, evaluaron que, en proporción, los hombres utilizaban más el automóvil que las mujeres y que ellas tenían trayectos a pie más largos; con más factores de riesgo (empujando carriolas, cargando bolsas del supermercado o llevando de la mano a sus hijos); y que comenzaban sus actividades más temprano. Con estas pequeñas observaciones y con un cambio en el orden de prioridades del sistema de limpieza, lograron reducir los accidentes en más de la mitad y ahorrarle varios miles de kronors al sistema público de salud sueco. En resumen, pensaron en lo que no se piensa. 

 

El ejemplo que cito sirve para ilustrar la importancia de la toma de decisiones basadas en evidencia para solucionar problemas públicos. Desde hace varias décadas, han surgido distintas corrientes desde el ámbito de la ciencia política para intentar abordar todas las capas que las problemáticas actuales esconden. El enfoque interseccional en políticas de igualdad se ha consolidado como uno de los más importantes, puesto que se centra en el reconocimiento de las distintas desigualdades a las que se enfrentan los grupos de la población. Esta categoría de análisis ha resultado muy útil en la creación de medidas que atienden la especificidad de sus necesidades y de su contexto. La interseccionalidad cobra especial relevancia en momentos de crisis como la actual, en donde cada medida que se tome incidirá indiscutiblemente en el devenir de millones de personas. 

 

Existen diversos ejemplos que traspasan fronteras geográficas. A nivel mundial, la violencia contra las mujeres se ha disparado hasta alcanzar niveles aterradores. Como respuesta, los gobiernos han redoblado esfuerzos poniendo a disposición líneas telefónicas y servicios de ayuda en línea para víctimas de violencia doméstica. Pese a que esto es importante y sumamente necesario, ¿qué hacer con las mujeres en zonas marginadas que no tienen acceso a un teléfono o aquellas a las que no se les permite utilizarlo? ¿Simplemente se debe dejarlas de lado? En días recientes circuló a nivel nacional un video en donde, como ejemplo, se muestra a una joven llamando a un número de emergencia fingiendo pedir una pizza para pedir ayuda. Pero, ¿cómo hacerlo cuando la víctima coexiste en un espacio reducido con su agresor? ¿Valdría la pena el riesgo a ser escuchada o descubierta si su vida está en juego? Algunos países ya han pensado en esto, proponiendo medidas como marcar un número sin la necesidad de hablar o contar con palabras clave a utilizar con personal de supermercados o farmacias. Sin embargo, son muchos los aspectos a considerar en cuanto a violencia de género que no se han resuelto del todo. Tras un proceso de denuncia, ¿de qué manera se aseguran las garantías judiciales si algunas instancias han suspendido sus funciones debido a la pandemia? Ante la inminente violencia física que están sufriendo millones de mujeres, ¿en dónde se resguardan si con las medidas de confinamiento un gran número de albergues han sido cerrados o se encuentran en su máxima capacidad? 

 

Lo mismo ocurre con el acceso a la educación y a un trabajo. Dadas las circunstancias actuales se ha transitado hacia el uso de la tecnología como la mejor solución, tanto por parte de empleadores como de escuelas en todos los niveles. Sin embargo, se parte de la idea de que todas y todos pueden hacer uso de ésta, cuando dista de ser así. El primer problema tiene que ver con el acceso a internet que, al menos en el caso de México, es una realidad lejana para el 47.3% de la población (16.4 millones de hogares), de acuerdo a cifras del INEGI. A esto se le suma el acceso a dispositivos electrónicos. Aún contando con ellos, en familias con un mayor número de integrantes, difícilmente bastarán; imaginando a una familia de dos padres y tres hijos, realizar sus actividades en el mismo horario implicaría contar con al menos cinco computadoras y un servicio de internet que permita hacerlo al mismo tiempo sin interrupciones de la red. Esto sin tomar en cuenta el balance de las actividades profesionales y académicas con las tareas domésticas (las cuales recaen en un 76.4% en mujeres y niñas) y el bienestar personal, cuestiones en muchos casos irreconciliables. Hasta el momento, no se ha logrado articular una respuesta que ayude a armonizar todos estos supuestos y que ahorre el costo que conlleva, tanto para trabajadores como para estudiantes, no poder participar bajo estas directrices. 

 

Pensar lo que no se piensa implica reconocer el clasismo, el sexismo, el racismo y todos los tipos de discriminación que se encuentran tan inmersas en nuestras dinámicas sociales, en nuestras instituciones y en nuestras herramientas discursivas. Implica también valorar los impactos diferenciados que cada medida gubernamental tiene de acuerdo al grado de acceso a bienes y servicios de cada sector. Conlleva repensar hegemonías, relaciones de poder, privilegios, fórmulas únicas y los efectos que éstas han tenido en la exclusión de ciertos actores, quienes poco a poco han quedado en la periferia. Toda crisis abre la puerta a dejar de hacer aquello que no funcionaba como debería. Pensar en lo que no se piensa vale la pena si se toma como una oportunidad para construir una sociedad en donde verdaderamente cuenten todas las personas.

 


Sobre la autora:

Raquel López-Portillo Maltos es licenciada en Derechos Humanos y Gestión de Paz por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Fue Coordinadora General de la campaña HeForShe de ONU Mujeres en su universidad y actualmente es Asociada del Programa de Jóvenes del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Se ha desarrollado en los sectores público, privado y de la sociedad civil en temas de seguridad, igualdad de género y educación.  Apasionada del flamenco, la fotografía y la literatura. A favor de: el derecho a elegir, el debate, las opiniones sustentadas y la igualdad de oportunidades. En contra de: la violencia, la ignorancia, la mediocridad y las mentes cerradas.

Mercedes Migoya61 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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