Seis segundos de silencio


Sebastián Erdmenger

Sebastián Erdmenger G.

@erdmengerMX

 

Una de las grandes composiciones de Jorge Drexler, el cantautor uruguayo, contiene seis fugaces segundos de un eterno silencio. En plena melodía, el letrista nos deja solos con un abrumador silencio durante seis largos segundos que, contrastados con los compases previos, se antojan una eternidad en la cual cabe la meditación sobre las palabras previas. Drexler abre Silencio proponiendo un escenario caótico: “todo el mundo intentando venderte algo, intentando comprarte, queriendo meterte en su melodrama, su karma, su cama. Su salto a la fama, su breve momento de gloria, sus dos megas de memoria”.

Desde la noche que vimos cómo se coronaba electoralmente la alternativa de izquierda en México, la profecía de Jorge Drexler parece estarse cumpliendo a cabalidad en el discurso público y privado de este país. Nunca se había hablado tanto de política como desde ese 1 de julio. Hoy, y durante los últimos dos años, los periódicos se desbordan de tinta, las tazas de café en esas sobremesas se vacían y se vuelven a llenar, los micrófonos se desgastan y nadie se pone de acuerdo. Es digno de celebración que la política ocupe cada vez más espacio en los conversatorios cotidianos. Un país democrático no se puede entender, ni puede existir, sin una sociedad involucrada, activa, argumentativa, que reflexiona y piensa sobre su realidad política.

Pero si esa sociedad no es capaz de escuchar al de enfrente, los beneficios de un acalorado debate público se vuelven estériles. Ya decía Johan Galtung que la paz es algo que haces con tus adversarios, no con tus amigos. Ensimismarnos en nuestros inamovibles pensamientos nos conducirá indudablemente a un inamovible país. Y si algo es cierto, detrás de todo ese pasional debate que se gesta desde hace dos años, es que nadie está contento con el país que hoy tenemos y que todos deseamos que México cambie, que México se mueva.

José Woldenberg publicó esta semana un texto en El Universal que me parece pertinente traer a colación. El exconsejero del IFE relata cómo la realidad no se configura como una verdad única, sino que se nutre de distintos puntos de vista que no la modifican, pero sí permiten comprenderla de una mejor manera. Él advertía de los grandes peligros que implica para la democracia en particular, pero para la sociedad en general, comprar como verdad que nuestra visión de la realidad es la única posible. 

Días después de publicada la columna, Woldenberg se sumó a un grupo de personalidades que firmaron un comunicado advirtiendo de los riesgos que implican las decisiones unipersonales del presidente, así como la incapacidad del Congreso de servir de contrapeso a las mismas. Acompañan la visión de Woldenberg figuras como Roger Bartra, Consuelo Sáizar, Gabriel Zaid, Jean Meyer o Julio Frenk. Me parece difícil encasillar a alguno de ellos como “mafia del poder” o activistas del viejo régimen. Quien dude de la valía de sus comentarios, desconoce la historia política de este país. 

La respuesta del presidente López Obrador no tardó en llegar y, a través de un texto titulado Bendito Coraje, el presidente se defendió del desplegado. En esas líneas, AMLO celebró que los escritores y periodistas que “han defendido desde siempre el modelo neoliberal”, tomen partido y se definan para “restaurar el antiguo régimen”.

Más allá de las estridencias que demostraron los dos textos, ambos bandos esgrimen argumentos valederos, sustanciosos y ricos para el análisis. Es cierto lo que menciona el grupo de escritores sobre un presidente que desprecia a las instituciones autónomas del Estado, al movimiento feminista y a las esferas científicas y culturales. Por otro lado, es imposible negar la realidad de la visión de López Obrador sobre la corrupción rampante del gobierno de Peña Nieto, la cual permitió escándalos como el de Lozoya Austin, y que por muchos momentos pasó inadvertida en varios medios de comunicación de este país. 

Las dos publicaciones nos dieron ayer la oportunidad de constatar un gran problema en el que se está metiendo la política mexicana: anular el mensaje a priori, no por su contenido, pero por su emisor. El presidente necesita seis segundos de silencio para escuchar a los que considera sus enemigos, porque por más diferencias e intereses que puedan tener, hay argumentos sumamente interesantes y constructivos en sus disertaciones. Pero esos seis segundos de silencio presidencial no solo se los debe otorgar a sus adversarios, también a su propio equipo. Como lo dijo Carlos Urzúa en su más reciente entrevista para El País, el presidente necesita escuchar a sus asesores.

La oposición también necesita seis segundos de silencio (y un poco más), para entender las razones de su abrumadora derrota en 2018. Necesitan guardar silencio para entender un México que, con caminarlo tres cuadras, se puede constatar sus heridas sangrantes. Necesita más de seis segundos de silencio para entender que este país y su gente, esa gente que es orgullosamente mexicana a pesar de los obstáculos que el país le provee, está harta del clasismo, del racismo, de las verdades históricas, de la corrupción, de las injusticias, de la homofobia, del machismo. Hasta que la oposición no entienda que por años ha ocupado posiciones de privilegio, inalcanzables para millones de mexicanos, su discurso tocará pared con una visión oficialista muy bien armada y apoyada por millones.

Estamos ante los tiempos más inciertos que han visto las generaciones vivas. Tenemos que darnos, no solo la oportunidad, pero el privilegio de escucharnos los unos a los otros, de vernos a la cara y tratar de entendernos; construiremos sobre arena un castillo de buenas intenciones que caerá con la primera llovizna. 

Necesitamos todos seis segundos de silencio, no para dejar de hablar. Pero para hablar mejor.


Sobre el autor:

Sebastián Erdmenger es estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana. Conductor de los programas internacionales «Tengo Otros Datos» y «La Ley de Herodes» que se transmiten semanalmente por Ibero 90.9 FM. Actualmente es embajador de paz por Humanitarian Affairs Asia y se desempeña como redactor en Telokwento. Los artículos de opinión reflejan su punto de vista, más no el de Telokwento. 




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