¿Querer es poder?: Lecciones de la nueva primera ministra de Finlandia


Raquel López-Portillo Maltos

@rak_lpm

Hace unas semanas, asistí a un foro de mujeres cuya finalidad era discutir algunos de los desafíos a los cuales nos enfrentamos: los techos de cristal, el desarrollo profesional, el equilibrio entre la vida personal y laboral, entre otros. Sin duda, escuchar a una gama de mujeres líderes en su ámbito de incidencia, entre empresarias, políticas, banqueras y diplomáticas, fue muy inspirador. Sin embargo, encontré una constante en sus discursos; la idea de que participar automáticamente te hace avanzar, que tomar la palabra hace que seas escuchada, que el mundo es de aquellas que se arriesgan. En resumidas cuentas, que querer equivale a poder. Pese a que concuerdo con varias de estas premisas, creo que pueden llegar a ser engañosas, principalmente desde el contexto mexicano, en donde las desigualdades, el clasismo, el racismo y el nepotismo son una constante. 

Traigo esto a colación por el reciente triunfo de Sanna Marin, la nueva primera ministra electa de Finlandia. Con apenas 34 años de edad, se acaba de convertir en la mujer gobernante más joven del planeta. Además, la coalición de cuatro partidos que la llevó al triunfo también está encabezada por mujeres, tres de ellas en sus treinta. En declaraciones recientes, Marin comentó que nunca pensó en su edad o en su género durante la contienda. Sin embargo, son factores que obviamente destacan, ya que estos casos continúan siendo excepciones y no la norma. Pese a que sin lugar a dudas su preparación, capacidad y liderazgo la llevaron hasta este lugar, no hay que descartar las circunstancias personales y estructurales que se lo permitieron. 

Para los fines de este artículo, me enfocaré en la estructura nacional que respalda este tipo de triunfos. Y es que es imposible disociar las características individuales de las y los tomadores de decisiones de la cultura social y política de su país. El caso de Finlandia es atípico pues, como la mayoría de los países nórdicos, siempre encabeza los rankings de los países más desarrollados. No obstante, pocos recuerdan que esto no siempre fue así. Durante la primera mitad del siglo XX, Finlandia enfrentaba grandes desigualdades y retos económicos. Fue hasta la década de los 70, después de los estragos de la posguerra, que decidieron impulsar una serie de reformas para cambiar la suerte de la nación. El eje que marcó esta transición fue la peruskoulu, la educación obligatoria, gratuita y de calidad. Y, a partir de ello, las demás esferas se fueron encaminando hacia un marcado principio de igualdad e inclusión social que repercute hasta hoy en día y que, viéndolo de cerca, tiene mucho que ver con el triunfo de Marin. 

En primer lugar, Finlandia tiene una larga tradición de invertir económicamente en la vida social de su ciudadanía. Mediante este gobierno social-liberal, se ha buscado que todas las políticas públicas realmente se materialicen. Esto ha tenido un papel fundamental en el la garantía de la igualdad de oportunidades. La nueva primera ministra incluso ha reconocido la influencia que este esquema tuvo en su desarrollo. En tiempos económicamente duros para su familia, fueron las políticas estatales de seguridad social las que aseguraron su educación. 

En este aspecto, el sistema educativo finlandés ha tenido un éxito sin precedentes. Ha generado un alto desempeño en su ciudadanía mediante el acceso igualitario y gratuito; la formación y evaluación estricta del profesorado; y un innovador sistema de aprendizaje. Este rubro se ha mantenido fuertemente financiado a pesar de los altibajos económicos del país. Con la certeza en que la calidad educativa no estará sujeta a los ingresos familiares, se genera una verdadera inclusión social y se evita que el éxito de las personas recaiga en factores ajenos a ellas.

Otro sector esencial es el de la salud. Especialmente, la atención a la salud reproductiva ha logrado que las mujeres tengan todas las facilidades necesarias para su desarrollo integral. Desde la educación sexual escolar, el acceso a anticonceptivos, la interrupción legal del embarazo, hasta una larga licencia de paternidad para ambos padres y guarderías gratuitas, el sistema de salud finlandés fomenta la posibilidad de criar una familia a la par de llevar una carrera profesional. Al caso de Marin debe sumarse que, además de su vida política, también es una mujer casada con una hija de un año. Sin estas facilidades públicas, es poco probable que hubiera llegado hasta ahí. Aunque estas medidas se llevan a cabo en un gran número de países, en ocasiones el acceso a estos servicios son de deficientes o limitados, generando cargas económicas extra para asegurar asistencia de calidad.

Finalmente, la victoria de Marin no resulta tan sorprendente en su país como en otros. La participación política de las mujeres en Finlandia se remonta a 1906, cuando se otorgó el derecho a las mujeres a votar y a ser votadas. Desde entonces, se votó por la primera PM en 2003 y la participación parlamentaria llegó hasta 47% el año pasado. Esto no ha sido fortuito, sino que se ha empujado, al igual que en los otros ejemplos, a través de políticas y presupuesto. 

Claro que no hay países perfectos, Finlandia aún se enfrenta a diversos retos como el rechazo a minorías y migrantes, la reciente inclinación hacia la ultraderecha, entre otros. Sin embargo, cómo se ha construido su aparato estatal alrededor de la igualdad, la inclusión y el desarrollo social resulta ejemplar. Si bien, existe un número considerable de mujeres en esferas de poder alrededor del mundo, este ejemplo resulta interesante en términos del papel que juega el Estado en el desarrollo de una persona. En un mundo que sigue siendo regido por hombres, en donde el nacionalismo y el populismo están triunfando y en donde las sociedades demandan sus derechos básicos cada vez más, el triunfo de Sanna Marin es una bocanada de aire fresco y un ejemplo de que otro tipo de política y otras maneras de concebir a las mujeres y a la juventud en espacios de toma de decisiones son posibles. 

Y, sobre todo, recalca la importancia fundamental que tiene el desarrollo nacional en el éxito individual. En una sociedad igualitaria, las brechas se cierran, los talentos se impulsan y las posibilidades se multiplican al partir de un mismo piso de oportunidades. Volviendo al inicio, decir que querer es poder es hablar desde el privilegio personal y obviar otras estructuras que entran en juego. Si, pese a querer, no todas pueden, significa que la meritocracia sigue siendo un mito.


Sobre la autora:

Raquel López-Portillo Maltos es licenciada en Derechos Humanos y Gestión de Paz por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Fue Coordinadora General de la campaña HeForShe de ONU Mujeres en su universidad y actualmente es Asociada del Programa de Jóvenes del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI). Se ha desarrollado en los sectores público, privado y de la sociedad civil en temas de seguridad, igualdad de género y educación.  Apasionada del flamenco, la fotografía y la literatura. A favor de: el derecho a elegir, el debate, las opiniones sustentadas y la igualdad de oportunidades. En contra de: la violencia, la ignorancia, la mediocridad y las mentes cerradas.

Geo Bailon1500 Posts

Una huelga de aquellas

Buena

Buena racha

En

En busca de Evo

¡Liberen

¡Liberen a Assange!




Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password