Suena la alarma y todavía está oscuro. Me levanto en un sólo movimiento, rápido, violento. Si pierdo tan solo dos minutos, estos se multiplican por diez. Asearse, prepararse, arreglarse, alimentarse. Pasos rutinarios e imprescindibles, hechos no por la voluntad sino por la pura inercia. Todo esto acompañado de una frenética mirada, constante y ansiosa, que se enfoca en el reloj en la pared. El reloj en el celular, el reloj en la muñeca. Pasan los minutos, los segundos, los microsegundos, los momentos incontables. Salgo corriendo. Me preparo mentalmente para caminar unos 20 minutos a la línea de llegada. En uno que otro cruce peatonal un carro acelera al verme cruzar. Maldiciones y gritos, el vehículo debe de pasar. Sobre mí y antes de mí, eso está claro. Minutos después, llego al tren ligero. Recién remodelado, es la promesa de la conectividad. Unos cinco minutos más de espera en el andén. Se posan enfrente de mí dos vagones y se abren las puertas. Mis ojos se enfocan en el relieve urbano que tengo enfrente: cuerpos apretujados, manos rozándose al sostenerse de los tubos de metal buscando su lugar en una superficie donde ya no hay más espacio, bolsas en el suelo, caras de cansancio. Son las 7 de la mañana.
Durante aproximadamente diez segundos, tengo que decidir si adentrarme en la marea humana o probar suerte al próximo vagón. La gente no se inmuta. Nadie sale, pero tres o cuatro personas sí entran. Empujones, expresiones ácidas, groserías susurradas. Ya ni siquiera nos vemos a la cara, a pesar de que nuestros cuerpso están en constante estado de roce. Una hora después, transbordo al metro. El polvo inunda mis fosas nasales. Multitudes que caminan al unísono sobre tierra y escombro. Adultos mayores que suben escaleras con lentitud y cuidado. El elevador está fuera de servicio, háganle como quieran. Infancias de la mano de padres y madres apurados, saltan al caminar con urgencia. Y yo apenas voy a la mitad. ¿Hasta cuándo esta forma de vivir se vuelve insostenible? La respuesta es que nunca lo es. No es sostenible, no es justo, no es sano, pero sí es parte de la normativa colectiva. En palabras de Gloria Anzaldúa en La Frontera, vivir en territorios fronterizos y periféricos es vivir en la creación de un residuo emocional, en un estado constante de transición. En el transporte público de esta gran ciudad, los individuos prohibidos y desterrados, como plantea Anzaldúa, viven en fronteras simbólicas pero también físicas.

Vivir en zonas periféricas no sólo hace del día a día una travesía cambiante, sino que esto conlleva recibir el corte de la lanza de la violencia sistémica. La vida que dice otorgar 24 horas al día se convierte en un mito. Las jornadas son las mismas para todas las personas, los trayectos no lo son. Citando al Movimiento Antorchista Nacional, el tiempo y el desgaste obrero son consecuencias del capitalismo moderno. En tiempos de conversación mediática ante implementación de proyectos de infraestructura, es donde es posible ver el contraste de realidades para las personas que habitan la misma ciudad, pero en diferentes zonas. La infraestructura en la que se trabaja, genera jerarquía social. En Calzada de Tlalpan, por ejemplo, las y los usuarios del metro son constantemente arrojadxs a camiones y autobuses, yendo apretujadxs y cansadxs, perdiendo el doble de su tiempo y de su vida. Todo esto para que puedan realizarse “remodelaciones” superficiales a sistemas de transporte con necesidades que van más allá de lo estético. El Estado responde con quejas y solicitudes de paciencia.
Según la Asociación Mexicana de Transporte, las personas de la Ciudad de México pierden 425 días de su vida en el transporte público. Este es un año que nadie te devuelve. Un año de estar en peligro en nombre de la movilidad. Un año de cansancio contínuo, de hostilidad colectiva, de indiferencia institucional. Es imposible no enrabiarse, cuando la incomodidad y la violencia se vive a diario y se agudiza no sólo por vivir en la periferia, si no también por ser mujer, disidencia, infancia, persona de la tercera edad, persona racializada, persona discapacitada. La periferia solo es una de estas intersecciones. Es inevitable preguntarse si de verdad esta ciudad se construye para todas las personas.
Un sonido me saca de mi trance. Me percato que, en automático, he llegado a mi destino. Cuatro transbordos, tres medios de transporte, y dos horas después, he llegado al comienzo de mi día. Pienso entonces, en todo el tiempo que dejó de pertenecerme. En cómo esta ciudad nos obliga a acostumbrarnos al desgaste hasta volverlo cotidiano. Entonces comprendo que esta violencia colectiva es silenciosa y persistente, y su mayor estrategia es restarnos horas, restarnos vida.
Referencias:
Anzaldúa, G. (1987/2016). Borderlands / La frontera: La nueva mestiza. Trad. Carmen Valle. Madrid: Capitán Swing.
Daniela Villegas Mercado. (2023). De mi periferia a tu periferia: Aproximaciones teóricas a los activismos feministas en la zona metropolitana de la Ciudad de México. En M. E. Pérez Domínguez, P. Godínez Mejía y M. Á. Ramírez Zaragoza (Coords.), Los feminismos en México: Reflexiones analíticas sobre su potencia histórica y política (pp. 139–158). Universidad Nacional Autónoma de México e Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.
Jerónimo Jacinto, R. (2026, 25 de abril). Tiempo perdido y desgaste obrero: 2 consecuencias del capitalismo. Movimiento Antorchista Nacional. https://www.movimientoantorchista.org.mx/tiempo-perdido-y-desgaste-obrero-2-consecuencias-del-capitalismo
N+ México. (2025, 7 de julio). Así es trabajar en CDMX y vivir en Edomex: Seis horas de viaje en transporte público. N+. https://www.nmas.com.mx/estado-de-mexico/asi-es-trabajar-cdmx-vivir-edomex-seis-horas-viaje-transporte-publico/
OEM-Informex. (s.f.). CDMX: El traslado promedio en transporte público supera las 2 horas y media. La Prensa. https://oem.com.mx/la-prensa/metropoli/cdmx-el-traslado-promedio-en-transporte-publico-supera-las-2-horas-y-media-25866906

