Durante mucho tiempo tuve la sensación de que, para ser tomadas en serio, teníamos que endurecernos. Adoptar cualidades asociadas a lo masculino. Volvernos más “fuertes”, más parecidas a quienes históricamente han definido el poder. En un mundo en donde la violencia se convierte en el estándar, parece que lo femenino solamente puede existir a través de los códigos creados bajo estándares masculinos. Creía que nuestra masculinización era el precio mínimo a pagar para existir sin ser relegadas.

Hace un par de años, cuando comenzaba la guerra entre Rusia y Ucrania, escribí que hablar de una tragedia que no se vive en carne propia resulta indigno. Con el tiempo entendí que esa incomodidad no tiene que ver sólo con la guerra, sino con algo más profundo: quién tiene derecho a narrar el dolor y desde qué lugar lo hace.

Hoy, en un contexto marcado por la ultraderecha y el regreso de las tendencias conservadoras, me pregunto si esa aseveración tiene validez en la actualidad. No sólo por lo que ocurre en el terreno político, sino por lo que también empieza a normalizarse en nuestra vida cotidiana. Ejemplo de ello es la frase “I’m just a girl” que en inicio surgió como una resistencia irónica frente a la infravaloración de lo femenino; sin embargo, ahora circula como una estética que infantiliza a las mujeres adultas, sumado a que idealiza la fragilidad femenina y la incompetencia frente a los hombres.

En tiempos de tanta turbulencia política y social, conviene recordar que el cuerpo femenino nunca ha sido neutro, sino que funciona como territorio simbólico en donde la ideología y el poder se disputan. A esta lógica se le añade el consumo desmedido de body horror disfrazado de noticias de manera rápida, a distancia y con indignación muchas veces performativa que rara vez se traduce en incomodidad real. Así, la indignación por la facilidad con la que el cuerpo es utilizado, manipulado y desechado se vuelve casi imperceptible.

Los archivos de Epstein expusieron una inmensa red de tráfico sexual en donde las víctimas son niñas y adolescentes convertidas en mercancía. En Irán fueron asesinadas 153 niñas tras un ataque “justificado” como parte de una operación que buscaba “liberarlas” de un régimen opresivo. En México, al líder de un cártel se le concede digna sepultura, mientras que las madres buscadoras cavan fosas clandestinas esperando recuperar a los hijos que el mismo cártel les arrebató. No son hechos aislados: es el poder sosteniéndose sobre los cuerpos femeninos como objetos que se administran y desechan cuando pierden su valor.

Y todo esto pasó en menos de dos meses.

Entonces, lo realmente indigno es la indiferencia con la que aún permitimos que los cuerpos de mujeres y de niñas continúen usándose como monedas de cambio en batallas que se libran muy por encima de nosotras. Porque aunque no experimentemos la violencia directamente, sí nos atraviesa: nos libera cuando necesitan mano de obra o para cumplir fantasías imposibles, pero se nos restringe cuando nuestra autonomía incomoda o deja de ser rentable. Hablar es reconocer que ninguna tragedia es completamente ajena cuando la estructura que la produce también nos sostiene y nos condiciona.

SOBRE LA AUTORA

ANA CAROLINA SALGADO GARZA

Ana Carolina Salgado Garza es Licenciada en Relaciones Internacionales por el Tecnológico de Monterrey, con especialidad en Cooperación Internacional para el Desarrollo. Cuenta con experiencia en instituciones gubernamentales y organizaciones de la sociedad civil, trabajando en temas de derechos humanos, desarrollo, género y construcción de paz. Ha participado en el seguimiento de compromisos internacionales en derechos humanos y en la evaluación de políticas públicas para la reducción de desigualdades. Forma parte de iniciativas internacionales por el desarme y educación para la paz, donde impulsa estrategias de comunicación y formación con enfoque en incidencia juvenil.

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