En los últimos años se ha instalado una idea que pocas veces se cuestiona de fondo. El poder de las mujeres se mide, en gran parte, por su capacidad de hacerse visibles. Hablar, posicionarse, liderar, opinar públicamente y sostener una presencia constante en espacios físicos y digitales se ha convertido en un estándar contemporáneo del famoso empoderamiento. Esta lógica no solo atraviesa el mundo laboral o las redes sociales, también está presente en muchos espacios feministas, donde la visibilidad suele entenderse como sinónimo de agencia política.
Desde mi experiencia, esta expectativa no es menor. No habito el mundo desde la exposición constante, y durante mucho tiempo interpreté eso como una carencia individual. La presión por hablar más, por estar más presente y por ocupar espacio de manera visible no siempre aparece como una imposición directa. Opera más bien como un mandato que se interioriza y se reproduce. Muchas veces mi lugar ha estado detrás, en el backstage, ajustando, escribiendo, sosteniendo. También he encontrado una forma de expresión en impulsar a mujeres (y hombres) extrovertidas, lideresas a las que admiro profundamente y que ocupan el espacio público con fuerza. A través de ellas, de alguna manera, también habito ese espacio. Y aun así, la pregunta permanece. Si este modelo es el único posible. Con el tiempo, se vuelve evidente que no se trata de una falla personal, sino de un modelo dominante que privilegia ciertas formas de presencia sobre otras.
Diversos estudios en psicología estiman que al menos un tercio de la población presenta rasgos de introversión, como retoma Susan Cain en Quiet: The Power of Introverts in a World That Can't Stop Talking (2012). A pesar de ello, los entornos contemporáneos siguen diseñados para favorecer la extroversión. La participación constante, la autopromoción y la visibilidad sostenida se interpretan como señales de liderazgo, lo que termina definiendo quién es percibido como competente y quién no.
Cuando este modelo se cruza con el género, las exigencias se vuelven más restrictivas. Informes como Women in the Workplace 2023, elaborado por Lean In y McKinsey & Company, muestran que las mujeres enfrentan una doble expectativa. Deben demostrar seguridad y liderazgo, pero son penalizadas cuando se perciben como demasiado dominantes o confrontativas. Este margen estrecho condiciona la forma en que pueden hacerse visibles sin enfrentar consecuencias.
Sin embargo, el problema no puede entenderse únicamente desde la personalidad. La visibilidad es también una cuestión estructural.
Pensar desde la interseccionalidad, como lo plantea Kimberlé Crenshaw, implica reconocer que las mujeres no acceden al espacio público en igualdad de condiciones. Patricia Hill Collins ha señalado que las relaciones de poder no solo organizan la vida material, sino que también determinan quién es escuchada, quién es creída y quién enfrenta consecuencias por hablar.
Aquí es donde las desigualdades se vuelven centrales.
Para muchas mujeres, la visibilidad no es una herramienta disponible, sino que se convierte en una posibilidad limitada o incluso en un riesgo. Las condiciones económicas son una primera barrera evidente. Informes del Banco Mundial muestran que las mujeres, a nivel global, tienen menor acceso a recursos económicos, menor disponibilidad de tiempo y menos redes de apoyo. Esto impacta directamente su capacidad de participar en espacios públicos y digitales. Sostener visibilidad requiere tiempo, estabilidad, acceso a tecnología y capital social. No es un punto de partida compartido.
A esto se suman los contextos de violencia. Datos de ONU Mujeres evidencian que la violencia de género sigue siendo una de las principales barreras para la participación de las mujeres en la vida pública. En el entorno digital, un estudio de Amnistía Internacional documentó que una de cada tres mujeres ha experimentado violencia en línea. Esto no es menor. La exposición pública tiene costos diferenciados y esos costos no se distribuyen de manera equitativa.
Las desigualdades también se expresan en términos de racialización, territorio, acceso a educación y condición migratoria. Las mujeres racializadas, las mujeres en contextos de movilidad o aquellas con menor acceso a educación formal enfrentan mayores obstáculos para ser escuchadas y reconocidas. Incluso cuando logran hacerse visibles, sus voces suelen ser más cuestionadas o menos legitimadas.
En contextos laborales precarios, la visibilidad puede implicar riesgos inmediatos. Hablar o posicionarse puede traducirse en pérdida de empleo o en exclusión de oportunidades. Para muchas mujeres, no exponerse no responde a una preferencia, sino a una evaluación concreta de riesgos.
Desde esta perspectiva, presentar la visibilidad como un camino universal hacia esta autonomía resulta problemático. Parte de la idea de que todas las mujeres pueden acceder a las mismas condiciones de exposición y que todas se benefician de ella de la misma manera. Esa premisa no se sostiene cuando se observan las desigualdades estructurales que atraviesan la vida de la mayoría de las mujeres.
Esto también obliga a revisar lo que ocurre dentro de los propios espacios feministas. Bell Hooks ha insistido en la necesidad de cuestionar las prácticas internas de los movimientos que buscan justicia social. Cuando la visibilidad se convierte en el principal criterio de validación, se corre el riesgo de reproducir exclusiones, incluso cuando la intención es otra.
El énfasis en la presencia constante y en la exposición como forma de incidencia deja fuera otras formas de ejercer poder. La organización comunitaria, el trabajo colectivo, el análisis, la estrategia y las formas menos visibles de participación también sostienen procesos políticos, aunque no siempre sean reconocidas.
El problema no es la existencia de mujeres visibles. El problema es que ese se haya consolidado como el modelo dominante.
Presentar la visibilidad como un camino universal es partir de una premisa incompleta. Supone que no todas las mujeres acceden a las mismas condiciones de exposición ni se benefician de ella de la misma manera.
Esto obliga a mirar hacia dentro de nuestros propios espacios. Si la visibilidad sigue funcionando como el único filtro de legitimidad, el acceso al poder continuará concentrándose en quienes pueden sostener esa exposición. Quedan fuera no solo las mujeres introvertidas, sino también aquellas cuyas condiciones materiales, sociales o históricas hacen que el anonimato sea, a veces, la única opción viable.
Cuestionar la visibilidad obligatoria es, en el fondo, una forma de cuidado colectivo. Hagamos espacio para la que observa, para la que organiza desde la calma y para la que elige el silencio. Porque un feminismo que solo valida a quien ocupa el centro del escenario se está perdiendo de la mitad de la revolución.
Reconocer que no todas las mujeres habitan el poder de la misma manera no es un gesto simbólico, es también una exigencia política. Un feminismo que aspire a transformar las estructuras que critica tiene que ser capaz de sostener esa diversidad sin convertirla en jerarquía. De lo contrario, corre el riesgo de reproducir las mismas exclusiones que busca desmontar.
Si solo reconocemos a quien ocupa el centro del escenario, ¿cuántas formas de poder estamos ignorando? Tal vez el cambio no es hablar más fuerte, sino aprender a escuchar distinto.

