Resilientes


Raquel López-Portillo Maltos 

@rak_lpm

 

Estoy segura de que tanto ustedes como yo compartimos el mismo sentimiento de desasosiego e incertidumbre ante los inminentes eventos de violencia que se han desatado en los últimos días, y que en realidad, hemos venido arrastrando desde hace años y han ido agravándose con el tiempo. Tiroteos. Homicidios. Feminicidios. Asaltos. Secuestros. Violaciones. Desapariciones. A la orden del día. Cada vez en mayor número. Cada vez más cerca. En tu país o en el vecino. Estos eventos se han vuelto particularmente perturbadores porque ocurren en los lugares más inesperados, durante la rutina, en horas inciertas, cobrando las vidas de los menos culpables. Y, lo más terrible, es el trauma que viene con ello, la impotencia del no saber qué hacer y la desesperación de saber que las cosas no cambian con meras voluntades. Ante estas situaciones, ¿qué hacer para combatir la indiferencia sin sentir que nuestros esfuerzos son inútiles?

Las personas que me conocen bien saben que la palabra resiliencia, por su significado, es una de mis favoritas. Esta se define como la capacidad de adaptación de un ser frente a un estado o situación adversos. La vida me ha enseñado que esta cualidad es la que te permite renacer una y otra vez sin importar las circunstancias. En términos generales, esta definición no ha sido aplicada únicamente a personas, sino también a organismos. En tiempos recientes, se ha adoptado el término a nivel global, es decir, a la capacidad de adaptación que tienen las ciudades ante impactos provocados por ciertos desbalances o conmociones. Este ajuste a la definición de resiliencia ha sido utilizado principalmente por organismos como la ONU, en especial en ONU-Hábitat, y en otros proyectos internacionales como 100 Resilient Cities de Rockefeller Foundation. Sin embargo, desde mi punto de vista, estos planes han tenido una visión un tanto limitada en lo que respecta a la resiliencia, ya que han delimitado los factores principalmente en términos de desastres naturales y pérdidas económicas. Si bien, estos puntos son muy importantes, la resiliencia no debe medirse únicamente en estos aspectos. 

Hay un elemento, mucho más allá de los apremiantes desafíos globales como la sobre urbanización, el crimen organizado o el calentamiento global, que se está dejando a un lado en la determinación de políticas públicas. Si bien, el concepto de Ciudades Resilientes que está siendo utilizado en este paradigma habla de la habilidad de un sistema urbano para mantener continuidad después de un impacto, por medio de herramientas conjuntas entre gobiernos y ciudadanos que les permitan proteger a las personas y a sus activos… ¿cómo se está creando esta red de contención y protección de personas ante desastres tan reales como los de la ola de violencia que se vive hoy en día?, ¿Cómo se piensa la readaptación social ante un tiroteo como el de El Paso y Dayton?, ¿Cómo le responde el Estado mexicano a sus ciudadanos ante los asesinatos de los periodistas Jorge Ruiz, Édgar Nava y Rogelio Barragán más allá de las leyes y las investigaciones?, ¿Qué se hace con la familia, los amigos, los vecinos, los maestros de Daniela Ramírez, jóven asesinada después de tomar un taxi?

En el estudio What happens to the survivors? (¿Qué les ocurre a los sobrevivientes?) publicado por la Asociación Americana de Psicología, se ahonda en la importancia que tiene el tejido comunitario como medio de contención tras un evento violento. Después de varios experimentos basados en evidencias, los investigadores pudieron darse cuenta de que fueron las personas que contaban con un apoyo, no sólo de su entorno directo, sino también de su comunidad las que mejor pudieron controlar las secuelas de su trauma, incrementando su participación social y manteniendo una búsqueda activa de actividades que mejoraron sus vidas. El sentirse conectados, arropados, con un sentido de comunidad amplio les permitió, además de poder compartir su experiencia, poder reformular su vida y buscar un nuevo sentido.

Esto me pareció interesantísimo por varias razones. Por una parte, porque, personalmente, considero que ante un panorama como el actual, hasta cierto punto, todos somos sobrevivientes por el simple hecho de regresar a casa; vivos; sanos; salvos. Por otro lado, porque creo que, por el mismo contexto y entre otros factores, hemos perdido por completo el tejido social que fundamenta las bases mismas del concepto de Estado moderno. No nos conocemos; no nos saludamos; no nos ayudamos. Creo que uno de las cuestiones más aterradoras y más terribles de esta crisis de inseguridad es que no importa cuánto te cuides, siempre estás expuesto a estar en el lugar incorrecto en el momento incorrecto. Igualmente, resulta aterrorizante que sin importar cuan ejemplar ciudadano o ciudadana seas, los esfuerzos individuales no están generando un impacto suficiente para que las cosas cambien. Sentimos miedo, y el miedo paraliza. Sin  embargo, la resiliencia necesita valor, confianza, dinamismo, determinación y una red que le sirva de sustento para funcionar.

Por ello, considero indispensable empezar a repensar el concepto de ciudades resilientes en términos de lo que nos incumbe, más allá de autoridades e instituciones. Si seguimos el mismo enfoque unilateral, jerárquico y vertical de la seguridad urbana que va desde las estructura de las instituciones hasta los ciudadanos, es probable que sigamos obteniendo los mismos resultados. Es necesario pensar en nuevas formas de acción colectiva y colaborativa en las que, sí, se exijan responsabilidades al gobierno, pero también se dialoguen y se piensen nuevos escenarios en los que otros actores e intereses comunitarios estén presentes. Esto no sólo mejorará los niveles de seguridad, sino los derechos individuales que no se nos están siendo garantizados en estos momentos, como el derecho a la integridad física, social y psicológica, por mencionar algunos. A nivel comunidad, ¿cómo nos vamos a cuidar? Si no nos conocemos, si no dialogamos, si sucumbimos ante la indiferencia sin entender que lo que le pasa a uno le afecta a todos, ¿cómo podríamos avanzar? Debemos hacer un alto y reflexionar para poder reencontrar el sentido de identidad, pertenencia, unidad y la humanidad que perdimos en el camino. De esta forma, la resiliencia no será sólo un concepto de moda, sino un pilar en el que las ciudades y su gente puedan resurgir una y otra vez mediante un tejido social fuerte y unido.

 


Sobre la autora:

Raquel López-Portillo Maltos es licenciada en Derechos Humanos y Gestión de Paz por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Fue Coordinadora General de la campaña HeForShe de ONU Mujeres en su universidad, así como articulista en la revista digital Observatorio DH. Se desarrolló como Analista de Inteligencia en la consultora internacional Pinkerton y actualmente labora como Coordinadora de Proyectos Especiales en Fundación Por México. Apasionada del flamenco, la fotografía y la literatura. A favor de: el derecho a elegir, el debate, las opiniones sustentadas y la igualdad de oportunidades. En contra de: la violencia, la ignorancia, la mediocridad y las mentes cerradas.

Mercedes Migoya0 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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