Hay algo extraño en vivir en una ciudad que mientras se prepara para recibir un Mundial; se pinta de morado y llena el metro, los paraderos de camión y las bardas con el mensaje: "Ciudad de México. Capital del Fútbol y el Feminismo", como si compartir una campaña gráfica fuera compartir realmente la causa. Clara Brugada ha convertido la estética urbana en declaración política, el Mundial trae el ojo del mundo y el gobierno de la ciudad aprovecha para proyectarse como progresista, en un contexto donde la derecha avanza con fuerza y los derechos conquistados retroceden uno por uno, generando una reacción de enojo e impotencia.
Lo que hacen tiene nombre: pinkwashing. El término describe la práctica de instituciones, marcas o gobiernos que adoptan los símbolos y el lenguaje de las causas feministas o LGBTQIA+ para construir una imagen progresista, sin que esa imagen se refleje en políticas concretas, presupuestos asignados o cambios estructurales medibles. No es un fenómeno nuevo ni exclusivo de izquierdas o derechas.
De acuerdo con datos de el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), el primer trimestre de 2026 los feminicidios en la Ciudad de México aumentaron 57.1% respecto al mismo periodo del año anterior: once mujeres asesinadas entre enero y marzo, con Iztapalapa, Gustavo A. Madero y Cuauhtémoc como las alcaldías más críticas. Entonces cabe preguntarse qué tan capital del feminismo es una ciudad donde la violencia contra las mujeres no solo persiste sino que se acelera, una ciudad que se declara referente mundial de una causa mientras sus propios datos la desmienten.
Sin embargo, hay algo que no podemos ignorar del todo fácilmente, y es que el símbolo también hace algo. Que una ciudad decida que su imagen pública debe ser feminista, aunque sea de forma superficial, dice algo sobre qué discurso se considera legítimo, deseable, aspiracional. En un momento en que otros gobiernos están desmantelando vocabularios enteros, borrando lenguaje inclusivo de documentos oficiales y criminalizando la perspectiva de género en las aulas, que una de las ciudades más grandes del mundo decida pintar de morado es insuficiente, pero no es irrelevante.
El problema está en cuando la estética sustituye a la política. Cuando el cartel reemplaza al refugio, cuando la campaña de comunicación ocupa el presupuesto que debería ir al sistema de atención a víctimas, cuando el símbolo se convierte en coartada. Ahí el pinkwashing deja de ser una molestia comunicacional y se vuelve una forma de impunidad: permite que quienes gobiernan se perciban como aliados mientras las condiciones materiales de las mujeres se deterioran o se quedan exactamente igual.
Al final, declararse capital del feminismo es fácil, lo difícil es serlo. Pero una cosa es lo que se proyecta hacia afuera y otra muy distinta lo que viven las mujeres realmente en el día a día. Y mientras esa distancia no se cierre con presupuesto, con política y con voluntad real, los carteles no son un compromiso, solo son una promesa rota antes de hacerse.



