Violencia cotidiana


Fernanda Zamora

@Fer_ZamoraR

 

“La primera vez que lo vi me pareció el hombre más carismático y atento que había conocido en mi vida. No sé explicarlo muy bien pero tenía una forma de hacerte sentir muy especial, poniendo atención a los detalles y haciéndote sentir realmente tomada en cuenta. Pero ese brillo era muy volátil, podía ser el más encantador un minuto y el siguiente era muy crítico, se molestaba por algo que yo había hecho, siempre sentí que yo de alguna forma lo provocaba. Los problemas empezaron con cosas pequeñas, llaves que desaparecían, un mensaje que me llegaba en la noche, discusiones por mis amigos, mi familia o mi trabajo. Empecé a sentirme intranquila, inestable, sintiendo que era mi culpa, porque eran cosas que yo podía controlar. Pensé que debía demostrarle más interés, que supiera lo comprometida que estaba con la relación, trataba de hablar menos con mis amigos y familia cuando él estaba, y así evitar conflictos. Ni mi familia ni amigos sabían de esto porque yo misma me negaba a aceptar que algo estuviera pasando. 

Poco a poco fui dejando de hacer cosas para no incomodarlo, lo amaba y eran pequeñas cosas que podía hacer para que todo funcionara bien. Siempre pensé que estaba actuando con sensatez, que yo podía hacer un esfuerzo porque era más madura emocionalmente. Pensaba que su humor y su bienestar eran mi responsabilidad, y por consecuencia su enojo era mi culpa. Lo que no te dicen es que cuando vas soltando poco a poco quien eres, vas perdiendo tu identidad, crees en las mentiras que te dicen y que tu sola te repites. Dejas de creer que puede existir un mundo en el que no estén juntos. 

La primera vez que me empujó fue regresando de una cena. Los dos habíamos tomado de más y me reclamó por haber estado hablando con uno de sus amigos. En medio de la discusión, me sacudió de los hombros y me aventó a la pared. Entre mi incredulidad y la culpa que pareció sentir unos minutos después, pensé que se trataba de un “accidente”, que no calculó bien su fuerza. Unos meses después volvió a pasar, pero esta vez la disculpa no fue inmediata. Buscaba justificaciones, tratar de entender exactamente qué había hecho yo para detonarlo, y cómo podría evitarlo en el futuro. Pero aún con las disculpas, justificaciones, y las ganas que tenía de que todo fuera como al principio, no lograba dejar de sentirme mal con todo el tema. Lo más fuerte era la vergüenza, me daba mucha pena pensar que me estuviera pasando algo así, que al final él tenía razón y yo sacaba lo peor de la gente. En una cena me animé a contarle a una amiga y le aseguré que, aunque había sido solo unas cuantas veces, iba a terminar con él. 

Pero nada era tan fácil. Él era el amor de mi vida, nos habíamos casado dos años antes y habíamos hecho un compromiso, y como nos habían dicho varias veces, el matrimonio no es fácil. Dejé de hablar con esa amiga después de contarle y decidí no contarle a nadie más, lavar mis trapos sucios en casa. Las humillaciones y las agresiones fueron cada vez más recurrentes, cada vez más difíciles de esconder. Fue hasta que un día, sin querer vi un mensaje de otra mujer en su celular, que decidí terminar todo. Es muy curioso lo que puede llevarnos al límite. Para mi, esto fue como despertar, al final yo estaba haciendo todo porque mi matrimonio funcionara. Me fui a casa de mis papás, no sin antes una discusión en la que terminé con la muñeca rota. Gracias a Dios yo tenía una red de apoyo familiar que, aunque estaban muy sorprendidos, me apoyaron y me sacaron adelante pero son muy pocas quienes tienen acceso a eso. Han sido meses de terapia pero creo que un día voy a estar mejor.” 

Este testimonio es más que una historia, es la vida cotidiana de miles de mujeres en México y el mundo. De acuerdo con datos de la OCDE, en México el 47% de la población femenina ha sufrido violencia física o sexual por parte de una pareja en algún punto de la vida. Pero el problema está tan enraizado culturalmente que en el país el 5% de las mujeres considera que el hombre tiene derecho a golpear o castigar a la mujer en ciertos casos. Esto, claro, tomando en cuenta que la violencia doméstica es uno de los crímenes menos reportados y cuantificados. Los estigmas sociales, así como un machismo sistemático en las instituciones, obstaculiza la atención a tiempo en muchos casos, resultando en 137 mujeres asesinadas por sus parejas/familiares cada día a nivel mundial.

Hemos internalizado tanto el estigma alrededor de la violencia doméstica, que tendemos a ver el hecho como algo que le pasa a otros, que obedece a ciertos patrones de conducta o de personalidad. Claro que hay factores que hacen que ciertas personas sean más propensas a caer en ciertas dinámicas violentas, pero decir que son ellas las que atraen estos comportamientos por la razón que sea, es perpetuar un sistema machista que culpa a las víctimas. Al final es un fenómeno transversal, que afecta a distintas mujeres sin discriminar por edad, ingresos, nivel educativo o recursos, nada nos exenta. El factor de la vergüenza mencionado en el testimonio, así como la normalización de la violencia, son clave para entender por qué no se habla en los círculos cercanos. La ropa sucia que se lava en casa, intoxica a los que viven en ella. Es importante revisar nuestros propios comportamientos y esquemas de valores, deconstruir ideologías. Es curioso ver hasta qué punto normalizamos la violencia, en un afán de “entender la cultura”.

En promedio, una mujer en una relación abusiva pasa 37 eventos violentos y 7 intentos de terminar la relación antes de salir definitivamente de ésta. Al verlo desde una perspectiva externa y no entender las dinámicas de poder detrás del abuso físico, emocional o financiero podemos caer en la presunción de que es solo cuestión de decidir salir. Esta postura es bastante ingenua, sumada a que el momento de dejar una relación es cuando las mujeres y sus hijos están más expuestos a ser heridos gravemente o asesinados por el perpetrador.

Y es que aunque el 83% de la violencia doméstica es perpetrado contra las mujeres, este no es un problema exclusivamente femenino. Las concepciones sociales, como la percepción de “propiedad” del ser querido, son estructuras que reproducen estos patrones. (“Si no es mía, no será de nadie”) La idea del hombre fuerte, agresivo, temperamental, “de sangre caliente” está tan enraizada en la sociedad como la idea de una mujer delicada, un ser que necesita protección. Todavía más importante, es el concepto dañino de masculinidad que hemos creado culturalmente. El término “masculinidad tóxica” se ha utilizado una y otra vez pero es importante entender que la construcción y delimitación de ciertos comportamientos resulta nociva para todos.

En un estudio comparado hecho por Promundo a través de 40 países, con más de 70,000 entrevistas, se observó que los hombres que creían en la equidad de género, y en una versión no violenta de la masculinidad, eran más felices, saludables y tenían relaciones más sanas. Esto puede sonar como una obviedad, pero para lograr un futuro feminista de la masculinidad, se necesita que los hombres, y toda la sociedad en general, cambie los paradigmas de lo que significa ser un hombre y combata estereotipos de género dañinos para la sociedad.

Es clave notar que la masculinidad tóxica no es algo con lo que se nace, es una construcción social que se crea a través de la experiencia. La violencia en hombres es algo que hemos considerado muy natural, con el 80% de los hombres/niños sufriendo violencia física durante la infancia (en escuelas, calles o en la casa). ¿Por qué nuestra respuesta debería ser distinta cuando en una pelea escolar los protagonistas son niños o niñas?

Según datos del estudio, entre el 20-40% de los hombres fueron testigos de violencia contra su madre, un evento traumático que normaliza la violencia y los hace 2.5 a 3 veces más propensos a tener este tipo de conductas con sus futuras parejas. Esto, más allá de ser una excusa, es una explicación de cómo estamos fallando como sociedad y gobierno al responder a un problema multifactorial desde la raíz. Atender la violencia infantil es de alguna forma atender la violencia de género.

Como país, tenemos un clara crisis cuando, de acuerdo con el INEGI, el 66.1% de las mujeres (30.7 millones) han enfrentado violencia de cualquier tipo, alguna vez en su vida. ¿A qué nivel de normalización de la violencia hemos llegado cuando las miles de historias diarias y los datos escalofriantes no son suficientes para despertarnos? ¿Y cómo es que en un mundo, en donde una de cada tres mujeres/niñas sufre violencia física o sexual a lo largo de su vida, la mitad de las mujeres asesinadas a nivel mundial lo hacen en manos de su pareja/familiar, y la violencia hacia las mujeres es más mortífera que el cáncer, podemos pensar que ya “se habló mucho del tema”?

Historias como la de Ingrid, la de Abril, y trístemente la de Fátima, son solo ejemplos de la violencia cotidiana en México y de cómo ésta debe ser un tema prioritario en la agenda pública. Aún queda mucho que decir al respecto cuando en cada uno de estos crímenes se sigue revictimizando y culpando a la mujer: por salir de la casa, por elegir a cierta pareja, por trabajar, por ser libres. No podemos seguir permitiendo que se nos castigue más por ejercer un derecho humano fundamental cuando los perpetradores se enfrentan solo con impunidad. La culpa no es de NADIE más que del criminal.

Con la innegable violencia sistémica que hay en la sociedad, la ineptitud de las autoridades, y la falta de tacto de los medios de comunicación, hemos aprendido a vivir con miedo, asimilando que la amenaza de violencia está latente en cada esquina. Porque aunque se emita un decálogo abstracto, la ausencia de datos y recursos destinados a atender estos temas, muestra clara falta de interés político en el tema.

Al final, pese a la intención, el decálogo debería verse menos como una lista de obviedades (francamente abstractas y un tanto misóginas) y más como un plan con acciones concretas y soluciones multidimensionales. Desde la creación de un sistema interseccional con una amplia gama de servicios en donde trabajen de forma coordinada la policía, el sistema de justicia (con una fiscalía especializada), el sistema de salud y seguridad social. Así como la consolidación de refugios, ofreciendo un salvoconducto, terapias y ayuda legal, entre otros. Un enfoque de género y de derechos humanos que permee en todas las etapas del proceso, empezando por capacitar y sensibilizar a las autoridades para evitar la revictimización y la retaliación. Dada la complejidad y múltiples facetas del problema, el proyecto debería integrar sistemas de inclusión laboral y financiera para mujeres, así como la integración de un curriculum con perspectiva de género en las escuelas que ayude a transformar los estereotipos de género y a prevenir conductas violentas.

La falta de acciones y las fallas en los protocolos invisibilizan el feminicidio y la violencia doméstica. Sin números para tener data, sin voces que cuenten su historia y tratando el problema como parte de una teoría política abstracta, estamos condenados a seguir repitiendo patrones. Porque las voces que se callan, son cuerpos que se entierran. 

Así que no, con 10 mujeres asesinadas cada día, no hemos terminado de hablar del tema.

“Alguien me dijo alguna vez que los hombres temen que las mujeres se rían de ellos. Las mujeres tememos que los hombres nos maten.” “Women’s Work” – The Handmaid’s Tale.

 


Sobre la autora:

Fernanda Zamora es comunicóloga, maestra en política pública. Ha trabajado haciendo investigación en temas de políticas de innovación, política social y justicia restaurativa, entre otros. Como consultora de comunicación ha participado en el diseño e implementación de estrategias de comunicación para ONGs, sector público e iniciativa privada. Apasionada por los temas de equidad de género, innovación social y desarrollo. Lectora voraz, bailarina frustrada y adicta a los podcasts.
Está a favor de: Feminismo, empoderamiento e innovación. En contra de: Injusticia, intolerancia.

Mercedes Migoya61 Posts

Mercedes Migoya es la directora de Contenido de Telokwento. Es internacionalista y ha desarrollado su carrera en medios de comunicación. Le interesa especialmente todo lo que tiene que ver con Medio Oriente y Seguridad Internacional. A favor de: varias libertades, especialmente la de expresión. En contra de: la corrupción, el abuso de poder y la burocracia.



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