Strange Days


Eduardo Navarrete

@elnavarrete

Para leerse con: “I Can’t Hardly Wait”, de Juliette Lewis

 

En 1995 me maravilló una película que, en retrospectiva, ni fue tan buena ni generó gran taquilla, pero tuvo el valor de intentar adivinar el futuro.

En ella predominaban el lenguaje cromático de una realidad preapocalíptica, en espera de algo sin precedentes (¿cuántas veces en la última semana has leído o escuchado esta frase?): el año 2000.

La venta de experiencias digitales a manera de droga vuoyerista con el fin de, por unos instantes, vivir una realidad ajena, era la premisa que, sin la menor pista, guiñó el ojo a la Realidad Virtual.

Dos actores nada malos, Ralph Fiennes y Juliette Lewis, propondrían un acelerado conteo regresivo hasta que el 2000 los alcanzó y vieron que nada había estallado, salvo las creaciones humanas con el único afán de escapar de su realidad.

Veo al menos tres características de las películas futuristas que las vuelven irresistibles: la descripción de la noción de futuro, la distancia que opera entre la nueva realidad y la actual y las estrategias de adaptación.

Seguramente lo pensaste mientras las leías. Ni es una película, ni una ficción estilizada. Aquí estamos, discutiendo lo mismo.

¿Qué es el futuro?

Explicar lo invisible siempre ha fascinado y decepcionado. Es un trabajo artesanal en el que se convierte lo intangible en algo avizorado, pero aún etéreo y esa puerta que apenas dibuja el fulgor de lo desconocido solo puede alimentar la emoción y el recuerdo de la propia misión del ser humano: avanzar, trascender fronteras.

Hay quien se debate en torno de la existencia del tiempo o su mera construcción funcional para medir algo que llega a ser indefinible. No hay tiempo para hablar de eso ahora.

En cualquier caso, el futuro es una noción que inquieta, inspira y también sorprende por la característica de su eventual y segura aparición.

Mientras lees estas letras, cientos de periodistas, científicos, psicólogos, antropólogos sociales, físicos, ingenieros, tecnólogos y personas que juegan a ser futurólogos, tratan de adivinar, como en la película de la que hablo, cómo será el futuro.

Por un lado, apuestan a escenarios optimistas postpandemia, en los que difícilmente creen que cabría un estado diferente cuando al final de una cuarentena se abran las puertas.

Se pondera también el cambio de rol de la tecnología en la vida cotidiana y la urgencia de bajar los temas de ansiedad ligados a los diversos agentes de presión que de aquí se disparan.

Hay quienes piensan que las nuevas comunidades digitales llegaron para quedarse y quienes levantan la mano en torno de los serios temas de privacidad asociados.

Otros autores aseguran que a partir de esta pandemia se dará un boom en la innovación y en la creatividad, como cualquier agente sometido por cierto tiempo a una contención, el resultado será una explosión creativa en diferentes industrias y categorías.

También se asoma una nueva corriente en la construcción: se trata de los destinos a prueba de cualquier desastre. Con todas las comodidades, para ampliar el diámetro de tu burbuja.

Otro ángulo interesante es el de la agricultura regenerativa como urgente e inmediata acción para asegurar sustentabilidad a la cadena alimenticia que pende de un hilo.

De la mano se está previendo una tendencia de consumo antiexceso, en el que un principio de conciencia y responsabilidad dispare la capacidad de moderar los hábitos.

Se habla ya de la arquitectura de bienestar, misma que concibe espacios destinados al trabajo y la vivienda, con módulos pensados en la revitalización necesaria para compensar el desgaste diario.

Y así, hay ideas del futuro que responden a la necesidad de encontrar el episodio que sigue más rápido. Sea por la urgencia de saltar de este presente o para llegar antes y aprovechar dicha anticipación.

Después de todo, no creo que importe tanto adivinar el futuro, como saber habitar el presente.

Los días no son extraños sin que alguien los designe así. Todo mundo tenía tiempo. Vivían menos, pero felices. Hoy, la rueda de un hámster podría definir la experiencia en la que se corre por expectativa. Hasta que es demasiado tarde como para hacer algo distinto.

Faith Justin, uno de los personajes de Strange Days pregunta en la película: “¿Sabes por qué las películas son mejores que la realidad? Porque el volumen de la música sube, aparecen los créditos y siempre sabes que la misma terminó. SIEMPRE.”

Serán días extraños mientras sigamos interpretándolos así.

 


Sobre el autor:

Eduardo Navarrete es un periodista, fotógrafo y administrador público que se apasiona por los contenidos. Condujo equipos en Grupo Reforma, Grupo Medios, Televisa y Cultura Colectiva. Participa en una iniciativa de acompañamiento a empresas para formar equipos de alto desempeño desde la atención plena y recién fundó una empresa de generación y curaduría de contenidos transmedia.

Mercedes Migoya61 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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