Sí… Otra vez Maduro


Ana María Islas

Nicolás Maduro inicia un nuevo mandato como presidente de un país que no tiene ni pies, ni cabeza, aislado y peleado con todo mundo… pero no hay gobierno previo al cual culpar por el desastre: sus propias decisiones llevaron a Venezuela al punto de quiebre en el que está hoy con las puertas de la dictadura abriéndose peligrosamente este 10 de enero.

En Venezuela no hay oposición, los que quedan, no pueden postularse a puestos de elección popular en los próximos 15 años… eso en el mejor de los casos, en otros, no pueden opinar en redes sociales ni declarar ante los medios de comunicación porque van a la cárcel.

Maduro inicia seis años más como presidente de Venezuela, un puesto heredado del célebre Hugo Chávez, aunque éste, no le dejó su carisma. Su débil liderazgo tuvo que abrirse paso ante una nación que acababa de perder a uno de los líderes revolucionarios más queridos de América Latina. Y él, eligió el camino del autoritarismo.

El inicio de un nuevo capítulo de la era Maduro contra todo lo que podrían indicar los pronósticos o incluso el sentido común, se explica en un país en donde no hay contrapesos al poder de un presidente, en donde la sociedad está tan polarizada que quienes lo aman están dispuestos a defenderlo “fusil en mano” y quienes lo odian están dispuestos a caminar hasta un mes para llegar a otro país que los aleje de la “Revolución Bolivariana”.

Desde el primer año de su gobierno, en 2013, Maduro comenzó a implementar medidas para cercar a la oposición, desde violentas represiones en las calles a las voces que se alzaban exigiendo comida, pero también democracia y justicia, hasta el intercambio de señalamientos y ruptura con organismos multilaterales como la OEA.

El presidente venezolano ha recurrido al discurso de la división y del patriotismo llevado al límite en donde todos los demás son los enemigos, sus argumentos: una guerra económica orquestada desde Estados Unidos; una oposición apoyada por Colombia, Chile e incluso México y, un mundo que no entiende que los venezolanos, sí lo quieren.

Sin rastro alguno de vergüenza por los casi 170 muertos en las protestas de 2017 cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo y nos hicieron voltear la mirada a Venezuela, ni por los 288 presos políticos que ha mandado callar o los 3 millones de venezolanos que han huido del país en un éxodo que puso a temblar a la región, Nicolás Maduro acude este jueves a jurar para un puesto al que fue electo por 6 millones 190 mil venezolanos (no los diez millones que había presumido).

Maduro no solo aplastó a la oposición, también aniquiló el interés del votante fomentando una indiferencia peligrosa para la moribunda democracia venezolana: en mayo solo 46 por ciento de los venezolanos participaron en la elección presidencial -a la que se presentó prácticamente sin oposición- en un país donde históricamente la participación se acerca al 80 por ciento.

El presidente inicia un nuevo mandato al mismo tiempo que Venezuela entra a su sexto año consecutivo en recesión económica y con una hiperinflación estimada para este año en 10 millones por ciento, hay más ojos vigilando desde afuera y menos amigos en la región, más voces en contra y menos espacio bajo el tapete para esconder los escombros del país que recibió hace seis años.


 

Sobre la autora:

Ana María Islas es mexicana, feminista y aguacate lover. Lleva 14 años trabajando en medios de comunicación y cinco años engañándose con tocino vegano. A favor de: derechos humanos, justicia y libertad de elección. En contra de: el patriarcado y la cerveza light.

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