Tiempos post-COVID-19, ¿América Latina pobre o… ¡pobre América Latina!?


Andrea Navarro

 @andie_nr

 

En tiempos de pandemia mundial, muchos analistas y líderes de opinión han abierto la discusión sobre el triste panorama que les espera a las sociedades latinoamericanas (incluyendo a México) en un escenario post COVID-19.

Es bien sabido que desde que el nuevo virus llegó a la región, para la mayoría de los latinos que viven al día, la estrategia #MeQuedoEnCasa no es más que un espejismo difícil de cumplir. Prueba de ello es que, en días recientes, América Latina registró un acelerado crecimiento en contagios por COVID (cerca de 1 millón de casos registrados y más de 50 mil muertes, de acuerdo con la Universidad J. Hopkins) y no es precisamente porque sea el continente “menos disciplinado” en respetar la cuarentena.

Si bien los países latinoamericanos viven una recesión mundial, agravada por la tendencia de varios gobiernos a politizar el fenómeno COVID (en Brasil, México y Bolivia, incluso se usa como estandarte de pelea entre la “oposición” y las administraciones en turno),  pareciera que enmedio de la crisis sanitaria, los que menos tienen son los “indisciplinados”. Esas personas que han quedado a su suerte, dado que ni el gobierno ni el sector privado -y mucho menos la sociedad- las ven con buenos ojos, o si las ven, es teniendoles lástima.

Esa sociedad apartada que incumple la instrucción del confinamiento, más allá del espectro clasista y racista en el que se encuentra, corresponde a aquellos que no pueden “respetar la cuarentena” ni las indicaciones de sus patrones y autoridades simplemente porque ellos sí se ven obligados a salir de sus casas -al igual que el personal de salud- para poder llevar alimento y pagar las cuentas de sus hogares, pese a arriesgar sus vidas y la de sus familias. Esto debido a una gran ola de desempleo tanto formal como -sobre todo- informal.

Mucho se ha escrito sobre el enorme desafío que representa para la región el hecho de que la mayoría de su población viva de un solo ingreso, dependa de trabajos informales y que, además, se encuentre en la línea de la pobreza y pobreza extrema, dejando esta realidad para las actuales y futuras generaciones. Sin embargo, la crisis sanitaria ha puesto al descubierto que, a pesar de los cuantiosos esfuerzos de la sociedad civil y de los gobiernos desde hace décadas, muy poco se ha logrado en los últimos años para sacar a la mayoría de los latinos de la línea de la pobreza, y que además se han estancado las estrategias para mejorar las condiciones de trabajo, calidad de vida y bienestar social, pues pareciera que “la prioridad” ya no es seguir manteniendo a la América Latina pobre. Empero, ¿qué tan cierta es esta hipótesis?, ¿será una regla general y no existe ningún país que rompa con la tendencia?

En un primer momento, la respuesta es no. Para países como Chile, Colombia, Paraguay (e incluso, para los más afectados por los contagios como Perú) el impacto económico podría no ser tan grave pues son naciones que, además de gozar con diversas oportunidades de inversión por su estabilidad gubernamental, red de tratados internacionales y buen manejo de la crisis sanitaria, en la última década han destacado en los rankings internacionales por su potencial como economías dinámicas y como incubadoras de emprendimientos. No obstante, aunque parezca que la sociedad latinoamericana tiene pleno potencial para idear y poner en marcha nuevos negocios que, al mismo tiempo, contribuyen (en cierta medida) al sector informal de trabajo -al ser pequeños negocios que no realizan contratos formales para sus empleados de menor rango-, la realidad es totalmente distinta.

En un reciente informe sobre emprendimiento en América Latina, el Banco Mundial indicaba que la región tenía “muchas empresas y poca innovación”. Este hecho tal vez sea una pista del porqué entre el 59% (en Colombia) y el 75% (en México) de los nuevos negocios fracasan en el primer y segundo año de operación (El Financiero, 2016). Es decir, si podemos interpretar estas situaciones, América Latina es una región con mucho potencial para generar autoempleo pese a sus grandes índices de pobreza y bajo grado de estudio, pero a su vez no cuenta con la capacidad (ya sea por cuestiones burocráticas, financieras o por falta de constancia) para que sus proyectos puedan ser sostenibles y contribuyan a la creación de empleos formales para la población especialmente vulnerable. 

Además, es aún menor el porcentaje de esos “nuevos” negocios que incluyen en sus proyectos “innovadores”, el empleo y la capacitación de la gente que se encuentra por debajo de la línea de la pobreza. En ese sentido, incluso los pequeños empresarios, interpretan que la mejor manera de ayudar es mediante un acto humanitario y de caridad -con claros beneficios en sus obligaciones financieras. El hecho de que los empresarios prefieran “donar” parte de las ganancias “para apoyar” a dicho sector pobre, en lugar de hacerlo parte de su proyecto y resolver la brecha de la América Latina pobre, contribuye a solidificar aún más esa idea lastimosa y paternalista de la región.

Es así como, desde el mismo centro de emprendimiento latinoamericano, se siguen manteniendo las viejas prácticas y modos insostenibles -cero innovadores- para reactivar la economía y el empleo. Se cree que los proyectos emprendedores para la generación de empleos “únicamente” se pueden lograr con: los apoyos gubernamentales (que escasean dependiendo del tipo de gobierno en turno), préstamos bancarios (con altas tasas de interés, y estrictas condiciones para el emprendedor y PyMEs), o a través de las famosas “organizaciones sin fines de lucro” (que no hacen más que -con sus excepciones- seguir dando caridad a las comunidades que ”lo requieren” y no realmente es lo necesitan). Sin embargo, no puede seguirse entendiendo de la misma manera dicho comportamiento “emprendedor” por las generaciones que hemos sido testigos del Gran confinamiento, y que probablemente nos encontramos en una crisis financiera dentro de nuestros hogares.

Por tanto, si desde la sociedad capaz de invertir, de crear, de generar empleo y -muy posiblemente- de innovar con productos y servicios que pueden llegar a ser exitosos, se crea una nueva forma de concebir un escenario post COVID-19 a partir del emprendimiento funcional (realmente participativo y solidario) con los que menos tienen y con los que más lo necesitan, es casi seguro que para la región le será más fácil salir de la brecha de pobreza generalizada, e incluso ayudará a generar una especie de estrategia efectiva para que, en el futuro, la población ahora vulnerable no lo vuelva a ser cuando se presenten nuevas y más fuertes crisis sanitarias. 

Abandonando el discurso victimista de Eduardo Galeano de la “¡pobre América Latina!” (explotada, ultrajada, etc.), debemos pensar que, en un escenario post COVID-19, se puede motivar un pensamiento emprendedor realmente solidario, construido con la fuerza de trabajo de “los de abajo” y enseñándoles una lógica emprendedora para que -en el futuro- América Latina se reconstruya a partir de sus propios recursos y de sus propios conocimientos.

 


Sobre la autora:

Andrea Navarro es internacionalista, especialista en marketing digital y administración pública. Ha escrito columnas de opinión sobre diversos temas de política nacional y exterior. Es analista de temas de actualidad como: feminismo, plataformas digitales  y FinTech, comercio electrónico y emprendimiento. Ha sido asistente de investigación en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, así como Coordinadora de Comunicación y Difusión del Centro Tepoztlán. Está a favor de: la libertad, la igualdad y equidad de género. En contra de: la indiferencia, la injusticia y el extremismo político e ideológico.

Mercedes Migoya61 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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