Espectáculo global, duelo nacional

Organizar una Copa del Mundo en un país con más de 130,000 personas desaparecidas y amplias zonas bajo disputa criminal no es un acto neutral. Es una decisión política. Es ignorar una realidad para construir y promover otra. El Mundial FIFA 2026, con sede en Ciudad de México, Estados Unidos y Canadá obligará a confrontar la distancia entre la narrativa del espectáculo global y las fracturas sociales que atraviesan todos los días el territorio mexicano.

En un contexto donde las relaciones diplomáticas entre los tres países sede se encuentran en un momento de intensa redefinición estratégica, los casos incontables de violencia ejercida y permitida por dichos gobiernos destacan nacional e internacionalmente imposibles de ignorar; sin embargo, parece que se nos olvida que incluso el deporte es político. Que más allá de las dinámicas culturales, nacionalistas e incuso sentimentales, el deporte y los eventos deportivos masivos están por completo atravesadas por el poder de unos cuantos, donde las relaciones y decisiones están fuertemente cimentadas en intereses económicos, culturales y políticos que resultan en violencia permanente.

A partir de ubicar la estructura económica actual de México, los beneficios reales del Mundial 2026 serían particularmente acotados y concentrados, no transformadores a nivel estructural y que directamente impliquen positivamente a más sectores del pueblo mexicano. Es evidente que el principal sector que se verá beneficiado es el del turismo y todos los oficios que ello implica: Además de la aproximada recepción de 5.5 millones de turistas, de acuerdo con estimaciones oficiales de la Federación Mexicana de Futbol, el Mundial 2026 dejará en México una derrama económica cercana a 500 millones de dólares, impulsada por hospedaje, transporte, consumo y turismo.

Además, ser sede de un evento deportivo mundialmente conocido, posiciona a México a nivel internacional simbólica y pragmáticamente en términos geopolíticos, reputacionales y culturales. En el plano geopolítico, teniendo en cuenta el contexto global marcado por la competencia económica entre regiones (Asia-Pacífico, Unión Europea, América del Norte), el Mundial funciona como demostración simbólica de cooperación trilateral; considerando además el T-MEC, el hecho de compartir sede con Estados Unidos y Canadá proyecta a América del Norte como bloque integrado.

Por otro lado, la relación con Estados Unidos no deja de ser tensa, y en materia de migración, destaca la hipocresía con respecto al trato a migrantes mexicanos y latinoamericanos justificado con base en los objetivos para su país. La paradoja es innegable: mientras el Mundial implicará facilidades de movilidad para turistas, patrocinadores y delegaciones internacionales, miles de personas migrantes continúan enfrentando detención, deportación y violencia en tránsito. La integración norteamericana que el torneo pretende representar convive con un régimen fronterizo restrictivo y profundamente desigual.

Por otro lado, en aspectos de reputación y posicionamiento mundial el torneo proyecta una imagen de capacidad organizativa, estabilidad operativa y experiencia logística que exigen los proyectos y eventos masivos de esta índole. Y, culturalmente, México accionará profundamente a través de el soft power, una propuesta de Joseph Nye que destaca la capacidad de influir en las decisiones e intereses de otro a través de atracción cultural más que por coerción económica o militar, en contextos de crisis de derechos humanos, el soft power puede operar como mecanismo de reposicionamiento reputacional.

Más que una promesa de transformación social, el Mundial debe entenderse no solo como un escenario de disputa simbólica y material, sino también como un performance que pretende tapar el sol con un dedo.

Innumerables y dolorosas son todas aquellas problemáticas y realidades que azotan a las y los mexicanos todos los días. Los medios se sostienen de ello, también las grandes empresas y redes criminales que operan sin límites. Las consecuencias e impactos estructurales y particulares alcanzan a las familias: hijxs, hermanxs, amigxs desaparecidxs; fosas comunes saturadas y fosas clandestinas a la orden del día; crímenes de estado; desalojo de personas mayores de sus hogares; ecocidios sin detenerse; criminalización y acoso a trabajadorxs informales; reclutamiento por parte del crimen organizado; feminicidios diarios y aumentando. La lista es larga. Muy larga.

Hay tanto dolor que atraviesa a nuestro país que organizar y financiar un evento deportivo masivo ignorando la enorme herida que comparte el pueblo y pretendiendo que es tiempo de celebración, ni siquiera parece verdad. “No puede haber fiesta mientras hay luto. Porque no puede haber Mundial mientras México desaparece a su gente.” A través de redes sociales Ricardo García y Vanessa Gámez, padres de Ana Amelí, estudiante desaparecida en julio de 2025, convocaron a todos los colectivos y familias que buscan a personas desaparecidas a que se unan en una protesta pacífica que se llevará a cabo el día de la inauguración del mundial en el Estadio Azteca, Ciudad de México. “Mientras adentro celebran, afuera lloramos”.

México atraviesa una crisis de desapariciones desde 2006, con la mal denominada “Guerra contra el narco” desatada durante el gobierno del panista Felipe Calderón. Hasta principios de marzo de 2026, el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas ha registrado más de 131,000 personas en esta situación. Colectivos de búsqueda han señalado persistentes deficiencias presupuestales, lentitud en procesos de identificación y falta de autonomía efectiva en instancias ministeriales por parte del gobierno actual Morena. Y entonces son al menos 130 mil familias que lloran. Entonces son sillas y lugares vacíos. Es ropa que se quedó sin usar y una cama sin destender. Son todas las lágrimas derramadas y todos los pasos caminados tratando de encontrar una pista que lleve a su ser amado. A veces con vida, a veces en huesos.

La gente corre de camino al trabajo y se topa con al menos una ficha de búsqueda pegada a algún poste. Sin voltearla a ver. Sin mirar atrás. Sin detenerse. La gente navega a través de redes sociales y desliza sin leer las mismas fichas, las convocatorias de búsqueda, las súplicas de las madres por compartir. No se detienen a leer el lugar donde fue vistx por última vez, la ropa que llevaba puesta, o quizá sus rasgos particulares, pero ni siquiera miran su rostro. La gente quiere ver polémicas de celebridades, quiere ver futbol, quiere desprenderse de esa realidad que pretende que no es suya. Pero sí lo es. Porque nada nos es ajeno.

El dolor, las protestas y las desapariciones están lejos de ser atendidas y resueltas, aún más con la impunidad y la apatía que inunda las oficinas y los oficios de quienes gobiernan este país. Aún más si la prioridad es inaugurar la Copa Mundial 2026. Aún más si todos los días siguen decidiendo ignorar lo que a todxs nos duele. Entonces, resulta urgente resignificar y retomar nuestros espacios para seguir luchando. Porque si el Estado organiza el Mundial como parte de un performance de estabilidad y éxito, los colectivos pueden intervenirlo como un espacio de denuncia donde sea imposible ignorarlos. Que el reconocimiento se lo lleven ellxs, lxs desaparecidxs y las familias.

La filósofa Nancy Fraser desarrolla la noción de “contrapúblicos subalternos” en su texto Repensando la Esfera Pública (1990): arenas discursivas donde grupos excluidos articulan narrativas alternativas frente al discurso dominante. La disputa no es por el Mundial, sino por quién define qué merece ser visible en el espacio público. Que la convocatoria que hacen los padres de Amelie no se quede en promesas. Que todo el mundo se entere de que en México las madres siempre buscan, pero no siempre encuentran.

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