Hemos estado atravesando un momento donde las ideologías conservadoras y de derecha han ido ganando espacio en medios de comunicación, discursos políticos y conversaciones digitales. En redes sociales, especialmente en plataformas como TikTok, Instagram y podcasts, se han popularizado conceptos como “energía femenina” y “energía masculina”, replicándose constantemente como una cámara de eco entre influencers, coaches y creadores de contenido.
¿Pero de qué hablan realmente estos discursos?
Generalmente, la energía masculina se asocia con la acción, la lógica, la disciplina, el liderazgo, la protección y la productividad; es decir, con el “hacer”. Mientras tanto, la energía femenina suele relacionarse con la intuición, la sensibilidad, el cuidado, la creatividad, la receptividad y el “ser”.
El problema no está en que las personas quieran explorar distintas formas de relacionarse consigo mismas o con otras personas. No tiene nada de malo conectar con la sensibilidad, el descanso, la disciplina o el liderazgo. El conflicto aparece cuando estas características se presentan como naturales o exclusivas de un género, reforzando estereotipos que durante años se han intentado cuestionar desde los movimientos feministas y los estudios de género.
Aunque estos discursos parecen nuevos, en realidad recuperan ideas bastante antiguas: mujeres cuidadoras y emocionalmente disponibles, hombres proveedores, racionales y dominantes. La diferencia es que ahora estos roles vienen envueltos en un lenguaje de bienestar, espiritualidad, autoestima o desarrollo personal, lo que puede hacer que parezcan modernos, inofensivos o incluso empoderadores.
Desde los estudios de género y las ciencias sociales, distintas investigadoras e investigadores han señalado que estas ideas no son neutras ni naturales, sino construcciones culturales que cambian dependiendo del contexto histórico y social. Autoras como Judith Butler han explicado que muchas de las conductas que asociamos con lo femenino o lo masculino son aprendidas socialmente y reforzadas constantemente a través de instituciones, medios de comunicación y dinámicas sociales.
También se ha hablado de cómo este tipo de contenidos surge en momentos donde existe una reacción frente a los avances en igualdad de género. La periodista y autora Susan Faludi llamó a este fenómeno backlash: un intento de reinstalar roles tradicionales cuando los cambios sociales empiezan a cuestionar estructuras de poder muy arraigadas.
Quienes impulsan estas narrativas suelen ser influencers de bienestar, coaches de relaciones, figuras de masculinidades tradicionales, creadores de contenido conservador e incluso algunos sectores religiosos. También han crecido figuras que promueven ideas de hipermasculinidad o feminidad tradicional bajo discursos de éxito, seducción o “orden natural”.
Las plataformas digitales ayudan a que este contenido se replique constantemente. Los algoritmos premian mensajes simples, emocionales y fáciles de consumir, por lo que muchas veces estas ideas terminan apareciendo una y otra vez, reforzando los mismos estereotipos con diferentes formatos y tendencias.
Por eso es importante mirar estos discursos de manera crítica. Frases como “la mujer debe descansar en su energía femenina” o “los hombres ya no son masculinos” pueden parecer superficiales o inofensivas, pero muchas veces vienen acompañadas de ideas que limitan la autonomía, justifican relaciones desiguales o invalidan otras formas de vivir la identidad, las emociones y los vínculos.
También vale la pena preguntarnos por qué estos discursos resultan tan atractivos en este momento. En contextos de incertidumbre económica, agotamiento emocional y cambios sociales acelerados, las ideas simples y tradicionales pueden dar una sensación de orden, pertenencia o estabilidad. Sin embargo, regresar a modelos rígidos de género no resuelve los problemas estructurales que enfrentamos; únicamente vuelve a colocar expectativas distintas sobre hombres y mujeres.
Ser críticos con estos mensajes no significa rechazar cualquier práctica de bienestar o desarrollo personal. Significa preguntarnos qué ideas hay detrás de ciertos discursos, quién se beneficia de ellos y qué consecuencias pueden tener en la forma en que entendemos las relaciones, el trabajo, el cuidado y nuestra propia identidad.

