Ven.
Siéntate a mi lado.
Toma una taza de té y, si me dejas sugerirte, que sea de toronjil, un poco de lavanda y un toque de manzanilla.
Deja que el vapor suba lento, como si quisiera recordarnos que todavía podemos respirar.
¿Sabes? El té verde me regresa a las noches intranquilas de mi infancia y adolescencia.
Mi mamá juntaba el leño, ponía su tarro de barro sobre el fuego y las cenizas nos iban cubriendo despacito mientras el humo dibujaba historias en el aire.
Llegaba con su zacate de hojas verdes y, entre silencios, el fuego achicharrando el leño, se acercaba y me entregaba la taza.
Toma. Un tecito verde reconfortante para el corazoncito. Veo una algia en tu mirar.
Y me dejaba sola. Para hablarle al fuego, al leño. Para hablarle lo que dolía mientras el calor del té me recorría la garganta y las lágrimas salían de a poco.
Hoy me regreso a ese lugar entre desesperanzas.
Por eso, hoy quiero invitarte algo sencillo, toma una taza caliente entre tus manos y comienza a leer. Imaginemos juntxs:
¿Cómo sería un mundo sostenido por el cariño y la ternura?
¿Cómo sería un mundo donde reconozcamos que la resistencia tambien cansa, que la lucha tambien nos ahoga, que el cuerpo avisa cuando llevamos tres noches sin dormir pero seguimos porque alguien más depende de nosotrxs?
¿Cómo sería un mundo donde ser fieles a nuestra autenticidad no provoque señalamientos, ni malas jetas, ni ese silencio incómodo que castiga a quien no encaja?
Basta
Basta de tecnicismos
Basta de palabras rebuscadas
Nuestra mente ya está lo suficientemente enredada como para seguir escondiéndonos detrás de conceptos que nadie siente en el cuerpo.
Basta de mesas de trabajo donde ni siquiera se sientan las personas por las decimos trabajar
Basta de pensar que somos quienes van a cambiar el mundo si ni siquiera podemos cambiar nuestra agenda para ir a pintar, para bailar, para respirar.
Toma un primer sorbo de té.
Siente cómo baja por tu garganta.
Calorcito
Ese calorcito que armoniza, que acomoda algo adentro, que nos recuerda que seguimos aquí.
Qué curioso es este mundo, me quedo pensando.
Nos pide ser lxs reguladxs, lxs centradxs, lxs que saben respirar profundo, que te toca ponerte la camiseta para que esto salga adelante. Pero la perfección es otra trampa.
Porque no nos da permiso de estar rotxs, de equivocarnos, de reírnos fuerte, de volver a intentar.
¿Te cuento un pedazo de mi mundo afrofuturista punk?
Un mundo donde las antenas crecen como árboles metálicos entre ceibas y jacarandas, y donde las abuelas negras, morenas, migrantes, discas, travas, putas, enseñan a conversar con las máquinas como si fueran parientes lejanos. Las ciudades no brillan con neón frío, sino con circuitos tejidos a mano, con cables trenzados como trenzas africanas que llevan memoria de un continente a otro. No hay frontera clara entre cuerpo y tecnología: llevamos pequeños sensores de cuidado en la piel que nos recuerdan beber agua, descansar, y nos avisan cuando nuestra batería de abrazos está baja y necesita calibrarse.
Donde el placer no esté atrapado en la lógica del amor romántico y cada cuerpo reconozca la erotización a través del viento moviendo las hojas y el orgasmo de la risa entre amistades.
Imagino espacios donde podamos sentarnos sin tener que demostrar quien leyó más, quién sufrió más, quién milita más. Solo cuerpos compartiendo tiempo.
Tenemos mapas donde señalan espacios de cuidado y no zonas de violencia.
Las plazas están llenas de música que viajó siglos. Tambores que sobrevivieron barcos, sintetizadores que aprendieron a respirar al ritmo del mar. Todxs bailamos con prótesis brillantes que no esconden la cicatriz sino que la celebran. Las redes digitales no acumulan datos para vendernos cosas; acumulan historias para que nadie vuelva a desaparecer en silencio. Si alguien se pierde en la tristeza, el sistema convoca una ronda de cuidado: alguien llega con comida, alguien con canciones, alguien con silencio compartido.
Y cuando cae la noche, las azoteas se llenan de fogatas y pantallas abiertas al cielo. Desde ahí miramos constelaciones nuevas que llevan nombres de ancestras: la que cruzó el océano, la que sembró milpa en la montaña, la que enseñó a reír incluso en medio de la guerra. Apretamos teclas y preguntamos dónde se encuentra ese ser amado y entre nubes se abre la pantalla y podemos observar qué hace y pedirle al algoritmo que le llegue un mensaje de cariño. Y esos mensajes son los que van formando constelaciones y cada vez que alguien se sienta desolado, podamos ver las palabras en las estrellas con binoculares. El futuro con una comunidad rara de cuerpos, plantas, memorias y tecnologías aprendiendo, por fin, a cuidarse entre sí.
Regresa conmigo a tu té. Toma un sorbo y preguntemonos que tal vez la pregunta más urgente no es cómo resistimos más. Sino cómo vivimos mejor mientras resistimos.
Y si el fascimo, la ultraderecha, el capitalismo y el patriarcado están ganando algo, tal vez sea cuando nos roben la imaginación, el juego, la risa.
Así que si un día te sientes cansadx de resistir,
si la lucha pesa demasiado,
si la rabia se vuelve silencio.
Ven. Encontrémonos y compartamos una taza de té. Y volvamos a imaginar.
Porque los mundos nuevos casi siempre empiezan así: con alguien que se atreve a imaginar que algo todavía es posible y que tal vez…tal vez ya estamos en el ensayo de ese futuro.
SOBRE LA AUTORA
Psicóloga para entender, activista para cambiar. Afromexicana y orgullosa de mis raices y cultura. Amante del teatro y del jazz, y creyente de que el arte es una herramienta valiosa de impacto social.
Desde la academia y la clínica, deje de apostar a patologizar el trauma. Frente al silencio en el aula sobre el impacto del contexto socio-político en la salud mental, emprendí un camino al reconocimiento de las formas de resistencia de las comunidades y acompañarlas en sus procesos de reinserción.
Le apuesto a la narrativa en la clínica, entendiendo que somos construcciones de significados. Mis intereses abarcan temas de reinserción, economía solidaria, justicia, violencia social y autocuidado.


