Opinión series | Avatar: La leyenda de Aang | niños

Refugio indispensable para días caóticos: Avatar, la leyenda de Aang

Avatar tiene una narrativa clara y fácil de seguir;, una carga de humor muy natural y buena, y personajes que, aunque profundamente complejos, son muy claros.

Desde que escribo en este espacio he intentado ofrecerles mi opinión sobre series y películas nuevas o recientes. Sin embargo, estas han sido semanas bastante tristes para mí, por lo que no pude encontrar fuerzas para ver muchas cosas. Más bien, terminé buscando refugio (como he hecho desde 2005) en, por mucho, mi serie favorita: Avatar: La leyenda de Aang.

Después de ver las noticias de esta semana, no me pareció mala idea venir a recomendarle mi refugio más preciado.

Así que hablemos de Avatar: la historia de un niño capaz de controlar el elemento del aire que, tras cien años encerrado en un iceberg, despierta para descubrir que la Nación del Fuego desató una cruel guerra contra el resto de las cuatro naciones. Aang entiende que, siendo la única persona con la capacidad de controlar los cuatro elementos, es el único capaz de devolver el balance a la Tierra.

Pero lo importante es todo lo demás.

¿Seguros que es una serie infantil?

En 2005 Michael Dante DiMartino y Brian Konietzko estrenaron en Nickelodeon una serie animada como ninguna otra en ese entonces. No sólo porque encuentra un nivel de profundidad comparable a El Señor de los Anillos (y eso no es algo que yo diga a la ligera), sino porque, para su tiempo, se atrevió a tocar temas que muchas otras series evitaban —especialmente en una historia infantil—.

Podemos ver desde el primer capítulo cómo se adentran en temáticas como los estragos de la guerra y el imperialismo en los pueblos oprimidos. Dos capítulos después, presenciamos el atroz y doloroso rasgo del genocidio. Y así, a lo largo de la serie, uno de los hilos conductores es ese: ver la forma en la que el trauma se refleja en los personajes y el profundo dolor que rodea a estos conflictos.

Y aún así, es [originalmente] una serie para infancias. Tiene una narrativa clara y fácil de seguir; una carga de humor muy natural y muy buena; y personajes que, aunque profundamente complejos, son muy claros con todo lo que están experimentando.

Avatar me hizo querer ser mejor persona

Más allá de ser una clara crítica al imperialismo y la guerra, Avatar: La leyenda de Aang tiene algo que valoro más todavía: hacerlo todo desde la ternura. Es de las pocas series (sobre todo en 2005) que se preocupó por hacer cada detalle bien y respetuosamente.

Pese a su evidente inspiración en la historia y estética oriental, en ningún momento cae en la apropiación cultural. Es de las primeras series que recuerdo en donde vi personajes femeninos relevantes y poderosas (desde una maestra agua que termina siendo una de las más reconocidas e importantes del mundo; una mujer con una discapacidad que es de los personajes más imponentes de la historia; o las mujeres guerreras de un pueblo encargadas de toda la defensa del mismo).

Algo que me marcó especialmente: es de las primeras historias en las que vemos masculinidades más sanas. Desde el arco de Zuko, que es maravilloso, hasta el de Sokka (que pasó de machito a tipazo a lo largo de toda la serie), hasta algo tan sencillo como ser una historia que se dio permiso de presentar a hombres llorando, buscando apoyo y mostrando afecto —un especial refugio para alguien, como su servidor, que padeció bullying, en parte, por ser altamente sensible—.

Y por último (porque es lo último que puedo escribir aquí, no porque sea lo último que tenga que decir al respecto), la presencia del tío Iroh, que es la versión animada de un Guillermo del Toro, es cada capítulo una invitación a ser tu mejor versión, a que sin importar qué has pasado, siempre tienes una nueva oportunidad para ser mejor.

Estoy seguro de que en la pandemia vi esta serie completa por lo menos 15 veces. No dudo que estos días muchos de ustedes hayan echado en falta un lugar para encontrarse y refugiarse por un rato. Yo les propongo este, desde lo más profundo de mi corazón.

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