Una sola China


Mercedes Migoya

@mercedesmigoya

 

*Texto e ilustración publicados originalmente en Hotbook News

El 2019 empezó con una gran noticia para China: a primera hora del 3 de enero, la sonda Chang’e 4 aterrizó en la cara oscura de la Luna, demostrando que Pekín está a la altura de otras potencias espaciales como Washington y Moscú. Semanas antes, las noticias que salían del gigante de Asia no eran tan positivas: los campos de reeducación se habían convertido en campos de trabajo.

A finales de diciembre, varios medios occidentales reportaron que en la provincia de Xinjiang, en el noroeste del país, el gobierno de Xi Jinping estaba creando campos de trabajo en los que producía ropa de marcas estadounidenses. Según Pekín, los campos le ofrecen a los prisioneros capacitación y empleo, así como una salida de la pobreza, pero para otros países, este sistema no es más que una forma de justificar la creación de campos de trabajos forzados.

Para entender la situación hay que remontarnos a 1933. Ese año, la región de Xinjiang, una provincia que tiene 5 veces el tamaño de Alemania, se independizó, pero su libertad duró poco, ya que en 1945 volvió a ser parte de China. El tema con Xinjiang es que tiene alrededor de 10 millones de musulmanes, más que ninguna otra parte del país, y desde entonces, Pekín los ha perseguido con el objetivo de que abandonen su religión y se integren al estilo de vida que impulsa el Partido Comunista.

Aunque el problema entre China y Xinjiang es conocido desde hace décadas, el tema volvió a la agenda internacional en abril de este año, cuando unas imágenes satelitales demostraron que en algunas zonas de la provincia, donde en 2014 no había más que desierto, se habían construido algunas estructuras. Con los meses, salió a la luz que estos lugares son campos de reeducación en los que el Estado está mandando a grupos de personas, principalmente musulmanes turcos, a aprender los valores del Partido Comunista.

De acuerdo con un reporte de Human Rights Watch, el Gobierno está deteniendo arbitrariamente a ciertas personas por su religión y después las lleva a estos lugares donde tienen que hacer todo tipo de cosas. Desde cantar canciones que alaban al presidente, a China, a su filosofía y a algunos de los padres de la República, hasta recibir castigos por no hacer caso. Algunos de los detenidos no pueden comunicarse con el exterior, rezar o hablar en sus propias lenguas.

La situación se ha agravado en los últimos meses, pues al parecer, los campos de reeducación se han convertido en campos de trabajo en los que la gente tiene que hacer distintas labores por sueldos mínimos. Además, en los últimos 4 años, China ha detenido a más personas y ha aumentado la seguridad en Xinjiang instalando cámaras con inteligencia artificial y permitiendo que algunos policías vivan en las casas de ciertas familias.

Esta situación ha hecho que miles de musulmanes de Xinjiang huyan a otros países y que otros tantos pierdan contacto con sus familias pues una vez que salen, China complica mucho su regreso. Además, los que se quedan dentro tienen prohibido hablar con sus familiares en el exterior.

La situación es preocupante pero Pekín defiende todas sus acciones, argumentando que los campos son un lugar de oportunidades. A finales de diciembre, poco después de que se supiera del trabajo forzoso, China inició una campaña por televisión, en la que varias personas de los campos dicen los beneficios que han tenido desde que entraron ahí. Mientras tanto, algunos países y la ONU han tratado de presionar para que se cierren estos espacios, pero no han logrado nada en concreto.

A principios de enero, Pekín empezó a trabajar en un plan quinquenal para “hacer más chino el islam” pero de momento no ha dado a conocer muchos detalles. Lo que se sabe es que es un proyecto de ley, que ya fue presentado a varias asociaciones islámicas locales y se empezará a aplicar este mismo año.


Sobre la autora:

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción y la burocracia.

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Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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