Shh… eso no se pregunta


Fernanda Zamora

@Fer_ZamoraR

Shh… eso no se pregunta. Una mujer nunca revela su edad

Desde chiquita me dijeron que a una mujer nunca se le pregunta la edad porque era de “mala educación”. Esto es algo que, aunque al principio me generó confusión porque preguntar ¿cuántos años tienes? es un básico en todas las conversaciones con personas de 10 años o menos, eventualmente lo asumí como parte de la “buena educación”. Lo acepté como algo tan ilógico y normalizado como saludar de beso (aunque los niños no tenían que hacerlo) o responder con “mande”. Y es que estas normas implícitas son una especie de código de entrada a un grupo social, cuya lógica u origen solo cuestionamos hasta que crecemos y podemos analizarlo.  

A diferencia del famoso “mande”, tan arraigado en la cultura Latinoamericana y proveniente de una herencia colonial, la resistencia a revelar la edad de las mujeres es un fenómeno mucho más grande, principalmente en el mundo occidental. El estigma alrededor del envejecimiento es algo con lo que hemos crecido, que hemos escuchado en distintos medios, y en muchos casos (por lo menos en el mío) lo hemos internalizado. Si bien es verdad que todos enfrentamos los estragos de la edad, son las mujeres quienes cargamos con un mayor peso al enfrentarnos a estándares imposibles de eterna juventud. Son generalmente las mujeres quienes deben “envejecer con gracia” mientras que los hombres “mejoran con la edad”. La discriminación por edad se da en ambos géneros, pero en las mujeres el tema es mucho más determinante porque trasciende lo físico, limitando su participación en varios aspectos: incursión y crecimiento laboral, conductas socialmente aceptadas (actitudes, ropa que “debes” o no usar, cortes de pelo “para tu edad”), y hasta el plano romántico. 

Como bien dice Chimamanda Ngozi Adichie en Dear Ijeawele, cuando una norma social afecta desproporcionadamente a un género o una característica nos parece mucho más negativa en el caso de un grupo en particular, no es solo la norma o la característica lo que estamos atacando, sino al grupo directamente. Y es que seguimos viviendo en una sociedad que penaliza mucho más a las mujeres por envejecer, y esto claro que genera una especie de neurosis colectiva contra el paso del tiempo. Y es que da la impresión de estarnos enfrentando a una inminente devaluación. ¿Pero por qué nos hemos dejado llevar por la idea de que tenemos una fecha de caducidad, que llegar a cierta edad nos vuelve obsoletas o invisibles? 

Sería ingenuo menospreciar la influencia de la gran industria de los productos anti edad que se desarrolla de la compulsión de desaparecer los rastros del paso del tiempo, pero para empezar, el hecho de que exista un nicho para estos productos dice que hay algo que va más allá de lo físico. Según Lyn Slater, una profesora de sociología que a los 65 años creó su cuenta de Instagram “Accidental Icon” y ha ganado más de 600K seguidores, la presión de la edad comienza a los 25 años, especialmente por la ansiedad social de llegar a los 30. Lo que plantea es que esta presión se da primero por un tema estético al tener como estándar de belleza un rostro de 18 años, pero el trasfondo es realmente social, con las expectativas impuestas (y autoimpuestas) de alcanzar una versión de éxito en diferentes aspectos de la vida. El ideal varía para cada persona pero incluye más o menos lo mismo: trabajo exitoso, pareja, estabilidad financiera, círculo social activo, etc. Buscamos con mucha prisa convertirnos en ese ser mítico que lo “tiene todo” (aunque sea francamente irracional), de sacar el mayor provecho de la juventud, como si después de un cumpleaños fuéramos a pasar un umbral después del cual estaríamos limitadas y habría que “aprender a comportarnos”. 

Y es aquí cuando pequeñas acciones como la participación de la modelo JoAni Johnson en el desfile de Fenty, el pelo gris de la novia de Keanu Reeves o darle el papel protagónico de una película a una mujer de más de 50 años se vuelve casi un acto de resistencia. Hollywood, nos guste o no, tiene un rol muy importante dentro de la cultura pop y las tendencias que muestra tienden a representar o a influir en la sociedad. En el caso de la edad, es sabido que las actrices al llegar a “cierta edad” empiezan a perder papeles, mucho antes que en el caso de sus colegas actores. Mientras que las mujeres van desapareciendo del ojo público, muchos actores siguen interpretando el “interés romántico”, ahora con actrices más jóvenes. 

(Pudding, https://pudding.cool/2017/03/film-dialogue/?fbclid=IwAR0s8deJ2x0-ujcl_oqA2VblKPJbrp2iQymI3fXBIT0jYGYEFhEbizDQwpA)

Y es aquí cuando un hecho trivial como quién es la novia de Keanu Reeves, toma relevancia. Keanu se ha ganado la reputación de ser el “buen tipo” de Hollywood, por lo que la noticia de que estuviera saliendo con una mujer dentro de su rango de edad (Alexandra Grant, que dicho sea de paso es 9 años más joven) fue aclamada por la prensa y redes. Pero el tema realmente es, ¿por qué celebramos tanto éste hecho cuando no parece ser nada extraordinario? 

La cosa es que al compararlo con otros actores de Hollywood como Leonardo DiCaprio (cuya novia tiene 22 años menos) o Dennis Quaid (40 años de diferencia con su futura esposa que curiosamente tiene la misma edad que Meredith Blake en Juego de Gemelas) resulta ser la excepción y no la regla. Las relaciones entre parejas del mismo rango de edad entre celebridades (especialmente cuando el hombre es mayor a 40) son tan esporádicas que se han convertido en un objeto de fascinación y curiosidad. 

Con esto no quiero decir que estén del todo mal y esto no implica para nada quitar agencia a las mujeres en dichas relaciones pero vale la pena cuestionarnos por qué nos parece tan normal y por qué (casi en 2020) si se tratara de mujeres mayores/hombres menores, sería tan escandaloso. 

El estigma de la edad en la mujer es un tema que tiene varias aristas. La falta de representación en películas, publicidad, y puestos gerenciales, la limitante a participar en ciertas dinámicas sociales y la presión para aparentar ser más jóvenes son diferentes caras de la misma moneda. Las arrugas, el pelo gris y demás rasgos de la edad, son presentados como limitantes para el desarrollo social, el éxito empresarial y el ejercicio de la sexualidad. Es por eso que ver personajes como Iris Apfel, Jane Fonda, o Christine Lagarde en puestos de poder o de gran visibilidad, es muy refrescante, inspirador, y necesario.

Todo esto, lo digo desde un lugar un poco hipócrita, arrancándome cualquier vestigio de cana y pensando en comprar una crema de ojos. Pero aún me falta mucho por evolucionar y creo que es algo que como sociedad debemos cuestionar. Solo hablando, por incómodo que sea, podemos empezar a cambiar paradigmas que alienan a un grupo social. Se podría decir que es una forma de activismo social tomar una actitud libre de prejuicios de la edad. Ejerciendo la libertad de elegir: mostrando, tapando, pintando o dejando al natural y dándonos la oportunidad de desvincular la idea de que solo hay belleza en la juventud y que la belleza es la moneda de cambio en la sociedad. 

Con todo esto no quiero decir que esté mal pintarse el pelo, cubrirse las canas o usar cremas anti-arrugas. El punto realmente es saber que tenemos la libertad de escoger qué es lo que nos gusta y nos hace sentir bien, sin que esto esté basado en una presión social o se convierta en un elemento de discriminación. Al final la verdadera libertad está en poder elegir, en cuestionar la necesidad de mantener la juventud a cualquier costo, en entender que “envejecer con gracia” es tener la libertad de vivir tu edad como tu elijas. 

Detonador de conversación – ¿Preferirías poder viajar al pasado o al futuro? 


Sobre la autora:
Fernanda Zamora es comunicóloga, maestra en política pública. Ha trabajado haciendo investigación en temas de políticas de innovación, política social y justicia restaurativa, entre otros. Como consultora de comunicación ha participado en el diseño e implementación de estrategias de comunicación para ONGs, sector público e iniciativa privada. Apasionada por los temas de equidad de género, innovación social y desarrollo. Lectora voraz, bailarina frustrada y adicta a los podcasts.
Está a favor de: Feminismo, empoderamiento e innovación. En contra de: Injusticia, intolerancia.



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