Sobre el E-Waste y nuestros 7.3 Kg


Por: Alejandra Guraieb

Twitter: @Ale_Guraieb

Comprar algo nuevo puede generar alegría. Para muchos windowshoppear, ir de compras al centro comercial o estrenar un gadget son experiencias placenteras. A veces compramos cosas por gusto, por moda o para regalarnos un “lujito”, otras veces por necesidad o porque algo se descompuso y hay que reemplazarlo. Si bien comprar algo nuevo per se no es malo, el ritmo acelerado al que compramos y desechamos productos está generando graves consecuencias ambientales y sociales que merecen nuestra atención (o al menos un pedacito de la atención que le ponemos a la búsqueda de gangas en el Buen Fin). 

 

Este 14 de octubre es el Día Internacional de los Residuos Electrónicos (si, ¡hay un día internacional para todo!) y por ello, es un buen día para reflexionar un poco sobre nuestras conductas de consumidor y sobre el llamado E-Waste. La definición tradicional de E-Waste engloba a los productos desechados que cuentan con batería o enchufe. Estos objetos probablemente hacen más feliz y sencilla nuestra vida, pero ¿qué pasa después de la suya? Alguna vez has pensado ¿qué pasará con tu smartphone viejo si lo tiras a la basura?, ¿reciclarán la TV que sacaste porque ya no sirve?, o ¿dónde acabará tu tostador cuándo ya no funcione? Estas preguntas que podrían parecer triviales son en realidad muy importantes.

 

Según el estudio Global E-waste Monitor 2020, en el año 2019 se generaron 53.6 millones de toneladas métricas de residuos electrónicos a nivel global. ¡Esto es el equivalente al peso de 4,500 Torres Eiffel al año! El tema es que desechar una computadora vieja no es lo mismo que tirar a la basura un cuaderno usado. El E-Waste mal manejado tiene importantes consecuencias en el medio ambiente y puede afectar la salud de la gente que tiene contacto con ese tipo de residuos. 

 

Los desechos electrónicos contienen ciertos aditivos tóxicos y/o sustancias peligrosas tales como mercurio, retardantes de llama bromados (BFRs), clorofluorocarbonos (CFCs), hidroclorofluorocarbonos (HCFCs), plomo, berilio, arsénico y bifenilos policlorados (BPCs). Además, el E-Waste no es biodegradable y con el desgaste se va acumulando poco a poco en la tierra, el aire y en cuerpos de agua, afectando al medio ambiente. Por otro lado, expertos explican que la quema de este tipo de desechos a cielo abierto expone a los trabajadores de los vertederos y a las comunidades cercanas a elementos tóxicos que pueden causar distintos tipos de cánceres, abortos y daño neurológico. 

 

Si bien es responsabilidad primordial del gobierno asegurarse de que se le de una adecuada disposición final a los residuos electrónicos, la realidad es que en términos prácticos el ritmo al que se está generando el E-Waste hace casi imposible que los gobiernos tengan capacidad para supervisar y/o gestionar su tratamiento adecuado. De hecho, según el referido estudio el pronóstico es que para el año 2030 se genere anualmente casi el doble del E-Waste que en 2015. En otras palabras, cada año el manejo de estos desechos se vuelve un reto aún más grande. En cuanto al reciclaje, en 2019 sólo el 17.4% del E-Waste mundial generado ese año se recicló, así que creer que todos los productos electrónicos que tiramos a la basura se van a reciclar es, al menos hasta hoy, una fantasía. Frente a estos datos, sin duda, lo mejor que podemos hacer es prevenir la generación de más E-Waste.

 

En promedio, la generación de E-Waste per cápita anual es de 7.3 kg. ¡7.3 kg de chatarra electrónica al año! Desechos que quién sabe dónde acabarán. Esta cifra es tan alta, en parte, porque muchas empresas ofrecen deliberadamente productos con un tiempo de vida corto y pocas posibilidades de reparación. A esta cruel táctica que afecta a los consumidores y al medio ambiente se le conoce como “obsolescencia programada” (un ejemplo gráfico y muy molesto es cuando actualizas el software de tu celular y de pronto la batería ya no dura). 

 

Si bien la cultura del throw-away puede parecer imparable y la lucha contra la obsolescencia programada inútil, como consumidores hay mucho que podemos hacer para reducir nuestra huella de E-Waste. Para empezar, la próxima vez que estemos a punto de comprar un nuevo smartphone, o una nueva máquina de café o una nueva laptop, preguntémonos: 

 

  • ¿Realmente necesito esto? 
  • ¿Lo estoy comprando porque está de moda? 
  • ¿Lo compro porque el modelo que tengo se ve viejo? 
  • ¿Puedo reparar mi objeto o necesito uno nuevo? 
  • ¿De dónde vendrán sus materiales? 
  • ¿Tiene garantía de calidad?
  • ¿Cuánto tiempo me durará?
  • ¿La empresa tiene política de reciclaje? 
  • Si lo compro y se descompone, ¿será fácil repararlo? 

 

Estas son solo algunas preguntas que nos pueden ayudar a ser consumidores responsables, pero hay muchas otras acciones tales como donar productos que aún funcionan y buscar centros de reciclaje en nuestras comunidades. En conmemoración al Día Internacional del E-Waste reflexionemos sobre esta problemática, pensemos en soluciones y volvamos trendy el hashtag #zerowaste, en lugar de coleccionar todos los modelos de smartphone. Esto, porque la crisis ambiental global ya no permite deslindarse de esos 7.3 kg. Al menos no con una conciencia limpia. 

 

Nota desmitificadora: Uno pudiera creer que el E-Waste es chatarra que no vale nada, pero la realidad es que la basura electrónica está lejos de ser basura. Según la ONU, tan sólo en 2019 se quemaron o desecharon residuos valuados en 57 mil millones USD por sus componentes recuperables de oro, plata, cobre, platino y otros materiales raros y/o de alto valor.

#zerowaste #EWasteDay


Sobre la autora:

Alejandra es abogada egresada de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México de donde se graduó con el reconocimiento Excelencia Académica. Se ha enfocado en la práctica del derecho ambiental. Cuenta con una Maestría en Políticas Públicas Ambientales con especialidad en energía por el Instituto de Estudios Políticos de París – Sciences Po. Durante sus estudios de Maestría realizó prácticas profesionales en el Secretariado de las Naciones Unidas para el Cambio Climático en Bonn, Alemania. A favor de: la economía circular, la acción climática, la sencillez, la transparencia gubernamental y la igualdad de género. En contra de: la impunidad, la intolerancia, las economías altamente carbonizadas, la incompetencia y el materialismo desmedido.

 




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