Opinión Sandman | arte | Neil Gaiman

Sandman y por qué para esto es el arte

La serie de Sandman experimenta en cada episodio con una de las tantas facetas de lo que pasa cuando nos preguntamos qué significa ser humanos.

Nunca leí el cómic de Sandman. No porque no quisiera leerlo, sino porque mi afición por los cómics llegó en momentos en los que mi vida no contaba con mucha solvencia económica —y el vicio al papel es caro—. No obstante, en cuanto anunciaron la serie de Sandman de Netflix, supe que, en cuanto pudiera, la vería, y que —dentro de mis posibilidades— la disfrutaría, porque sí he leído a Neil Gaiman —el autor del cómic— y lo tomo como garantía.

Debo advertir, de antemano, un sesgo importante que tengo por Neil Gaiman: sin importar el tipo de contenido que me ofrezca lo voy a tomar y lo voy a disfrutar. Ya sea este tipo de Neil Gaiman o el que está en YouTube, dando un discurso de graduación, diciéndome que puedo vivir del arte —y haciendo que mis padres duden de mi sanidad mental—. Aun así, con sesgo y todo, Sandman es una serie que no van a querer perderse.

La historia gira en torno a Sandman —o Morfeo—, Rey del Sueño, uno de los eternos, un grupo de conceptos abstractos —deseo, desesperación, sueño, muerte— en forma de una antropomórfica familia, que se encarga de cumplir, o proveer, de una necesidad vital de la sociedad.

Comienza en la Inglaterra del siglo XX, cuando un ocultista poco habilidoso logra, por error, atrapar a Morfeo, dejando estragos en la Tierra bajo su ausencia. Casi un siglo después, Sandman es liberado y debe emprender un largo viaje para resolver la situación antes de que se vuelva catastrófico. En el camino tendrá que lidiar con sueltas pesadillas, con el mismísimo Lucifer —el mismísimo, pues— y con un hombre inestable —posiblemente el mejor capítulo que he visto en una serie desde hace mucho tiempo, aunque recuerden, sesgo—.

Ahora bien, aunque es una maravilla de serie —y con eso concluiré—, tengo el deber de cinéfilo presuntuoso de tener algo que criticar. Sólo encontré una cosa que me incomodó lo suficiente para incluirla: Debido a que la primera temporada de la serie es la adaptación de los primeros dos volúmenes, la estructura de la serie se siente como si cumpliera dos arcos diferentes, no uno en concreto.

Afortunadamente, los seres humanos —los que nos damos el lujo de las emociones—, no consumimos narrativas por el mero gusto técnico de ellas, sino por lo que nos hacen sentir y la forma en la que nos reflejamos en ellas. Sí, sí, existen y tiene arquetipos y otras formas de eficacia probada que hacen de una historia la razón de ser de nuestras horas de ocio; no obstante, funcionan por algo.

Y esto es algo que Gaiman sabe y, además, juega con ello: cada episodio experimenta con una de las tantas facetas de lo que pasa cuando nos preguntamos qué significa ser humanos y humanas: buscar más de quiénes somos, enfrentar a los dioses, a dioses que en el fondo sueñan con ser como nosotres.

Disfruté Sandman como hace rato no disfrutaba algo, porque más allá de que quisiera sólo poner mi cerebro en neutral unas horas, puedo terminar viéndome a mí mismo en un hipnotizando maratón de diez horas, dando fe de que, en medio de tanto mundo, sigo siendo humano después de todo.

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