Opinión violación | mujeres | denunciar

Denuncié mi violación y esta es mi historia

Las mujeres vivimos en una cultura de violación, por lo que, en muchos casos, la posibilidad de denunciar depende de que se cumplan ciertos factores.

Por María Correa para Lentes Púrpura

Antes de que leas esto, quiero que sepas que esto no se trata de mí, ni de mi historia particular. Esto se trata de todas, todos y todes; y de un problema sistémico que tiene que cambiar YA.

Te quiero contar mi historia no para que me aplaudas y me admires, tampoco para que sientas lástima por mí; sino para que entiendas por qué no todas las mujeres tienen la opción de denunciar cuando sufren una violación. Las mujeres vivimos en una cultura de violación y aprendemos a existir en ella. La única opción que tenemos es luchar por sobrevivir. Vivimos con miedo todos los días y cansadas por el esfuerzo de sobreponernos a él.

La razón por la que decidí reportar mi violación fue esta: porque podía. Tuve la suerte de contar con una serie de factores que se alinearon en ese momento específico de mi vida, factores que muy pocas mujeres tienen la fortuna de tener, y mucho menos si son todos a la vez. Esto me posibilitó denunciar y llevar a uno de mis violadores a juicio.

¿Por qué solo a uno? Me violaron hace 6 años en una despedida de soltera en la playa, yo tenía 23. Me encontraba inconsciente por haber consumido alcohol en exceso (a la fecha desconozco si me drogaron, pues, aunque nunca había estado en un estado parecido, ni a mi ni a ninguno de mis familiares se nos ocurrió hacerme una prueba de antidoping cuando denuncié). Me violaron dos hombres “conocidos”, amigos entre ellos y uno de ellos “amigo” de mi hermana. Uno de ellos me llevó a un cuarto de hotel, lo único que recuerdo es a él metiendo su pene en mi boca, después desperté siendo violada por el otro.

No fue fácil entender lo que me había pasado, cuando logré expresarle a mi familia lo sucedido al día siguiente, sintiendo mucho miedo y culpa, escuché sus opiniones diciéndome cosas como: “¿estás consciente de lo que vas a hacer? ¿vas a meter a dos personas con vida y familias a la cárcel?”, “¿qué vas a hacer cuando la gente se entere?”, “no quiero que te etiqueten como la niña violada, mejor no digamos nada, qué bueno que estás bien” o hasta un muy duro: “fue tu culpa, tú te pusiste en riesgo por haber tomado tanto”; ahí dudé de mi misma y no tuve la fuerza para culpar al primero pues me compré la culpa que implantaron en mí: “tú cediste, tú te fuiste con él al hotel, tú querías… por lo menos con el primero de los dos.” En el caso del segundo era muy claro que me había ultrajado sin mi consentimiento y para cuando me empoderé y caí en cuenta de que el primero era igual de culpable, ya era demasiado tarde para denunciarlo.

Tuvieron que acomodarse nueve factores para que mi denuncia fuera posible. ¡Nueve! Y, aún así, no hubo justicia, la impunidad de este país ganó una vez más. No me arrepiento de haber denunciado pues al final resultó ser un paso importante para mí en mi proceso de sanación, sin embargo, sí me sorprende mucho que luego la gente se pregunte por qué las mujeres no denunciamos. Te cuento cuales fueron estos 9 factores y por qué fueron importantes en mi proceso:

  • Red de apoyo

Me queda claro que, sin el apoyo de mis papás, mis hermanos y mis amigas; ese apoyo y ese amor incondicional que me habían hecho sentir a lo largo de toda mi vida, nunca me hubiera atrevido a decirles, mucho menos a denunciar. Claro que tuve miedo de decirlo, de que no me creyeran o de que me culparan; pero lo medular aquí es que existía la confianza de acercarme y ser honesta, fuese cual fuese su reacción. Gracias a esta red de apoyo pude no solo dar el primer paso, sino que también pude mantenerme firme con mi decisión y sentirme validada a lo largo del proceso.

  • Economía sólida

Contaba con el apoyo económico de mis papás, eso me permitió financiar el trabajo por dos años de una abogada. Quiero aclarar que uno de mis propósitos cuando comencé este proceso fue no dar ni una sola mordida (por momentos sí me sugirieron hacerlo para agilizar el proceso) y hoy puedo afirmar orgullosamente que llegué hasta donde llegué sin hacerlo, aún cuando esto implicó que la justicia quedara trunca. Pero algo sí es seguro, una víctima de violación sin recursos económicos, difícilmente puede lograr justicia en este país.

  • Privilegios y formación

Nunca en mi vida me imaginé que yo, o alguien cercano a mí, podía ser víctima de una violación. Si en algún momento llegué a imaginarlo, pensé que solo un completo desconocido podría ser capaz de violarme, probablemente en un callejón oscuro apuntándome con una pistola. Después del hecho recuerdo pensar constantemente en esta idea “Si yo, una persona completamente privilegiada acabo de vivir esto, ninguna mujer está segura.” Mis privilegios no me libraron del hecho pero sí me dieron las herramientas sociales, económicas y académicas para poder denunciar y ser congruente con mis palabras y mi forma de actuar. Ser una persona educada y con una visión y consciencia del mundo y de sus realidades fue algo que me posibilitó para tomar cartas en el asunto.

  • Inteligencia emocional

Me queda claro que el trabajo de introspección y autoconocimiento que había hecho a lo largo de mi vida con distintos psicólogos y las diferentes vivencias que había tenido hasta ese día, sumado a la apertura que existe en mi casa en cuanto a expresar las emociones y la parte sensible del ser humano, jugaron un gran papel en la toma de mi decisión. Gracias a este trabajo emocional, pude ponerle nombre a los hechos. Cuando conté lo que me había pasado por primera vez a mis hermanas, en cuanto me rescataron del hotel, en ningún momento usé la palabra “violación” y ellas tampoco. Fue hasta el día siguiente que caí en cuenta de que eso es lo que me habían hecho y les pude decir: “me violaron”. Con esto quiero explicar la importancia de nombrar las emociones y las cosas por lo que son. Si yo no hubiera tenido esa madurez emocional bien pude haber dejado todo en un “sí, estuvo horrible, fue una mala noche, pero ya pasó” y no decirle nada a nadie y seguramente cargar con esto toda mi vida, como lo hacen la mayoría de las sobrevivientes que viven solas su dolor y sus vidas toman una forma que nunca debió ser. Aún con el sentimiento de culpa por haberme emborrachado, sumado a los comentarios y juicios que recibí, esto no quitaba el factor de que lo que me habían hecho estaba mal en todos los niveles y el que hubieran atentado contra mi vida, mi dignidad y mi integridad como persona era inaceptable y por eso tenía que actuar.

  • Antecedentes

Entre los 11 y 13 años fui víctima de acoso sexual por dos maestros particulares de piano a domicilio. El hecho de que, en ese entonces, por mi edad, entre otras cosas, no pude defenderme, plasmó un precedente en mi inconsciente que me ayudó a empoderarme en esta ocasión. Ya no tenía 13 años, ya era una adulta y ahora sí contaba con las herramientas para defenderme.

  • Me violó alguien conocido y no un desconocido

¡Qué suerte! ¿Pueden creer que en nuestro país esto es prácticamente un requisito para que tu caso proceda? Si te viola un desconocido, olvídalo… eres caso perdido. Parece broma, ¿verdad? Para poder armar mi caso y que el Ministerio Público y el primer juez lo consideraran como válido me pidieron (a mí, no a la policía o a un investigador) su nombre completo, fotografías y su dirección. Los procesos están cambiando, pero por lo menos en el año que yo denuncié (2016), si te violaba un desconocido el Estado no se tomaba la molestia de hacer la investigación por ti.

  • Recursos legales

En cuestión de un día, mi cuñado me ayudó a conseguir a una excelente abogada, con quien estoy eternamente agradecida por su apoyo y acompañamiento; ella se comprometió con mi caso y con la causa todos los días durante dos años.

  • Pruebas físicas

Al día siguiente del suceso, mi mamá me llevó al ginecólogo para revisarme físicamente. El médico encontró fisuras vaginales y anales. Estas eran pruebas físicas que hacían mi caso aún más robusto. El ginecólogo me aconsejó denunciar lo antes posible para que el perito pudiera recabar las pruebas físicas antes de que desaparecieran. Cuando la perita me revisó, en un proceso bastante invasivo pero necesario, me preguntó porqué me había bañado, me dijo que hubiera sido mejor que no lo hiciera porque así tendríamos más pruebas. Aunque reconozco que la perita fue bastante profesional y respetuosa al momento de realizar su trabajo, me parece inconcebible que le pidan esto a las víctimas cuando lo único que quieres es bañarte y bañarte miles de veces pensando que eso te quitará lo sucia y transgredida que te sientes. Aunque las pruebas psicológicas también tienen un peso importante, te aconsejo que si esto te pasa, y es posible, mejor no te bañes, pues, literalmente, “eres la prueba del delito”.

  • Evidencia

Mi abogada corroboró con el hotel al que me llevaron mis violadores que tuvieran los videos que grabaron las cámaras del lobby y los pasillos. Estas videograbaciones sí existían y las pudimos conseguir, lo cual siguió robusteciendo mi caso, pues comprobamos que las personas estuvieron donde yo dije a la hora que dije.

Dadas las circunstancias la pregunta ya no era si denunciar o no denunciar sino cómo alguien como yo, teniendo todas estas posibilidades y recursos, no iba a denunciar. Sentí que debía hacerlo, por todas esas mujeres que no habían tenido las mismas oportunidades que yo, sentí una gran responsabilidad y en ese momento pensé que ese era el camino para sanarme y que de no hacerlo me sentiría impotente y aplastada el resto de mi vida. Denuncié dos días después del hecho, entre lágrimas, silencios largos y miradas al vacío.

Aunado a estos 9 factores, se fueron sumando más cosas a lo largo de un proceso que duró 2 años. Afortunadamente, pude recibir apoyo psicológico especializado en postrauma por abuso sexual, una vez a la semana durante 3 años. Tuve la suerte de que mi situación coincidiera con una coyuntura social. El movimiento #MeToo tomó fuerza globalmente gracias a las redes sociales. Además, el caso de los Porky’s tomó relevancia internacional. Esto ayudó a que mi caso fuera revisado por las autoridades con mayor escrutinio de lo que normalmente hubiera recibido. Y, finalmente, tuve la suerte, si es que lo puedo llamar así, de que un juez me creyera y considerara que valía la pena perseguir mi caso y llevar al violador a juicio.

Cada vez se habla un poco más, y con mayor apertura, sobre “la cultura de la violación”, de la importancia de la prevención y de lo desgarrador que es el hecho en sí mismo. Sin embargo, poco se habla del después… ¿cómo vive está persona después? Se resume a una palabra: trauma. Pero, ¿sabemos realmente qué significa esa palabra? Sabemos que es algo horrible y que tenemos que evitarlo a toda costa, pero no sabemos nombrar las múltiples formas que toma y lo que en verdad implica. Yo misma he tenido que trabajar mucho para entender qué significa. Y lo que pasa es que el trauma no es algo tangible ni que se manifieste de la misma forma en cada persona; por el contrario, es muy único y se vive de muchísimas maneras, es por eso que es tan difícil nombrarlo y detectarlo. Además, me atrevería a decir que se vive más de un solo trauma. En un inicio está el trauma que ocasiona la violación misma, después surge el trauma que proviene de las reacciones de tus seres queridos hacia ti ante la noticia. Verlos reaccionar de maneras diferentes crea roces en tus relaciones interpersonales; trae revelaciones muy fuertes a la luz. Por último, están los traumas que cada persona de tu núcleo sufre por tener que asimilar esa información.

Creo que yo lo puedo explicar con esta analogía: una violación es como si se metieran a robar a tu casa, pero tu casa es tu cuerpo. Nuestro cuerpo físico es la barrera que tenemos contra el mundo y el lugar en el que habitamos en él. Te pueden quitar todo lo material e incluso tu libertad física, pero si tu sigues existiendo dentro de tu cuerpo, mentalmente puedes seguir siendo libre. Cuando alguien entra a tu cuerpo sin tu permiso es la mayor agresión que puedes experimentar. Cuando se meten a tu casa puedes mudarte, o cambiar los espacios. Pero no puedes mudarte de cuerpo, es el único que tienes y no hay manera de escapar la invasión que experimentaste; incluso años después llegas a experimentar la sensación constante del miembro fantasma dentro de tu cuerpo. Penetrar a una persona sin su consentimiento es agredirla al punto de hacerla sentir que no vale nada. Es violar los limites del espacio físico, emocional y espiritual. Es por eso que el hecho es tan fuerte y deja a la víctima tan marcada.

Te sientes como un objeto que puede ser utilizado a conveniencia de quien lo decida, no te sientes dueña de tu propia vida. “Si no puedo decidir sobre mi cuerpo, entonces ¿qué me queda?” Es la mayor impotencia que puede llegar a sentir una persona pues literalmente estás diciendo NO o, como en mi caso, si no tuviste la oportunidad de decir no, al agresor no le importa y actúa en contra de tu voluntad. Es el acto más violento después de matar. Pero, ¿por qué un acto sexual, que podría parecer tan insignificante como meter una parte del cuerpo dentro de otro es tan agresivo y tan dañino? ¿Qué es lo que lo hace tan grave? En mi caso podrías pensar: no hubo violencia… no hubo golpes, jaloneos, pelea, etc. ¿Por qué aun así es tan traumático? ¿Por qué, aunque te viole tu pareja sin sometimiento aparente también es una violación y es traumático? Lo que tenemos que entender es que no es no. Y cuando tu “no”, no vale nada, te están diciendo que TÚ no vales nada y esa es la mayor violencia que puede haber de parte de un ser humano a otro.

El trauma pasa a manifestarse en esta creencia: si yo no valgo entonces mis pensamientos y mis opiniones tampoco. Comienzas a cuestionar todo lo que venga de ti y buscas validación de tus palabras y pensamientos todo el tiempo en lo externo, lo cual no es sostenible o nunca llega. Te llenas de inseguridades en todas las áreas de tu vida y esto limita tu capacidad de desarrollarte con todo el potencial del que eres capaz.

Así como esta creencia, surgen muchas otras como “ningún hombre va a querer estar conmigo solo por platicar y pasarla bien y quererme como soy, siempre va a ir directo a lo físico” o “no puedo confiar en ningún hombre, todos los hombres son malos y solo quieren sexo”. Este tipo de creencias, que, aunque son irracionales, se viven como tu nueva realidad. Además, están las repercusiones físicas, los flashbacks y el miedo constante a que vuelva a suceder o que puedas encontrarte con tus agresores. Escribo este texto con miedo, miedo a que mis agresores lo lean y busquen venganza. Todo esto es el famoso trauma. Se requiere llevar a cabo un proceso de sanación profundo para desaprenderte de estas creencias y volver a ganar seguridad y confianza en ti misma.

Hoy, mis violadores están libres. Uno de ellos pasó 1 mes y 3 semanas en la cárcel y salió libre sin continuar con el proceso del juicio. Terminé por resignar mi caso pues después de 2 años de proceso legal, estaba cansada de luchar y era momento de dar vuelta a la página y enfocarme en otras cosas en mi vida, cosas más positivas.

Hoy, 6 años después de mi violación, sigo en un proceso de sanación, en el que conforme pasa el tiempo de pronto supero algo y de pronto encuentro otra cosa nueva en la que ese “pequeño” suceso repercute en mí. La mayoría de los días no pienso en eso y me siento bien y feliz, pero hay días en los que me alcanza y tengo un retroceso…como si regresara al día uno. Es normal, con este trauma y muchos otros, los seres humanos somos así. Si algo he entendido es que la sanación no es lineal pero que siempre estamos un paso más cerca de liberarnos, aunque haya días que sea difícil creerlo.

Creo qué en México, en vista de tanta impunidad, lo que nos queda por lo menos por ahora es el castigo social. No solapes a los violadores. No crees excusas a sus comportamientos. No los invites a tus fiestas o reuniones. No hagas negocios con ellos y no trabajes con ellos. Vivimos en un mundo en el que el que permanecer en silencio está contribuyendo al problema. Por otro lado, me queda claro que la solución real está en la educación más allá de la prevención: no le enseñes a las mujeres a cuidarse, educa a los hombres para que no sean violadores. Necesitamos educación sexual que vaya mucho más allá de la biología. Se necesita educación sexual holística que incluya pláticas sobre el consentimiento, para que todas las personas sepamos qué es y qué no es; educación sobre feminismo; sobre identidad y expresión de género; sobre orientación sexual; sobre qué es la “cultura de la violación”; sobre qué es la intimidad y el erotismo; sobre los limites de la sexualidad; sobre los gustos y el placer humano; y sobre el uso de sustancias y el sexo; todo está conectado y solo así todos podremos vivir nuestra sexualidad en plenitud y pisar las calles libremente algún día. Por ahora, busco un mundo en que se incentive a las víctimas a alzar la voz teniendo la certeza de que les vamos a creer y las vamos a apoyar. Si estás leyendo esto y sufriste abuso sexual o violación quiero que sepas que, yo sí te creo.

Nota: Uno de los contenidos que más me sirvió ver durante mi proceso fue este video y si estás leyendo esto te recomiendo mucho que lo veas y lo compartas, hayas o no sufrido abuso sexual:

Embed

Suscribite a newsletter

¡Suscríbete a nuestro Newsletter!

Suscríbete y recibe todas las mañanas en tu correo lo más importante sobre México y el mundo.

SUSCRÍBETE

Deja tu comentario