Es una pregunta que no sólo las mujeres que se relacionan sexoafectivamente con otras han escuchado, sino que, es una pregunta tan normalizada que a la mayoría de las personas que tienen una relación con alguien de su mismo género han escuchado; pero, detrás de ese comentario que suele pasar desapercibido, se esconde un reflejo de nuestra sociedad, una sociedad profundamente marcada por el machismo.
Para comprender cómo se da este fenómeno, es necesario analizar el rol de la mujer como individuo en este sistema, como menciona Monique Wittig, en su libro El pensamiento heterosexual; la mujer solo tiene sentido en los sistemas de pensamiento y económicos heterosexuales. En este entendido, las sáficas no son mujeres para el sistema patriarcal y capitalista en el que vivimos, puesto que, al no relacionarse con hombres, son consideradas como una anomalía y se les trata de encasillar en un molde adecuado a la normativa que establece el patriarcado, entonces, al no haber una figura masculina, se trata de inventar una; de ahí surge la necesidad de asignar roles binarios en relaciones donde no los hay.
El problema es que la pregunta no sólo es curiosidad, sino que es un mecanismo de defensa para domesticar lo desconocido, es decir, se trata de traducir una relación al lenguaje de la dominación y la sumisión de las parejas heterosexuales. Al hacer esto, se afecta a las mismas mujeres sáficas, puesto que se les impone una presión externa para formar parte de una categoría y así encajar en lo socialmente aceptado como “femenino” y “masculino”, lo que limita su expresión de identidad y las orilla a replicar las mismas violencias estructurales de las que no deberían formar parte.
Es aquí donde surgen las redefiniciones de las expresiones de género y términos como femme, masc, butch, toman lugar, no son una reinterpretación de los roles de género, sino que tratan de apropiarse de esas etiquetas, no obstante, son algo también problemático, puesto que surge el “gatekeeping” y existen debates sobre quién es lo suficientemente masculina, femenina y quién no lo es, lo que lleva de nuevo a este círculo vicioso del género.
Para finalizar, no está de más recalcar que la insistencia por identificar a un hombre en las relaciones sáficas, no hace más que reducirlas a términos que encajen la narrativa patriarcal. El deseo y las relaciones afectivas entre mujeres son un acto de rebeldía contra este sistema patriarcal que insiste en marcar a las mujeres como un sujeto subordinado, cuya existencia y deseo de relacionarse estuvieran sujetos siempre a los hombres, al destruir esta idea, se puede comprender el acto de insurgencia política que deja el haberse y reconocerse sáfica.
El amor sáfico nos demuestra que los afectos no requieren de jerarquías de género para ser válidos, el amor entre mujeres es prueba de que existen otras formas de demostrar afecto son posibles. Finalmente, y a manera de recordatorio, no está de más decir que la verdadera subversión no consiste en decidir quién ocupa el lugar del poder, sino en crear nuevos lugares en los que los afectos tengan un nuevo sentido.

