Me es indispensable alertar a la lectora que este artículo de opinión es un tanto diferente.

Como no me es preciso hablar como con un extraño, me presentaré con una breve anécdota: [...] Cada vez que me sentía mal, mi mamá me preparaba una miel con limón, era la única parte de estar enferma que me gustaba.

El pasado domingo atendí a la marcha del Día internacional por la mujer que lucha y no pude evitar pensar que hace 8 años, en el 2016 fui por primera vez. Lo recuerdo con lujo de detalle: las pancartas, las caras, la escena de una chica del bloque negro cubierta de pintura roja, la fascinación con que descubrí el 8M y el amor que me generó. Tenía 13 años, hoy 21, y desde entonces encontré al feminismo, nunca más me separé. Hallé una forma de explicar la vida como nunca antes.

Con el tiempo y como cualquiera, he pasado por muchísimas cosas, tantas que tal vez en unas pocas cuartillas no podría siquiera asomar; ya sea sobre cómo me funaron (por cosas que no hice) o cuando me intentaron secuestrar, el intento de abuso por parte de unos disque ‘amigos’ míos o lo que pasó en un paro por una violación dentro de mi escuela, el día en que me encapsularon y pinté un mural, pero sobre todo, cómo no me di por vencida. De pie hasta cómo podia, salir a gritar, porque tengo rabia, me carcome, porque tengo amor a las que me rodean y, aunque a veces titubee, también a las que no.

Entre tanto cambio, pirueta, vuelta y revuelta, un día me caí de la cuerda, los tobillos me fallaron, la acrobacia no salió y con el pasar de los años el 8M dejó de llegar con el mismo entusiasmo, arribó el cansancio, cierto agotamiento y dolor con una pizca de ansiedad.

Sueño recurrentemente con el día en que un coche me siguió por Muyuguarda, hace ya dos años, corriendo con todas mis fuerzas rumbo a la combi —hacia C.U.— la voz de mi amiga en el teléfono resuena, tranquilizándome; en bucle, siempre de vuelta. Cuando hablo de esto me asalta el miedo como calambres subiéndome las piernas, incapaz de moverme regresa el rostro amargo del señor. Pensar que ni siquiera el feminismo me salvaría. Llego al transporte con el corazón aullando tan fuerte que cualquier sonido quedaría ahogado. A la vista sólo cascadas de mis ojos empañados; desde entonces como monólogo no dejó de preguntarme ¿alguien hubiera ayudado a mi madre? ¿la habrían abrazado, acompañado? ¿serían 3 o más en la fiscalía gritando mi nombre exigiendo justicia? ¿serían menos? ¿habría alguien? consolandose con las memorias de quien fui, rogando que compartieran mi ficha de búsqueda. Querida lectora he de confesar que desde entonces me siento en el último aliento, frágil como porcelana, ante la mira del sabueso, como si alguien me hubiera robado el alma.

Cual historia sin fin, no sale de mi cabeza. ¿Cómo se lucha contra la desesperanza?

Dudando si vale aún la pena, el 8M se vuelve incertidumbre.

Mientras veo mi Instagram plagado de fotos de la marcha, advierto que durante el transcurso del año la sororidad apenas fue mencionada. Nos amo juntas, marchantes, rebeldes, pero he de decir que las pierdo de vista cuando es momento de acuerpar, las extraño en las búsquedas, con las madres, hacemos falta, unidas, también fuera de las fiscalías exigiendo justicia.

Lector confieso que cuando me buscan para organizar funas no se como decir que temo hacerlo después de vivirlo, me buscan para acuerpar, más no sé cómo contar que yo misma tengo miedo de lo que vaya a pasar.

Porque entre tanto sostener el dolor ni siquiera he podido contar mi historia, hablarla y sollozarla, con esta seudo pluma apenas me alcanzan las palabras para describir lo mala que me siento. No miento cuando digo que siento que mis luceros se apagaron.

Por defecto experimentó una lupa de perfección sobre mi cabeza. No me puedo equivocar, no he de rendirme, no puedo no hacer nada porque entonces no solo soy una chica revolucionaria, pero quiero solo gritar gritar gritar GRITAR, pero de tanto hacerlo parece que mi garganta no puede más que mi voz se hizo más ronca.

El terror se ha apoderado de las historias que cuento, no sé a dónde mirar, correr o sostenerme. Creo en el feminismo, creo en la colectividad y en el amor entre amigas.

¿si dejo de creer me destruyo? pero… dígame usted ilustre lectorx ¿Cómo luchas contra la desesperanza?

Ultimamente no me gusta el 8M porque en el claro de todo el morado, no puedo dejar de afligirme que parece un retrato en un museo, observó que podría ser si todas esas personas nos involucraramos, tal vez seres tan afligidos en el mar, no nos doliera tanto el corazón. Si no fuera una esperanza de dos segundos, fugaz y construida desde la indiferencia y lo individual, embriagada de la gente, el momento, borracha de pañuelos y banderas.

Aunque me cuestiono si tengo derecho de cuestionar ¿tendré potestad de enojarme con algo así? de pensar que si apago mi vela me lleve a otras, entender que la marcha también ha sido una forma de lucha donde millones de mujeres alzan la voz por primera vez entonces puede que mi inconformidad no sea válida. Solo habla una cera ya derretida.

La resistencia se vive de diferentes formas. Cómo le hago para desempeñarse en este líquido que se siente pesado y viscoso, cómo confieso lo cansada que estoy sin que me sienta juzgada ¿se puede descansar sin dejar de trabajar?

El 8M se siente tan lejano a mí, lejano a Ana y a la niña de 13 años que se enamoró por primera vez del morado y púrpura, pero por primera vez sé que mi amor es tan fuerte que no se desvanece, pero cómo le explico al mundo mi pavor.

Criticar la esencia de algo como el 8M es fundamental, porque allí en la marcha entre megáfonos y pancartas las mujeres sienten la explosión de miles de otras que siguen llorando ante algún secreto familiar..

Un lugar donde se puede hablar de tanto del horror, emoción, enojo, felicidad que experimentan las mujeres, el único lugar donde te abrazan con fuerza gritando nos estás sola todas hemos vivido un abuso o acoso.

Lectores expliquenme por favor ¿cómo luchó contra la desesperanza?

Porque quiero seguir marchando, creyendo, cambiando vidas y ser esa persona que logre cautivar a una niña que después de marchar se enamore de las consignas.

Me encuentro en una encrucijada. 8M que rabia me das; Durante todo el año me la paso luchando y rogando para que vayan a otro tipo de manifestaciones, asambleas o actividades. Pero durante el 8M todas somos feministas.

Me siento tan exhausta ¿cómo cuidamos a quienes cuidan? dejarlas contar sus historias mientras quemamos todo. Tal vez falte teoría para explicarlo. Un abrazo colectivos quienes sostienen, escuchan todo el año no solo un día, que nos enseñe a cuidarnos ante tanto horror, que el feminismo no es un día, una noche o una vida. Quisiera citar a una autora pero no encuentro la respuesta ¿cómo luchas contra la desesperanza? un vaso con limón con miel, para aclarar un poco la garganta, como hacía mi mamá cuando me sentía mal.

Me amo feminista, te amo feminista.

SOBRE LA AUTORA

Seguir leyendo