Opinión Sánchez-Labrador y López Martínez | Carlos III | Commonwealth

Dios salve al rey, Dios guarde a la reina y Dios salve a las monarquías

Tras la muerte de Isabel II y la ascensión al trono de Carlos III, se plantea la duda sobre la importancia de las monarquías en la actualidad.

Ha concluido una época histórica para Reino Unido, la Mancomunidad de Naciones y para la humanidad en términos generales. Por siete décadas, el pueblo bretón vivió su segunda época isabelina; misma que se caracterizó por grandes avances tecnológicos y constantes cambios sociales. Durante el reinado de Isabel II, la sociedad se ha transformado tantas veces y en un sinnúmero de formas, que sería casi imposible comparar el mundo en el que inició su reinado con el mundo actual.

Tras la muerte de Isabel II y la ascensión al trono de Carlos III, se plantea la duda sobre la importancia de las monarquías en la actualidad. Es por esto que, días después de este acontecimiento, países como Australia y Nueva Zelanda han considerado la realización de diversos referéndums para terminar con “el colonialismo inglés” e instaurarse como repúblicas independientes de la Corona Británica. Estos movimientos políticos, siendo altamente desafortunados, y se deben de catalogar como insensatos e inapropiados dadas las circunstancias; ya que el periodo de luto no ha ni siquiera terminado.

No es una sorpresa que existan este tipo de movimientos, sobre todo por la baja popularidad que tiene el nuevo rey Carlos III y la reina consorte Camila. Esto aunado a la serie de escándalos en la que la familia real se ha visto envuelta recientemente. Estas ideas antimonárquicas, sin embargo, no provienen de una clara argumentación práctica y jurídica, sino de una ideología política de índole globalista que no considera las virtudes de un gobierno monárquico y los beneficios que trae a las naciones.

La idea de las monarquías modernas se desprende, de manera muy primitiva, de la “Teoría Política de la Historia” del pensador grecolatino Polibio. En dicha teoría se señala que las tres formas puras de gobierno: monarquía, aristocracia y democracia; se degradan y corrompen en: tiranías, oligarquías y oclocracias. Esto provoca cambios políticos constantes y muy dañinos para la sociedad. Polibio señala que la única forma en la que una Nación puede mantener un orden interno es combinando todas las formas puras de gobierno. Esta teoría, a pesar de ser estudiada, analizada y retomada por diversos pensadores en los siglos subsecuentes, denota verdad y razón.

Hay que entender que las monarquías modernas son monarquías parlamentarias o constitucionales en su mayoría; solo quedan un puñado de monarquías “absolutas” en el mundo. Al referirnos a monarquías parlamentarias o constitucionales, tal y como nos recuerda la Teoría de Polibio, encontramos las tres formas puras de gobierno, ya que existe un monarca, una aristocracia que se traduce a los poderes legislativos y judiciales, y finalmente una democracia donde el pueblo participa de determinadas decisiones.

A pesar de que muchos estudiosos tienen la concepción de que los monarcas actuales sólo tienen un papel meramente decorativo e inútil, esto no podría estar más alejado de la realidad. En primera instancia, el monarca funciona como un cuarto poder independiente del ejecutivo, el legislativo y el judicial. Siendo un contrapeso a estos y evitando que alguno de estos abuse de su poder o se atribuya cuestiones que no le corresponden. Esto no solo fortalece a las instituciones, si no que permite que haya un crecimiento hegemónico del Estado sin importar qué partido político sea el que gobierne. He aquí una gran distinción, ya que “el rey reina pero no gobierna”, esto es, en cuestiones constitucionales y políticas este no se verá involucrado o solamente lo hará cuando el propio marco constitucional así lo prevea.

Los monarcas también juegan un papel fundamental en la unidad y cultura de sus países. Ya que son los herederos y legítimos conservadores de la identidad nacional, así como sus tradiciones y costumbres. Siendo ellos los primeros en promover la herencia cultural y el bienestar social. Esto es ampliamente fundamentado, en cifras oficiales internacionales, ya que los países con mejores cifras en diversos estudios sobre el bienestar social —como lo es el Índice de Desarrollo Humano— son encabezados, en su mayoría, por monarquías. De la misma forma, en los países en que impera un sistema monárquico parlamentario o constitucional, existe mayor protección a los derechos humanos y mayor percepción de democracia; misma que presta terreno a una mayor libertad de expresión, imprenta, creencias; respeto a la propiedad privada; menores tasas de criminalidad y mayor sensación de seguridad jurídica.

Adicionalmente a esto, en varios estudios realizados por diversas agencias de investigación económica y política, como la cadena de telecomunicaciones SER o Antena3; con cifras oficiales de los egresos de varios países europeos, se ha llegado a la conclusión que es extremadamente más costoso mantener una República que una monarquía. En el año 2020, se hizo un estudio comparativo sobre la asignación de presupuesto para el sustento de la monarquía en el Reino de España, el Reino de Dinamarca y Reino Unido donde se les asignó 7.9, 39 y 45 millones de euros anuales respectivamente; mientras que los presupuestos para el sustento de la República Italiana fue de 228 millones de euros y la de la República Francesa de 112 millones de euros. Siendo así que una República es cuatro o cinco veces más costosa al contribuyente que lo que significaría una monarquía.

Claro está que existen excepciones a la regla y existen monarquías que no plantean una estructura social tan saludable. Esto se da sobre todo en las monarquías orientales como Arabia Saudita, Brunéi o Catar, donde los derechos fundamentales y las libertades personales son brutalmente reprimidas. Esto en gran medida es influido por el sistema cultural, donde existen grupos de personas que no gozan de los mismos derechos que los demás individuos en un contexto social; tal y como sucede con las mujeres, así como las y los niños.

En la actualidad, hay fuertes movimientos alrededor del mundo en favor de reinstalar un sistema monárquico por lo que este representa y por los beneficios que trae consigo. Un claro ejemplo de esto es el caso de Nepal, cuya monarquía fue abolida por el parlamento en 2007 en el golpe de estado socialista que puso fin a la guerra civil nepalesa. Esta decisión fue sumamente impopular, ya que la monarquía era aprobada por una considerable mayoría de la población y solamente un pequeño grupo apoyado por el Partido Comunista de Nepal (Maoísta) buscaba la conformación de una República. Otro caso en particular, lo podemos encontrar en Rusia, donde el movimiento que busca restaurar el zarismo de los Romanov crece en número y fuerza cada día; y en el caso de Rumania y Brasil, donde los herederos a la Corona trabajan dentro del gobierno y buscan la restauración de la monarquía, cuentan con el apoyo popular y de varias potencias extranjeras.

Las monarquías promueven un orden y determinadas usanzas que benefician enormemente a la población, a la cultura y a la economía. Por mucho tiempo se ha mantenido la tesis que las monarquías son negativas, costosas y anticuadas; esto estando alejado de la realidad, desde un punto de vista político. Ejemplos claros como el Reino de Suecia, el Reino de Dinamarca, el Gran Ducado de Luxemburgo o el Estado de Japón, nos prueban de manera fehacientemente que la monarquía y la actualidad no están peleadas; al contrario, se complementan y logran un crecimiento social, político, económico y cultural de la sociedad de dichos países. Es así que podríamos decir: Dios salve al rey, Dios guarde a la reina y Dios salve a las monarquías.

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